Así arranca un colegio con 500 niños

Los críos asumieron las normas con facilidad en el primer día de clase


PONTEVEDRA / LA VOZ

El mismo día en que entraban en vigor las restricciones para intentar controlar el aumento de los positivos, volvían los niños al cole con las dudas de cómo sería sentarse en un aula que hacía seis meses que no veían. «O medo máis grande que tiñamos era non ter preparado o cole. Para conseguilo estivemos todo agosto traballando, nin a dirección nin os profesores tivemos vacacións», decía ayer José Manuel Sánchez, director del CEIP Campolongo, que prefieren que le llamen Pachú. Estaba tranquilo. Eran ya las doce de la mañana y los nervios de cómo se gestiona un centro con cerca de 500 alumnos empezaban a sacudirse. Los niños volvían de un recreo escalonado que vivieron en compartimentos estancos para no romper los grupos estables. Con la profesora delante y de uno en uno con los brazos estirados accedían al edificio con superhéroes y princesas tapando las bocas. «Pintámoslles puntos no chan coa separación obrigada e vanos saltando para moverse na fila de saída ou para volver do recreo», apunta Pachú, que por el otro lado del pasillo nos conduce hasta lo que ahora era el salón de actos. La reorganización del centro le ha obligado a acumular el material entre el escenario y uno de los laterales porque ahora esta sala hace falta para los claustros.

Al fondo del pasillo principal de la planta baja, una profesora hace guardia en los cuartos de baño. En la redistribución del horario le toca esa función. Anota el nombre y la hora de cada niño que va al servicio. Si hubiese un positivo tendrían controlado el grupo de rastreo y ya sería la Xunta la que decidiese quiénes se someterían a los PCR. Guardias en patios. Y ahora en las puerta de los servicios. La profesora mira resignada y asume que todo es por el bien común. Este año la enseñanza no será lo único que se imponga en los centros de Pontevedra. «A docencia virtual non é válida para estes nenos. Non só é aprender, senón socializar, secarlles as bágoas cando choran ou poder darlles unha aperta. Somos rabaño e crecemos nunha tribo», apunta Pachú, que espera que esta forma de vivir pase cuanto antes entre las paredes de Campolongo. «A educación queda algo tocada: se antes unha profe podía facer apoio nunha hora libre, agora ten que facer unha garda», explica el director, mientras nos acercamos a una clase de segundo de primaria. Los niños sonríen con la mirada en grupos de dos. Y es que hoy tampoco hubo lágrimas en el colegio de Campolongo. Las ganas de volver pudieron con la temida vuelta al cole. «Tivemos unha colaboración exemplar das familias: fixemos 19 reunións, unha con cada clase, para explicarlle como traballariamos, e quedaron máis tranquilos», añade Pachú, que este año contará en el centro con una persona más para la limpieza y un profesor más por el desdoble de una de las clases.

Aunque la vida en este colegio de la ciudad, que llegó a tener cerca de 750 alumnos, está marcada por las señales en el suelo, la distancia social y los grupos burbuja, Pachú lo tiene claro: «Había que intentar volver ao colexio, tanto polos nenos como pola conciliación familiar». Hoy volverán a pasar el examen al recibir a los niños de cuarto, quinto y sexto. El primer ensayo con los más pequeños se superó con éxito, aunque ahora se dedica más tiempo a lavar las manos y desinfectar. Volver a sentir las sonrisas ha valido la pena. A los profesores. Y a los padres.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Así arranca un colegio con 500 niños