Manolo, el hombre para todo del Museo de Pontevedra que no quería jubilarse

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Manolo Villaverde, trabajador del Museo de Pontevedra, en una imagen de hace unos años.
Manolo Villaverde, trabajador del Museo de Pontevedra, en una imagen de hace unos años.

A los 73 años y de forma inesperada falleció Manuel Villaverde, que seguía activo en la gran factoría cultural de la ciudad

27 nov 2023 . Actualizado a las 11:54 h.

A los 73 años, Manuel Villaverde, trabajador del Museo de Pontevedra desde el año 1989, bien podría estar disfrutando de la jubilación. Pero, como señalaba su único hijo, Iago, no había otra cosa que le pusiese de peor humor que hablar del día que dejaría la que era su segunda casa, su querido Museo. Así que Manolo, como todos le llamaban, se mantuvo activo hasta el final en la gran factoría cultural de Pontevedra, donde era una especie de hombre para todo; ese funcionario que sabía donde estaba cada una de las cosas en los edificios expositivos y al que no le importaba trabajar ni sábados ni domingos. Falleció de forma inesperada, dejando a todos los que le conocían con la sensación de que a Manolo, de maneras pausadas y corazón enorme, le quedaba todavía mucha vida por delante.

Manolo era natural de Aciveiro, en el municipio Forcarei. Pero a los diez años dejó la tierra rural para irse a vivir a Andorra, el país al que su padre había emigrado. Allí estudió y comenzó a trabajar hasta que la vida le trajo de nuevo a Galicia, concretamente a Pontevedra. Se hizo funcionario y, tras un breve período trabajando en Estadística, pasó, en 1989, al Museo de Pontevedra. Ese sitio se convirtió en su lugar favorito del mundo. Hacía un poco de todo, desde labores administrativas a colocar el sonido en un acto pasando por el recibimiento a artistas. Manolo estaba siempre, con un corazón abierto y generoso que a menudo se escondía detrás de su carácter testarudo y por veces rosmón. Pero quienes trabajaban con él, quienes acudían una o muchas veces al Museo de Pontevedra, acababan encontrando en él a un amigo y a un hombre de mano tendida que entendía la vida como una excusa perfecta para ayudar a los demás. Tantos años de trabajo han provocado que, tras su muerte, sean numerosas las personas que, a través de ese altavoz que son las redes sociales, muestran su pesar por el fallecimiento y le agradecen la huella que deja en la cultura pontevedresa. «A súa labor e dedicación deixan unha pegada valiosísima na nosa cidade», escribió Rafa Domínguez, vicepresidente de la Diputación de Pontevedra

Amante del patrimonio y de la fotografía, Manolo tenía otra pasión más allá del Museo. Nunca dejó de estar ligado a su tierra natal, a Aciveiro. Colaboraba con la asociación Amigos do Mosteiro de Aciveiro e Terras de Monte donde, nuevamente, demostraba su carácter altruista y generoso. Ayudaba en la organización de cualquier cita cultural y le encantaba echar una mano para poner en valor y divulgar la riqueza patrimonial de la tierra que le había visto nacer. Da igual si había que levantar un muro o preparar una muestra fotográfica, Manolo siempre encontraba la manera de colaborar. 

Aunque recientemente había tenido algún achaque de salud, la muerte le sobrevino sin que nadie lo esperase. Su cuerpo se vela en Pontevedra y este domingo emprenderá viaje hacia el lugar donde empezó su vida, en el corazón de la sierra de O Candán. Desde ahí vigilará Manolo que todo siga bien en el Museo. Y pobre del que no conecte bien un cable o se equivoque con el sonido. Que Manolo, para eso, era mucho Manolo.