Fincas junto al río que llevaban meses bajo el agua se secaron. Aparecieron olivos arrasados y viñedos que aparentan mantener el tipo. Pero aún no se pueden trabajar: «O tractor entérrase»
13 abr 2026 . Actualizado a las 10:02 h.Mentar en el municipio pontevedrés de Caldas de Reis al río Umia siempre es complicado. El cauce es vida. Pero también dolor, quebraderos de cabeza y recuerdos durísimos. Basta traer a la memoria la batalla social y política que se libró hace 25 años por la construcción del embalse, que finalmente se llevó a cabo. El Umia suele enfurecerse todos los años. Las inundaciones son ciertamente habituales. Pero lo de este invierno es un punto y aparte. Con el cielo escupiendo agua sin parar día tras día, semana tras semana, el Umia se convirtió en una especie de océano en zonas como las de Godos o Baión —en este caso, ya en el municipio de Vilanova de Arousa—. Ahora, después de esa imagen colosal que dejaba el Umia, desbordado por todas partes, el paisaje ha cambiado totalmente. La tierra se ha secado. O eso parece. Porque en realidad no es tanto.
Godos, en Caldas de Reis, era hace no mucho el epicentro del océano formado por el Umia. Dos paisanos mostraban entonces su enfado por la nula limpieza del río. Le echaban la culpa al fondo cada vez más arenoso de que el agua desbordase por todas partes. En aquel momento habían desaparecido las pistas de la parcelaria, un campo lleno de olivos solo se intuía y había viñedos y prados totalmente desaparecidos bajo el agua. Como mucho, se veían las puntas de los postes de hormigón de las viñas. Al preguntarles si el vino que se pudiese hacer con esas cepas anegadas sería bueno, indicaban con el ceño fruncido y retranca: «Vai ti ver, iso leva cheo de auga meses. A saber o que sae de aí. Eu non o bebería, dende logo».
La lluvia cesó y el nivel del agua fue bajando hasta que reaparecieron las fincas y las pistas de tierra o grava. Los caminos quedaron afectados, pero con todo están mínimamente transitables. Peor le fue, por ejemplo, a la citada plantación de olivos; los árboles más pequeños fueron arrancados de cuajo y los grandes están virados hacia el suelo y con pinta de poca salud. Los viñedos aparentan haber resistido mejor y, pegados al cauce, hay un buen número de árboles y ramas que se han venido abajo y esperan a ser retiradas. Es, en cierto modo, como si se pisase una tierra reaparecida, donde no se sabe exactamente qué pasó pero se nota que algo ocurrió. «É que foron moitos meses de inundación. Nós estamos acostumados, pero aínda así este ano foi moito», alega un vecino, fouciño en mano.
«Aparentemente secou»
¿Qué pasa con los prados y las parcelas cultivables? José Benito, vecino de la zona de Baión, en Vilanova, viene de pasear con sus perros por la zona pegada al Umia. Llevaba sin pisarla tiempo, ya que era imposible acceder por el desbordamiento del río. Él explica cómo está el suelo
: «Aparentemente secou, pero por abaixo segue mollado. Se te metes co tractor nas leiras quedas enterrado. O outro día pasoulle a un veciño, que pensou que podía traballar xa unha zona que estivera chea de auga e ao final quedou alí co tractor parado».
Otro vecino, un hombre retranqueiro que presume de tener un nombre de varón con todas las vocales y solo dos consonantes —se llama Aurelio— y que está trabajando con un chimpín, indica: «É curioso o que pasa coa terra. Quixen poñer a horta e era imposible, porque estaba todo cheo de auga. En cambio, agora esa mesma terra está seca. Pero é certo que co tractor non se pode andar moito, que se enterra nalgunha zona aínda».
Otros vecinos van más allá de las inundaciones. Y dicen que con el Umia desbordado o corriendo tranquilo por su cauce, no hay quien trabaje las fincas. «Está todo practicamente abandonado, xa me diredes con canta xente vos atopades por esta zona», señala un paisano que trabaja también con un pequeña maquinaria cerca del río Umia, en Godos. Él está librando una batalla muy concreta desde que las aguas se retiraron y se empezó a ver el legado de tantos meses de inundación. «No medio dunha finca, case pegada á estrada, apareceu un pozo destapado. É un burato no chan de varios metros no que pode caer calquera. Antes de que o río pasara por riba debía estar tapado con maleza, porque eu non o vira», explica. El vecino se encargó de llamar a la Policía Local de Caldas y al Seprona. Pero, en el momento que lo cuenta, no ha tenido todavía mucho éxito con sus advertencias, porque el pozo sigue en medio de la finca solo señalizado con una cinta plástica y unos palos que él mismo colocó: «Eu avisei porque penso que aí pode ocorrer unha desgraza e é mellor previla antes. Cando se traballaban as terras había moita xente por aquí, pero agora se vén alguén despistado, como poden ser os pescadores, que son os que máis van cara o río, poden caer no burato», se lamenta, con la esperanza de que alguien escuche sus quejas.
«Tivemos que sacar as galiñas»
Esa sensación, la de que por mucho que se sequen ya no hay quien trabaje las fincas, la tienen también un poco más hacia el interior, en el vecino municipio de Cuntis, otro de los epicentros de las inundaciones este invierno. En Cuntis no es el Umia el que les da problemas, sino un afluente del río Gallo y un pequeño regato que pasa por el casco urbano. En Calvos, este invierno el agua también colonizó las fincas durante un tiempo. Lo saben bien los trabajadores del servicio de Emerxencias municipal, que no les quitaban ojo día tras día porque hay una casa pegada que habitualmente tiene problemas con el agua. «Este ano tivemos que sacarlle as galiñas do galiñeiro e aos cans tamén, porque afogaban. Na casa non chegou a entrar auga pero todo arredor si», explican. Este mismo efectivo añade que el paisaje pegado al río en Cuntis también ha cambiado. Pero dice que ahí no hay cultivos. Solo hierba verde creciendo.
«É curioso o que pasa coa terra. Cando quixen poñer a horta saían charcos e agora está todo xa seco», señala un vecino de Baión, en Vilanova