Una abuela de verdad y a la vez de cuento

Va a los coles a contar historias, como la de cuando andaba kilómetros con una máquina de coser a cuestas


pontevedra / la voz

Hay abuelas de cuento que se hicieron bien famosas, como la de Caperucita Roja. Hay otras, como Sofía Solla, de Barro y de 73 años, que no son tan conocidas. Sin embargo, también salen en los cuentos. Concretamente, en las historias a las que ella misma les pone voz. Resulta que Sofía va a los colegios a narrar cosas a los niños. A veces cuenta aventuras clásicas, como las del gallo Kirico. Pero lo que más le gusta a ella es rescatar la memoria de su infancia y su juventud y que los pequeños sepan, por ejemplo, que cuando era una niña caminaba más de dos kilómetros pegadita a la vía del tren -su colegio estaba junto a la estación de A Portela, en Barro- y tenía que tener cuidado con el paso a nivel por si venía el ferrocarril.

Pero empecemos por el principio. ¿Quién era Sofía antes de ser abuela? Sofía nació en Barro, en la zona de San Amaro. Tal y como le cuenta a los niños, todos los días iba a la escuela a pie por un caminito pegado a la vía del tren. En medio del sendero solía toparse a su abuelo, que era quien controlaba el paso a nivel y que todos los días, de madrugada, tenía que ir hasta Pontevedra para comprobar que las vías estaban libres y el ferrocarril podía pasar sin problema alguno. Sofía, gran contadora, se acuerda de la caseta donde trabajaba su abuelo. Pero, sobre todo, tiene la imagen de su abuela en la retina «alí naquela caseta toda enloitada sempre, chea de frío».

A los doce años su madre quiso que dejase el colegio y se pusiese a coser por las casas. Al principio iba con una tía suya. Luego, todavía siendo adolescente, empezó a recorrer el municipio sola, a pie y con la vieja Singer a cuestas. Recuerda que en algunas casas se comía muy bien «ás veces dábanche un ovo fritido con patacas», pero en otras pasaba hambre. Su vida cambió una primavera, cuando tenía ella 17 años. «Pois resulta que un día vin a Manolo, un rapaz nove anos máis vello ca min que acababa de chegar de Venezuela, xa que estaba alí emigrado. Viña coas mans tan finas, cun polo branco posto... vino tan guapo...», recuerda con sonrisa. El flechazo debió ser mutuo. Porque Manolo venía de vacaciones por tres meses y le dijo a Sofía que la iba a dejar pedida. Ella se negó en rotundo: «Eu sabía o que iso significaba. Se me deixaba pedida eu xa non podía saír máis, nin ir aos bailes... díxenlle que diso nada». Manolo le dijo que la otra opción era casarse ya y ella aceptó. Así, en septiembre, tres meses después de haberse conocido, se dieron el sí.

El viaje hasta Venezuela

Manolo se marchó a Venezuela y desde allí la reclamó. Recuerda el viaje de quince días en barco como si fuese hoy. Hay una anécdota de esa singladura que la acompañará siempre: «

Eu nunca vira unha persoa negra nin ninguén me falara moito de que existían. Por iso cando ía no barco e vin a un rapaz negro púxenme a berrar, díxenlle que a min non se me acercara. Unha cuñada que ía comigo explicoume como eran as cousas, que todos eramos iguais e que en Venezuela me daría conta de que había moitas persoas de cor. E eu máis ese rapaz negro acabamos facéndonos amigos

», explica. Sofía, que acudió a contar cuentos a colegios de Pontevedra, Portas y Barro, una vez narró esa anécdota en una clase que había un chiquillo de color. «

Díxenlle que non se enfadase, que a contaba para que se vise o malo que era non saber».

Sofía y Manolo pasaron seis años en Venezuela. Ella se empleó primero en una fábrica de trajes de baño y luego en otra de cazadoras. Aprendió a coser con potentes máquinas a la velocidad de la luz. Les iba bien. Pero querían volver. Y así lo hicieron. Al regreso, abrieron una tienda de congelados en la plaza de abastos de Pontevedra. Ahí trabajaron los dos, marido y mujer, más de tres décadas. «Imaxínate, traballar coa túa parella en poucos metros cadrados... non era fácil, ás veces rifabamos, claro», recuerda entre risas. Tuvieron dos hijas, aunque una falleció a los pocos días de nacer. A la otra la criaron con esfuerzo, mientras Manolo iba en el Seat 600 a buscar congelados a Vigo y ella se quedaba despachando calamar y pulpo congelado. Un tiempo la dejaron en Barro, con la abuela, pero Sofía enfermó. Narra con emoción el mal que padecía: «Tiña unha nube de pena arredor do corazón». Así que la niña volvió con ellos. Y entre guardería y mercado se crio feliz y contenta.

Cuando cerraron el puesto, Sofía dijo que aprovecharía cada día como si fuese el último. Y lo está haciendo. Es un torbellino. Dirige la coral de Barro, de la que forma parte desde la fundación. Antes cantaba también con el coro de Mosteiro (Meis), con el que ella y Manolo viajaron a Buenos Aires para actuar. Tiene una carpeta enormísima de diplomas de los más variopintos cursos que hace, desde los de memoria a los de yoga. Y se apunta hasta a un bombardeo siempre que este no caiga en martes. Ese día tiene la agenda ocupada. Sí o sí viaja de Barro a Pontevedra con su táper de lasaña vegetal a comer con sus nietas. Y es que Sofía, además de abuela de cuento, es una maravillosa abuela de carne y hueso.

Dirige la coral desde hace años y hace cursos de todo tipo, desde yoga hasta de memoria

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