¿Dónde está Antonio, uno de los desconocidos más conocido de Pontevedra?

Entidades de servicios sociales no dejan de buscar a un hombre que vivía en la calle desde hace años y del que no saben nada desde hace dos semanas


Pontevedra / La Voz

«¿Dónde está Antonio?». Esa es la pregunta que no dejan de hacerse estos días en distintas entidades sociales de Pontevedra. Se plantean ese interrogante en el comedor social, en Rexurdir, en Cruz Roja o en otras oenegés. Se lo preguntan porque no son capaces de dar con el paradero de Antonio Perea, uno de los desconocidos más conocido de Pontevedra. No en vano, aunque seguramente pocos sepan su historia, sí le podrán identificar fácilmente. Porque Antonio es un hombre de la calle; una persona que llevaba años durmiendo en una zona muy concreta de la ciudad, entre Benito Corbal, Sagasta o el entorno del viejo cine Gónviz. Le fueron echando de distintos sitios en los que montaba su guarida para pernoctar a ras de suelo. Pero siempre se acababa apañando para colocar su cartón y sus mantas en algún portal o galería. Ahora lleva algo más de dos semanas sin aparecer por este entorno y eso le ha extrañado tanto a algunos vecinos como a las entidades sociales, que se preguntan dónde y cómo estará, sobre todo, porque Antonio era uno de esos sintecho que no querían pisar los albergues ni en las peores olas de frío o lluvia, ni tampoco era dado a pedir ayuda.  

Antonio, de mediana edad, apenas solía hablar. Pero tampoco se escondía si se le preguntaba. Hace unos años, un día de tantos en los pedía dinero en la calle, contaba a La Voz de Galicia que él era madrileño y que allí había tenido varios oficios, entre ellos el de camarero. Pero que un día todo se torció, que se vio sin nada, y que se marchó de Madrid porque «no quería ser una carga para nadie». En teoría, llegó a Galicia en busca de un hermano. Pero no lo encontró. No sabía explicar cómo había desembarcado en Pontevedra. No se quejaba del frío. Ni de nada. Tampoco quería saber de albergues, ni siquiera de pasarse por un centro a darse una ducha o tomar un café caliente. Decía que quería seguir a lo suyo, simplemente. Y se emocionaba cuando recordaba que su padre le había dado 60 euros la última vez que le había visto. 

Hace años, dormía en la zona de Benito Corbal. Luego se desplazó hacia la de Sagasta. Durmió primero junto a una entidad bancaria. En invierno buscaba cobijo en portales o cajeros. Pero en verano lo habitual es que plantase sus trastos en plena acera, junto a una palmera de la calle y ahí se quedase, a ras de suelo, tal y como recordaba hoy una vecina de la calle Sagasta que habitualmente le daba dinero para café. 

Un día topó cobijo en las galerías del viejo cine Gónviz (las que dan a la calle Castelao).  Y ahí montó su refugio. Llevaba mucho tiempo ya pasando las noches en ese espacio. A veces estaba él solo y otras, sin embargo, había más indigentes en la misma zona (últimamente, hasta seis personas). Desde una tienda de la zona, señalan: «Llevaba años durmiendo aquí, la situación era complicada, porque muchas veces no había manera de que se levantase por la mañana. Hubo bastantes problemas». Le avisaron en numerosas ocasiones de que no podía seguir así. Pero Antonio continuaba con sus rutinas y, a media mañana, lo habitual es que tuviesen que reñirle para que apartase sus mantas y demás bártulos. A raíz de la pandemia, las cosas empeoraron aún más y había vecinos y comerciantes muy preocupados por la situación que se generaba en las galerías. 

Se le insistía a Antonio que debía marcharse. Pero lo habitual es que hiciese caso omiso a las advertencias. Un día, hace unas dos semanas, no volvió. «De repente, no apareció por aquí. Sus cosas aparecieron debajo de un árbol y luego al día siguiente ya no estaban, quizás las quitaron los de la limpieza. Siempre las dejaba donde dormía», cuentan desde un negocio de la zona. Ahora, unas cintas y un cartel advierten de que no se puede pernoctar ni permanecer en las galerías. 

A las entidades sociales les extraña es que Antonio no está en la zona en la que era habitual verle desde hace años porque, insisten, «apenas se movía de sitio». Así que comenzaron a buscarle, sobre todo para asegurarse de que está bien. Lo explica Esther González, educadora del comedor social de San Francisco: «Me llamaron desde Servizos Sociais del Concello para saber si habíamos visto a Antonio. Me dijeron que miraron en hospitales y que no estaba. Yo misma miré por distintas zonas de la ciudad a ver si le veía y no le vi. Avisé también a otras entidades pero tampoco saben nada de él. Al comedor dejó de venir en cuanto comenzó la pandemia. Al no poderse sentar en la mesa no venía ya. Le daban comida los vecinos. Hablé con Cruz Roja y también me acerqué a la zona donde dormía en los últimos años y dejé mi teléfono para que me llamen si lo ven. Igualmente, llamé a Marín a ver si le veían allí», explica.

Y lo mismo señala Diego Ortega, psicólogo del centro de día de Rexurdir: «Estamos las entidades sociales pendientes porque lo cierto es que todos le conocíamos y, por lo que parece, no está donde era habitual verle. Nosotros estamos preguntando a los usuarios, pero no lo vieron». 

Desde el comedor social y desde Rexurdir señalan que es habitual que personas que viven en la calle se vayan cambiando de ciudad. Pero Antonio no solía hacerlo. Hacía años que no dejaba Pontevedra. De hecho, ni siquiera abandonaba la misma zona de la urbe. 

La historia de Antonio recuerda a la que un día se vivió también con Julio, el hombre de la barba blanca que dormía en las cercanías del hospital provincial. Un día, también faltó de allí y muchos se extrañaron. Luego se supo que estaba internado en el hospital de Montecelo. A raíz de su ingreso, se había tramitado su traslado a una residencia. 

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