Historias de inmigración en Pontevedra: «Nos intentaron secuestrar, íbamos con el niño. Entonces, dijimos basta»

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Gabriela y Tirso comparten voluntariado en una oenegé en la que aspiran a trabajar. Vinieron de Venezuela con sus respectivas familias y les toca sobrevivir

15 oct 2021 . Actualizado a las 20:18 h.

Es media mañana y, en la tienda de segunda mano que tiene la oenegé Boa Vida en la calle Santa Clara de Pontevedra, Tirso Fernández y Gabriela Jaspe se afanan en clasificar,y colocar la ropa procedente de donaciones para que pueda venderse de nuevo. Son voluntarios de la oenegé y aspirantes a trabajar en la empresa de inserción social que tiene la entidad. Saben que en Boa Vida el lema es que todo el mundo tiene derecho a un trabajo digno. Y con esa ilusión doblan el género a la velocidad de la luz. Son compañeros de trabajo. Y tienen también un pasado compartido. Ambos llegaron a Pontevedra procedentes de Venezuela. En su historia se reconocerán miles de migrantes. A todos ellos se les quiere prestar atención esta semana en Pontevedra, en el marco de unos actos para conmemorar el Día Internacional por la Erradicación de la Pobreza, que se celebra el 17 de octubre. Tirso y Gabriela cuentan cómo y por qué cogieron las maletas y sus «pocos ahorros» y dejaron su país para viajar hasta España.

Gabriela se vino a Pontevedra hace cinco años. Llegó con su marido y su niño, que entonces tenía solo tres años. Antes de convertirse en inmigrante, vivía en una ciudad a 45 minutos en coche de Caracas. Tenía una empresa junto a su esposo y ambos viajaban todos los días hasta la capital venezolana para trabajar: «Teníamos una firma de limpieza y nos encargábamos de limpiar el casco histórico de Caracas», cuenta. Cuando la inseguridad comenzó a ser evidente en el país, por su cabeza no dejaba de pasarse la idea de abandonar Venezuela. Pero lo iban dejando pasar. Hasta que lo que les ocurrió en un viaje en coche precipitó su decisión: «Nos intentaron secuestrar, íbamos con el niño. Y entonces dijimos basta. Fue un susto tremendo, nos dimos cuenta de que nos seguían, de que iban a por nosotros y milagrosamente les dimos esquinazo. Antes, ya nos habían robado un coche de la empresa», explica.

 «No quiero que me den dinero»

Así que cogieron las maletas y empezaron una nueva vida en Pontevedra. Gabriela reconoce que no fue fácil. Pero le cuesta quejarse: «Es que por muy difícil que sea iniciar la vida en un país que no es el tuyo, yo estoy agradecidísima a los españoles y a los gallegos, porque nunca me sentí discriminada ni insegura. Fíjate, una vez me cayó el móvil al suelo en unas fiestas. Llamé por teléfono y unos chicos que lo habían encontrado me lo devolvieron. Yo eso no lo había visto nunca», explica.