Joaquín Moldes, «un tipo incómodo» al que el párkinson le llevó a pintar y tallar para frenar síntomas

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Joaquín Moldes, con una de las piezas que esculpió, en la que incluyó un cuchillo de matar los cerdos.
Joaquín Moldes, con una de las piezas que esculpió, en la que incluyó un cuchillo de matar los cerdos. SERGIO SUEIRO

Histórico líder vecinal primero en Poio y luego en Punxín, donde vive, expone en Pontevedra una obra que no deja indiferente por todo lo que denuncia y porque la creó teniendo diez patologías

08 abr 2026 . Actualizado a las 19:55 h.

A Joaquín Moldes (Baltar, Sanxenxo, 1956) alguien lo definió como «un tipo incómodo». Quizás pretendía insultarle. Pero él se sintió más que halagado con la definición. Porque, bregado en mil batallas vecinales, sociales y personales, Joaquín realmente se fue convirtiendo en un hombre dispuesto a señalar una y otra vez las costuras rotas del sistema. Vamos, que resulta un «tipo incómodo», ciertamente. Y es este hombre inconformista y protestón el que expone su obra pictórica y escultórica en el Palacete das Mendoza de Pontevedra, en una exposición de la mano de la Diputación de Pontevedra. ¿Qué hay en ella? Mucha protesta, contra Gaza, contra el tráfico de personas o contra un sistema sanitario que a veces peca de inhumano. Pero también está ahí, entre cuadros hechos al 100 % con material reciclado —desde la propia pintura hasta los marcos, recogidos en puntos limpios y contenedores y restaurados por él—, la historia viva de Joaquín, que se resume en una frase tan dura como cierta: «Igual son o único artista do mundo con dez patoloxías, empezando polo párkinson e seguindo polo cáncer ou unha hernia abdominal».

Su vida empezó en Sanxenxo, en Baltar, «rodeado de xente humilde». Durante un tiempo surcó los mares y estuvo en Sudáfrica, un sitio en el que su conciencia de un mundo igualitario chocó fuertemente con el apartheid que había entonces en este país. Regresó a Galicia, se instaló en Poio y ahí estuvo varias décadas, trabajando como constructor. Su presencia en este municipio y también en Pontevedra fue notoria, ya que se apuntó a todas las batallas sociales posibles; desde la lucha para acabar con la droga en el poblado chabolista de O Vao a la exigencia de la gratuidad del puente de Rande. 

De jubilarse a estar enfermo

Se hizo mayor luchando y, en el verano del 2020, con 64 años, se jubiló. Pero no tuvo tiempo para el descanso. Solo dos meses después de convertirse en pensionista, le diagnosticaron párkinson, una patología a la que desafortunadamente luego iría sumando otras como un cáncer de colon o la que más le perjudica ahora en su día a día, que es una hernia abdominal.

Fue su neuróloga la que tocó una tecla mágica en la cabeza de Joaquín. Le recomendó que pintase. Él lo hizo a lo grande: 400 obras de pintura y escultura logró armar. Y eso que actualmente, por cuestión de salud, lleva ya más de un año sin crear. Para darle rienda suelta a su imaginación, Joaquín encontró un sitio en el mundo donde siente paz. Está en el municipio ourensano de Punxín, donde ahora vive y donde tampoco renunció a meterse en batallas vecinales.

Sus obras, realmente, son pura denuncia. En ellas, aunque aparecen muchos seres de otro mundo, también se señala al que abusa de los demás, al que maltrata o al médico que no se dirige a sus pacientes de forma humana. Cualquier gesto denunciable se convierte en arte para este hombre que, además, lleva el reciclaje hasta el extremo.

Cuenta Joaquín que todo en su obra es reutilizado. Sus grandes bazares son tanto el punto limpio de O Carballiño como los contenedores próximos a su casa. Ahí rebusca y topa tanto viejos botes con restos de pintura como marcos de fotos o cristales que le sirven para componer sus obras. También esculpe piedra. De hecho, tiene una cabeza de mujer esculpida, con ojos en movimiento de una vieja muñeca, y con unos dientes de león marino que trajo en su día de Sudáfrica. Lo impactante de la pieza es que un cuchillo de matar los cerdos atraviesa el cráneo de esta persona. El cuadro lleva un título elocuente: Traición

Joaquín no sabe si la salud le permitirá seguir pintando y esculpiendo. Pero él va a intentarlo. Una de sus ilusiones es convertir una casona de Punxín en un estudio que sea una pieza escultórica en sí misma. Ya cuenta con otras tallas importantes, como una de más de tres metros que compuso utilizando partes de un barco que había sido desguazado. Todas tienen significado y en todas viaja la rebeldía de un hombre que, llegado a los 70 años, no tiene previsto conformarse con nada; ni siquiera con su salud maltrecha. Tiene tanto de peleón como de Joaquín. Es decir, todo.