El fundador de Jamones Ramiro cuenta que «los mundos de entonces no tienen nada que ver con lo de ahora» y explica qué era «el hambre por conseguir cosas» durante los años en los que comenzó su negocio
28 ago 2026 . Actualizado a las 22:20 h.Es sencillo pensar que quien hoy lidera una gran empresa siempre tuvo el camino allanado hasta la cima del éxito, pero la realidad es que no siempre te encuentras con un sendero de rosas. Ramiro Torrón es quien mejor puede explicarlo, él es el gran ejemplo del esfuerzo que puede llegar a sufrir una persona detrás del emprendimiento.
Nos remontamos a mediados de los años ochenta. Los inicios de Jamones Ramiro no se forjaron en una cómoda oficina, sino en el asiento de un vehículo comercial. Ramiro conducía desde Lugo hasta la zona de Pontevedra, y para poder llegar al destino, debía pasar toda una tarde entre las deficientes carreteras que unían estas dos ciudades gallegas y que, en aquel entonces, eran el hogar de muchos comerciales que buscaban abrirse paso. «Dormíamos en el coche, aparte de para ahorrar dinero, para evitar que nos robaran la mercancía», recuerda el fundador sobre aquellos duros años donde trabajaban de lunes a viernes o sábado lejos de casa. Durante seis años pernoctaba en el camión que, durante el día, sería su negocio. Para poder ducharse y asearse iba a un gimnasio, una vida que puede parecer utópica para muchos hoy, fue su odisea durante muchos años. Ahora la realidad es muy distinta: esa misma empresa cura entre 40.000 y 50.000 jamones al año y ha logrado llevar sus productos a grandes supermercados como Carrefour, además de exportar a Suiza y Canarias.
El fundador hace hincapié en la diferencia de los tiempos: «Los mundos de entonces no tienen nada que ver con lo de ahora», asegura Ramiro. Pues no era algo tan insólito: «Había más gente que se dedicaba a esto, a vender por ahí».
Tras más de una década a «pico y pala», entre 1997 y 1998 decidió dar el gran salto e independizarse. Su motivación ya no era puramente económica —pues el negocio ya era rentable—, sino una necesidad íntima de realizarse personalmente y construir algo propio. Porque todo este esfuerzo se fundamentaba, en buena parte, en la mentalidad de la época. «Había mucha hambre de querer tener cosas y de hacer cosas, veníamos de unas épocas mucho más debilitadas en lo que era la unión familiar, había muchas necesidades», reflexiona.
No hay mataderos suficientes
El método de la empresa no tiene grandes secretos: compran el jamón en fresco directamente al matadero para luego salarlo y curarlo en sus propias instalaciones. Eso sí, aunque la materia prima es cien por cien español, el empresario confiesa que en Galicia no hay mataderos suficientes para abastecer a todos los fabricantes de la zona.
Lejos de obsesionarse con campañas de publicidad o presupuestos millonarios que no tenían, Ramiro apostó por la lección más básica, los cimientos de la propaganda, su mejor equipo de márketing: el «boca a boca». Como él mismo reflexiona, si eres de los que disfrutan de las «cosas buenas», cuando te toca fabricar, intentas hacer algo excelente. Por eso, la estrategia es simple pero efectiva: «hacer un producto que de verdad deje huella y que el cliente le guste y que te vuelva a repetir y que te vuelva a repetir y así vas creciendo poco a poco porque solo así se logra que un negocio crezca poco a poco».
Loncheado
Y vaya si han crecido, pero el camino también les ha exigido saber reinventarse. La imagen tradicional de llevarse el jamón entero con pata para ir cortando a cuchillo en casa se quedó en una estampa del pasado. Ahora, la comodidad y eficacia manda y el consumidor lo pide todo loncheado, pulido en trozos o en mitades. Para la fábrica, esto supone muchísimo más trabajo y esfuerzo a la hora de elaborarlo, pero Ramiro lo asume con una buena filosofía: «El mundo te sitúa por aquí, tienes que ir por allí». O acompañas a lo que te piden, o te quedas atrás.
Cuando echa la vista atrás, a Ramiro no le pesa el alma. Confiesa de corazón que para él esto nunca ha sido una esclavitud; sencillamente, se enamoró de su oficio. De hecho, lo dice alto y claro: «Si tuviera que volver a nacer, seguramente que lo volvería a hacer». Pero también lo toma como una casualidad de la vida: «Yo estoy en esto por una casualidad de una gente que me metió en esto, pero podía estar en otro sector, al final tú sigues y sigues pero podía haber estado en otros sectores distintos».
Ahora, a un paso de la jubilación, sabe que la empresa tiene que seguir mirando hacia el futuro. Pronto le tocará dar un paso a un lado para que sus hijos, si así lo deciden, tomen las riendas de un legado construido a pico y pala. Al fin y al cabo, como él mismo resume a la perfección, la vida se trata de eso: pura «lucha y lucha».