De codearse con los artistas a charlar con peregrinos rusos

Dejó hace un lustro su trabajo en el mundo de la producción musical y cogió las riendas del albergue público de Barro


pontevedra / la voz

Imagínense la papeleta. Los Spliknot, una banda de metal estadounidense formada a mediados de los noventa cuyos componentes salen al escenario con máscaras, tocaban en Santiago hace casi una década. Y nada más aterrizar en la ciudad del Apóstol pidieron algo que, quizás, creyeron que era bien fácil de conseguir: querían tomarse uno de esos cafés gigantes del Starbucks, la cadena hostelera tan común en algunas partes del mundo. Imagínense a los productores del concierto con los ojos como platos... ¡El Starbucks más cercano estaba en Oporto! Esa anécdota la vivió en primera persona Jorge López, que entonces trabaja en la producción de grandes eventos musicales. Él no recuerda muy bien si se llegó a ir hasta Oporto en busca del café o si se conformaron con una infusión made in Compostela. El de los Spliknot solo es un ejemplo que pone cuando uno le pregunta por las anécdotas de su anterior vida. Sí. Porque Jorge antes vivía la noche. Y ahora vive el día. Antes trabajaba en la producción musical y ahora es hospitalero en Barro, en un albergue que abre incluso el mismísimo día de Navidad.

Vayamos al inicio. Jorge es natural de Barro. Estudió Administrativo y empezó pronto a hacer pinitos laborales. El primer chollo, que combinaba con los estudios, fue de repartidor de supermercado en Pontevedra. Tuvo varias ocupaciones más, entre ellas un bar en Caldas. Pero recaló durante varios años en una de esas tiendas por la que pasaron muchas generaciones de jóvenes. Rubén trabajó en la tienda de discos Tipo de Pontevedra, en una época en la que, como él bien recuerda, «se vendían discos [refiriéndose a cedés] como churros». Recuerda que tenían muy buena salida las letras de Extremoduro o Reincidentes, la música de Mago de Oz o el rock de los Red Hot Chily Peppers y su incombustible Californication. Pero reconoce que en aquel momento, en cuestión de ventas, había un español al que nadie le tosía: «Vendín moitos cedés de Alejandro Sanz, do seu Corazón partío, aquel que tiña a portada de cor verde», cuenta.

Los pantalones de Robe

Luego le llegó la época de la producción musical y de ahí salieron anécdotas como la de los Spliknot. A Jorge cuesta convencerle para que cuente cosas de los artistas. Es cauto y prudente por naturaleza. Así que hay que insistirle mientras repite una y otra vez: «O mundo dos artistas ao fin e ao cabo é como calquera outro». Pero se va dejando querer y recuerda aquella noche de un concierto en el que hubo cierta tensión porque, oh sorpresa, los pantalones de Robe Iniesta, cantante de Extremoduro, habían desaparecido tras ser llevados a la lavandería. Pues resulta que era una prenda fetiche del cantante. Y sí o sí tenía que aparecer para que hubiese concierto. «Acabaron aparecendo pero levamos un bo susto, a verdade é que si», dice Jorge con cierto rubor. Si tiene que escoger a un artista como favorito por su trato con él no lo duda ni un minuto: «Quédome con Javier Krahe, ese home era unha marabilla, no trato, en intelixencia, en todo...».

Hubo un momento en el que el mundo de la noche y las estrellas dejaron de iluminarle. Quizás porque coincidió en el tiempo con que una pequeña estrella se coló en su vida. Fue padre. Y eso, como todo el mundo sabe, pone el cosmos de cualquiera patas arriba. «Antes gustábame máis a noite e dende que son pai gústame o día», dice de nuevo con rubor, deseando que no queden al aire anécdotas privadas de alguien como él, que ni siquiera tiene un Facebook personal.

 

El caso es que, hace un lustro, cambió de tercio laboral. Todo ocurrió cuando el Concello de Barro sacó la concesión del albergue de peregrinos. Jorge creyó en el potencial del Camino. Y se lanzó a por la adjudicación. Murió ahí el productor musical y nació el hospitalero. Dice que no tenía ni idea del Camino y que ni siquiera lo había recorrido una sola vez pero que, cinco años después, es un enamorado de ese mundo. ¿Por qué? «Porque che permite viaxar cada día sen saír do albergue, coñeces a xente dos cinco continentes. É incrible», cuenta. Tratándose de una concesión pública, el albergue abre sí o sí los 365 días del año y por él pasan numerosos caminantes.

Desde bebés a mayores

Una de las cosas que más le gusta es cuando en el albergue se juntan generaciones bien dispares:

«De repente chegan pais con bebés facendo a ruta e tamén persoas moi maiores e dáste conta de que o Camiño lles gusta a todos»

, cuenta. Se queda prendado con las historias que le llegan a través de

«auténticos profesionais do Camiño, que fixeron máis de 50 rutas».

Se ríe cuando se le pregunta qué tal se maneja con los idiomas. Dice que tiene un inglés básico y un francés casi olvidado de los años de escolar. Pero que aun así sale adelante.

A veces recurre al lenguaje gestual, sobre todo cuando llegan japoneses o rusos que no dominan el inglés. Y así va pasándose la vida de este hombre, con su presente y su pasado, su hoy y su ayer. Aunque mejor decirlo como lo dejó escrito su colega Javier Krahe: «En este instante me siento quien soy, adelante y atrás todo es mi vida, mi vida a la redonda y esparcida, mezclada con el mundo, ayer y hoy».

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