Una tesis cum laude pone en valor el uso de cal y tierra en la arquitectura tradicional: «Es un modelo del que aprender»

Alfredo López Penide
López Penide PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

María Teresa Gómez Morgade, en el Café Moderno de Pontevedra
María Teresa Gómez Morgade, en el Café Moderno de Pontevedra ADRIÁN BAÚLDE

María Teresa Gómez Morgade lamenta que se trata de técnicas que en Galicia se encuentran casi desaparecidas, «solamente quedan en la memoria de la gente mayor»

13 feb 2026 . Actualizado a las 11:32 h.

Con el título de Tierra y cal en la arquitectura tradicional gallega. Redescubrir su uso. Caracterización. Intervención, la tesis de María Teresa Gómez Morgade ha sido calificada con sobresaliente cum laude por la Universidade de Vigo. Este trabajo tuvo su origen en la propia observación que hizo la arquitecta pontevedresa de como la falta de valorización de la arquitectura tradicional y de sus técnicas constructivas, estaba acelerando su destrucción y desaparición. «Decidí formarme en protección de Patrimonio Cultural en la Universidade de Vigo y de ahí tuve la oportunidad realizar una estancia en los Andes peruanos con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid) y allí fue donde entré en contacto por primera vez con el uso de estos materiales» apunta remarcando que, en paralelo, comprobó como era «posible la protección de este tipo de patrimonio cuando se aborda desde un modelo de gestión sostenible».

Fue al regresar de aquella estancia en Perú que a María Teresa Gómez le entró «la curiosidad de investigar esto aquí», incide.

Reconoce que, si bien es habitual que uno piense en la piedra cuando se habla de los materiales constructivos de la arquitectura tradicional gallega, lo cierto es que «la tierra se utilizó, en mayor o menor medida, en casi todo el territorio y la cal, a pesar de su escasa disponibilidad, se integró en la tradición constructiva gracias al comercio, propiciando además la aparición de construcciones vinculadas a su producción, los hornos de cal».

Los objetivos de esta investigación fueron la recuperación del saber de unas técnicas y materiales tradicionales, a través del estudio de los restos que aún se conservan, lograr el reconocimiento del valor cultural de las técnicas tradicionales y sus morteros y proponer modelos de gestión y protección para este patrimonio. «La tierra y la cal son materiales con los que se elaboraron morteros tradicionales, estos, además de ser utilizados para formar muros, revestirlos y protegerlos, e, incluso, decorarlos, adquirieron un papel protagonista que les otorga un alto valor identitario de pertenencia tanto a un territorio como a una comunidad, convirtiéndose en elementos inseparables de nuestra arquitectura y paisaje», subraya.

Gómez Morgade remarca que, además de su elevado valor identitario, tienen otros valores culturales. Es el caso del paisajístico, al lograr que las construcciones se integren perfectamente en el entorno al utilizar materiales propios de esa área, o el ecológico, al favorecer una arquitectura sostenible de proximidad con menores emisiones a la atmósfera que apenas genera residuos. Además, según remarca, su empleo en revestimientos ayuda a controlar la humedad del ambiente añadiendo también una mejora de la inercia térmica. A esto se suma su valor inmaterial asociado a los oficios tradicionales locales.

Cambio climático

De este modo, y en un contexto de amenazas de cambio climático, envejecimiento de la población o de la pérdida de diversidad cultural, se persigue «un modelo de desarrollo más sostenible integrando criterios ambientales, sociales y económicos y la arquitectura tradicional es un modelo del que aprender». En cualquier caso, se trata de técnicas que en Galicia se encuentran casi desaparecidas, «solamente quedan en la memoria de la gente mayor que recuerda utilizarlas», lamenta.

María Teresa Gómez Morgade, en el Café Moderno de Pontevedra
María Teresa Gómez Morgade, en el Café Moderno de Pontevedra ADRIÁN BAÚLDE

La arquitecta pontevedresa, en este sentido, apunta al hecho de que «el saber constructivo con tierra, transmitido de generación en generación, comenzó a forjarse en las comunidades neolíticas, cuando revistieron interiormente sus monumentos funerarios con morteros de tierra decorados y posteriormente revistiendo con tierra sus refugios de entramados de madera (...). Los morteros de cal empezaron a desarrollarse en Galicia con la llegada del imperio romano, al revestir y decorar con morteros cal, las fábricas de los muros, con las que ejecutaron las principales formas de ocupación del territorio, las villae», añade.

Esto determinó que el punto de partida de la investigación fuese la contextualización del territorio en sus dimensiones natural, geológica e histórica, un marco que considera indispensable para comprender el desarrollo de la arquitectura tradicional. Y, a la hora de abordar el estudio de las técnicas constructivas con tierra y cal que han llegado hasta nuestros días, se realizó un trabajo de campo que abarcó toda la comunidad.

Cinco grupos de técnicas

Esto permitió que las técnicas constructivas localizadas se agruparan en cinco grupos: técnicas constructivas mixtas, fábrica de piedra, fábrica de tierra cruda (adobes y terrones), muros monolíticos de tierra (tapia) y las diferentes técnicas de revestimiento para protegerlas o decorarlas.

La mayor parte se localizan en las provincias de Ourense y Lugo, donde la despoblación permite que se conserven numerosos ejemplos, pero también incrementa su riesgo de desaparición. Por el contrario, entiende que en las aldeas y villas marineras han sufrido un grave proceso de destrucción.

Toda la información recogida en el trabajo de campo se volcó en una base de datos con fichas que recogen los datos de la edificación, la técnica constructiva, las muestras recogidas y el enlace a dos mapas digitales, uno de técnicas constructivas con tierra y otro con técnicas constructivas con cal, donde se recoge todo el registro fotográfico de las edificaciones, las técnicas constructivas y los hornos de cal localizados.

Por su parte, para la caracterización de los morteros de tierra y cal se realizó una selección de 47 muestras. Su análisis se llevó a cabo con la colaboración de la Escola Superior de Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia y del Centro de Investigación en Tecnologías, Energía y Procesos Industriales (CINTECX, UVigo) y con la ayuda del doctor Fernando Carrera y la Doctora Teresa Rivas.

Tres hornos de cal en la comarca de Pontevedra

La tesis de María Teresa Gómez Morgade no se limita a hacer un estudio pormenorizado del uso de la tierra y la cal en el patrimonio cultural gallego, sino que también ofrece, además del estado actual de la situación en la que se encuentra la protección de la arquitectura tradicional, propuestas a modo de reflexión sobre las pautas a seguir para su protección y conservación, a través de planes de gestión integral, incluyendo una propuesta concreta. En la parte final del trabajo se realiza un planteamiento de intervención mediante un plan específico de gestión de la arquitectura tradicional, proponiendo una solución piloto para la rehabilitación del tejido social y cultural de un territorio concreto a partir del patrimonio arquitectónico tradicional.

En todo caso, al hablar de la cal es inevitable aludir a los hornos de cal que algunas administraciones, caso del Concello de Vilaboa, están recuperando. Tras precisar que en Galicia los afloramientos calizos se encuentran en la parte oriental, en las provincias de Lugo y Ourense, apareciendo en estrechas franjas alargadas de norte a sur, subraya que en este entorno sí que se han localizado numerosos hornos de cal —hasta el momento, por ejemplo, ha localizado una treintena en O Caurel—. Lejos de estos afloramientos calizos, en la costa se han registrado también hornos de cal, próximos a puertos o en puntos del litoral autorizados para la descarga de piedra caliza. En ellos se calcinó este material, normalmente procedente de Asturias o Cantabria. En la comarca, además del de Vilaboa, en Pontevedra existe un horno de cal en la zona de Mollavao, mientras que un tercero se ubica en Portosanto, en Poio.