Los grafitis en Pontevedra: ¿Arte o vandalismo?

Nieves D. Amil
NIeves D. Amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Muros, puertas, escaparates o, incluso, azoteas tienen la firma de grafiteros

28 sep 2021 . Actualizado a las 19:50 h.

En la Plaza de España de Pontevedra solo hay que levantar la cabeza para ver un grafiti en lo alto de un edificio. ¿Cómo llegó hasta allí? Eso no se sabe, pero la fachada del último piso está firmada. Al igual que otras muchas zonas de la ciudad. El origen de estos grafitis en las azoteas (rooftop) nació en París y se extendió por las grandes ciudades. Pontevedra, a través de la facultad de Bellas Artes, recibe muchas influencias de esta cultura urbana que se respira por toda la ciudad. Pero no siempre gustan. En el barrio de san Antoniño han proliferado en las últimas semanas y dejan en el aire la pregunta: ¿Arte o vandalismo? Sobre algunos de ellos aparecieron letreros que ponían en mayúsculas: «Esto no representa el grafiti. Eres muy tonto». Alberto Santos, que trabaja en una tesis sobre el arte urbano, asegura que en una ciudad como Pontevedra, donde la facultad de Bellas Artes tiene mucho peso en las performance, los límites entre arte y vandalismo se desdibujan con facilidad, pero da un paso más. «Siempre nos fijamos en el arte, pero la pasarela de colores que hizo Abel Caballero en la Gran Vía de Vigo es vandalismo o no», reflexiona Santos para explicar cómo se pueden entender las pintadas que recorren la ciudad y que se rigen por unos subcódigos conocidos entre ellos.

Las firmas que se repiten varias veces en una zona y en el tiempo, que tienen cierta continuidad se consideran grafitis. A veces va solo la firma en letras y en otros casos pueden ser iconos. El grafiti no tiene porque ser un dibujo. Pontevedra tiene decenas de calaveras que podrían responder a este tipo de idea. «Una pintada es una expresión gráfica, como un garabato porque desde que somos niños dejamos huellas. Todo eso es una expresión artística dejamos un rastro gráfico», comenta Santos. 

La intencionalidad de quienes los hacen es dejarse ver y tener notoriedad. Entre ellos no se pueden tapar la firma. Si uno ya tiene un prestigio y alguien que acaba de empezar firma por encima «tenemos un problema». Y en muchas ocasiones se puede llegar a las agresiones físicas para solucionarlo. En Pontevedra hay dos o tres rúbricas que recorren la ciudad y que nadie sabe su identidad, al menos, no los han visto en acción. El riesgo de que te vean está ahí, forma parte de ese aspecto lúdico del grafitero o escritor, como se conoce en su argot. «Cuanto más riesgo hay, más mérito tienen. También influye de cuánto tiempo dispones, de los materiales para el producto y de donde se conciba. Alguien puede pintar sobre una superficie o muro abandonado, o lo puede hacer a plena luz en el centro de la ciudad», explica Santos, que advierte que tras de años de estudios que los grafiti «están sujetos a una serie de códigos y tienen intencionalidad». Eso no quiere decir que haya que considerarlos artistas. Y pone el ejemplo de Juan Carlos Argüello, Muelle, un grafitero que murió a los 29 años y en la década de los ochenta cubrió Madrid con su firma. Él no se consideraba artista. «¿Lo es?», se pregunta. Esa misma cuestión sobrevuela sobre Santiago Sierra, que hizo un ninot del rey en Las Fallas para acabar quemándolo. ¿Arte o vandalismo? La decisión es de los ojos que lo ven.