Ángeles, voluntaria de la AECC:  «Superé dos cánceres, hago visitas a quienes los están sufriendo y pienso lo afortunada que soy»

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Una casualidad llevó a esta vecina de Poio a una cena de la Asociación Española Contra el Cáncer. No sabía entonces que pronto necesitaría de este colectivo

17 oct 2022 . Actualizado a las 19:09 h.

L a vida está trufada de casualidades increíbles. Ángeles Rubio, vecina de Poio, vivió una en el año 2014. En el mes de julio, acudió a una cena solidaria de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Lo hizo por ayudar, pero sin relación alguna con la enfermedad. Un mes después, le diagnosticaban un tumor de mama. Se le vino el mundo encima y se acordó de que en aquella cena se había hablado de los muchos servicios que tenía el citado colectivo. Llamó entonces a su puerta porque necesitaba ayuda psicológica. La respuesta le hizo sentirse «regalada»: «Me atendieron maravillosamente bien sin pedirme absolutamente nada a cambio. Me sentí tan arropada, tan protegida...», dice con emoción. Superó la enfermedad, que le repitió en el año 2020, cuando de nuevo se curó. Antes de eso, ya había decidido que ella quería devolver un poco del cariño con el que la habían tratado en la AECC. «Pensé que tenía que hacerme voluntaria, que yo también quería ayudar a los demás», explica.

 La primera sorpresa que se llevó es que no necesitaba contar con muchísimo tiempo para poder ser voluntaria: «Yo trabajo, pero comprobé que nadie te exige ningún horario, basta con tener la voluntad de ayudar», dice. Tuvo formación y, al principio, en lo que más colaboró fue en cuestaciones, envolviendo regalos para las tómbolas solidarias con las que la AECC recauda fondos para la investigación oncológica o participando en su emblemático rastrillo en Pontevedra, donde también recoge donativos. 

«Recibo más de lo que doy»

Llegó un momento que dio un paso más. Acompañada de un compañero también voluntario, comenzó a haber visitas en el hospital a personas que están ingresadas en la planta de oncología o que acuden a ponerse un tratamiento. Cuenta esta experiencia y la pregunta sobre si eso no le hizo revivir su propia enfermedad surge sola. Y así contesta Ángeles: «Al principio es duro, pero no lo llevas mal, porque ves todo desde otra perspectiva. Yo voy al hospital y pienso que superé dos cánceres y me siento afortunada. Me digo a mí misma ‘qué suerte tienes, que sigues aquí viva’». Luego, señala algo en lo que suelen coincidir las personas que hacen voluntariado en cualquier ámbito de la vida: «Parece una frase hecha, pero lo digo de verdad, yo siento que en esas visitas al hospital recibo más de lo que doy. La gratitud con la que te reciben las personas que están ingresadas y sus familiares cuando tú les haces un acompañamiento o la sonrisa de quienes van a ponerse un tratamiento cuando tú les ofreces una revista o lo que sea es impagable».

Ángeles cree que haber pasado por dos cánceres le permite ponerse en la piel de la persona que recibe un diagnóstico oncológico. Pero tira de prudencia: «Nadie sabe lo que está sufriendo el otro». Por eso le gusta ir de puntillas. No dar nada por hecho y preguntar todo antes de actuar. En el confinamiento, al no poder hacer visitas personales, participó los acompañamientos telefónicos a pacientes. No era lo mismo. Pero era algo. Ahora vuelve a ser voluntaria en mayúsculas.