El proceso de despoblación da el salto del área rural a las pequeñas ciudades

A LAMA

Negueira de Muñiz reabre su escuela. Tras siete años cerrado, el colegio de este concello de la montaña lucense ha retomado su actividad al contar con nueve alumnos
Negueira de Muñiz reabre su escuela. Tras siete años cerrado, el colegio de este concello de la montaña lucense ha retomado su actividad al contar con nueve alumnos Carlos Castro

Los expertos hablan de una eficacia limitada de iniciativas como la de Trabada

30 dic 2019 . Actualizado a las 20:35 h.

El eco mediático de la España vacía todavía rebota en las carreteras secundarias. Entre A Veiga y Entrimo, de A Lama a Negueira. Y ahora Trabada, que asiste, como otros muchos antes, a la desaparición de su unidad de infantil. No hay niños suficientes. La sociedad mira al campo, pero el eco ya empieza a recorrer también las calles de las pequeñas y medianas ciudades, donde la despoblación también hace mella. La dinámica de emigración masiva que ha dejado a este rural vacío se ha extendido al ámbito urbano de aquellas regiones emisoras.

«Ya no es un proceso exclusivo del medio rural, sino que se extiende a los ámbitos urbanos». El Centre d’Estudis Demogràfics de la Universitat Autònoma de Barcelona traza el camino de la España vacía: la juventud deja su hogar para irse a las capitales de provincia, donde se forman y quizá obtienen su primer contacto con el mundo laboral. Pero acaba llegando el segundo salto migratorio hacia grandes aglomeraciones urbanas (principalmente Madrid) en búsqueda de mejores oportunidades.

Entre el 45 y el 55 % de los jóvenes que se marchan de Galicia, Castilla y León, Asturias, Navarra, Castilla-La Mancha, Cantabria y la Comunidad Valenciana tienen estudios universitarios. Los autóctonos de entre 25 y 39 años que han emigrado entre el 2013 y el 2017 tienen un nivel educativo superior con respecto a los que se quedan. Y se da el efecto contrario. Las grandes ciudades hacen sitio a la emigración más cualificada y expulsan a la juventud menos formada hacia lugares más baratos para vivir.

Es una dinámica que no solo afecta a España, sino que se está generando en todos los países desarrollados. «Es un proceso de la economía global, que tiende a concentrar capital y actividades de alto valor añadido en las grandes metrópolis y las ciudades grandes y del que las pequeñas se han quedado al margen».

¿Se puede frenar? «Es difícil, porque es un proceso demográfico que viene de hace muchas décadas». Lo admite Miguel González-Leonardo, uno de los autores del estudio. Posiblemente, para el rural ya empiece a ser demasiado tarde. «Hay municipios que por la propia estructura demográfica y la actividad económica que tienen hay muy poco que hacer». El margen es ya muy limitado. «Las iniciativas de desarrollo rural tienen una incidencia no muy significativa en la población», argumenta.

Rubén Lois, profesor de Xeografía en la Universidade de Santiago, refuerza el análisis de González-Leonardo con el suyo. ¿Funcionan iniciativas como las de Trabada, que ofrecía vivienda a familias con hijos para evitar el cierre del aula de infantil? ¿O como Vilasantar, que da ayudas directas por cada hijo? «Funcionan no curto prazo», porque solucionan un problema puntual o porque quien vive ya en esos municipios se anima gracias a las líneas de ayudas. «O problema é converter esta primeira decisión en algo permanente». Aquí «debemos ser máis pesimistas», porque o se teje una red social de ayuda que facilite la nueva residencia «ou nun certo tempo a xente volve marchar».

A pesar de todo, se pueden hacer cosas. «Este proceso de las pequeñas ciudades es relativamente reciente y hay margen de actuación para fijar población», incluso en los centros comarcales rurales, donde «se podrían concentrar servicios, actividades y población. Sería como una ordenación del territorio», explica el investigador del Centre d’Estudis Demogràfics de la Universitat Autònoma de Barcelona.

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«Las iniciativas que se ponen en marcha tienen buena fe y la gente que vive en esos territorios tiene un mérito enorme, pero es difícil». Lo dice Miguel González-Leonardo y lo ratifica la experiencia gallega, en la que las diferentes iniciativas para fijar población han tenido efectos desiguales. No hay un éxito claro, pero sí alguna pequeña victoria. La que se materializó en septiembre cuando la escuela de Negueira de Muñiz abrió sus puertas tras siete años cerrada por falta de alumnado. Nueve escolares y una inversión de 60.000 euros resumen esta pequeña victoria, aunque el alcalde, Xosé Manuel Braña, es cauto. Quizá decir que las cosas van bien es demasiado optimista. El regidor pone el acento en que hay que «facer investimento en servizos de calidade sen pensar só na rendibilidade». Lo que ofrece Braña es algo así como el titular que podría encabezar el análisis de Rubén Lois: «Unha boa xestión dos servizos públicos e máis facilidades aos residentes remata estabilizando á poboación local, que xa non quere marchar, e aos novos veciños».