Se duplican los móviles requisados en las cárceles gallegas: de 46 a 100 en un solo año

Tienen el tamaño de un mechero y cuestan 20 euros en la Red y unos 350 en prisión

Los móviles pueden llegar a ser más pequeños que un mechero
Los móviles pueden llegar a ser más pequeños que un mechero

VIGO / LA VOZ

Son tan pequeños que se ocultan dentro del cuerpo. Incluso tras la palma de una mano: no ocupan más que un mechero. No tienen WhatsApp ni aplicaciones de otro tipo. Solo botones con números de 0 a 9 y dos teclas para colgar y descolgar. Suficiente para llamar, un auténtico tesoro si se vive encerrado tras los muros de cualquier cárcel. Hace tiempo que estos móviles de tamaño reducido forman parte del día a día en las penitenciarías de España. Los funcionarios de prisiones lo saben y lo sufren. Solo su ingenio o capacidad para acceder al escondite los saca de circulación.

El escenario en los cinco penales gallegos resulta idéntico. Los números oficiales, aportados por el Ministerio del Interior, evidencian un uso tan descontrolado que los decomisos se duplicaron. En el 2018 fueron 46, mientras que en el 2019 se elevaron a 100. El penal de Teixeiro se llevó la palma en ambos ejercicios. Cayeron 29 en el primero, y 35 en el segundo. Otro dato curioso responde al centro pontevedrés de A Lama, la otra cárcel de máxima seguridad en Galicia junto a la coruñesa. Se pasó de 5 móviles en el 2018 a 25 en el 2019, lo que también supone una subida más que considerable.

Igual de curiosa resulta la situación de Monterroso (Lugo), un penal más pequeño y con presos, sobre el papel, menos peligrosos. Aun así es la segunda prisión gallega que más teléfonos confisca, con una subida espectacular: pasó de 8 a 27. Y eso que la cárcel arrastra, desde hace años, la etiqueta de prescindible. Su población se ha ido reduciendo tanto que casi hay los mismos presos que funcionarios. Caso contrario se da en Ourense: allí solo se cogieron dos dispositivos, uno por cada ejercicio.

El rastreo y localización de teléfonos -y de cualquier pertenencia no permitida entre rejas- depende únicamente de los funcionarios. Son los encargados, muchas veces valiéndose de soplos certeros, de saber quién vende o compra móviles, incluso de seguir el rastro del dinero. El otro gran negocio es su alquiler. Detallan funcionarios, consultados por La Voz, que «el que compra un móvil no lo tiene solo para él. A lo largo del día pueden moverse por cualquier sitio del módulo, no son fáciles de localizar. Ya por la noche es otra cosa: está en la celda del propietario o en la del arrendatario».

El precio de compra sí responde a un patrón habitual. Cada vez que se decomisa uno, los trabajadores tienen que rellenar un parte con preguntas que responde el preso cazado con las manos en la masa. Una es siempre sobre el precio, y las respuestas oscilan, siempre, entre 300 y 350 euros. «Algunos se encontraron cargando en las televisiones de las celdas con un cable, con todo el descaro, como si estuvieran en el salón de sus casas». Otro, no hace mucho, se localizó en la cámara de aire de una zapatilla deportiva. Incluso en los termos para agua y café autorizados en las celdas: «Tienen doble fondo en la tapa y la base, hasta eso aprovechan».

La situación en el resto de las cárceles de España resulta variopinta. Igual que la situación de sus plantillas, que cobran más o menos sueldo en función de la clasificación (por peligrosidad) del penal. Hay centros sin apenas incidencias, como Bonxe (Lugo), y otras cuentan sus decomisos por decenas. El caso de Algeciras, por ejemplo, es paradigmático. Solo en el 2019 se incautaron de 138 celulares, mientras que en la vecina penitenciaria de Málaga se llegó a 179. En total en España, en el 2019, fueron 2.672 teléfonos. Cantidad que dobla a la del 2017, con 1.383.

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Todo tiene precio entre rejas, pero no todo se paga siempre con dinero. «Hasta de una dosis de metadona, de las que damos en vaso de chupito, sacan algo». Lo relata un funcionario de prisiones con 20 años de experiencia entre A Lama (Pontevedra) y Teixeiro (A Coruña): «Se meten algodón en un lateral de la boca y, al beber la metadona, la orientan a ese mismo lado para que el algodón la absorba. Luego lo escurren en algún recipiente y venden ese líquido». La treta, añade el trabajador junto a más compañeros, es solo la punta del iceberg del día a día en los cinco centros penitenciarios de Galicia. Principalmente en A Lama y Teixeiro, más modernos, grandes y con presos más peligrosos que los de Bonxe y Monterroso, en Lugo, y Pereiro, en Ourense.

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