«Lo peor de haberme contagiado es que tuve que abandonar a mi familia»

Pilar Rodríguez trabaja en la lavandería del Provincial. Dice que se infectó porque no tenían protección


pontevedra / la voz

Pilar Rodríguez trabaja en la lavandería del Hospital Provincial de Pontevedra. Un centro sanitario que, en principio, no trata a pacientes de COVID-19, pero donde se infectaron ocho de los diez empleados de plantilla de ese servicio. Ella cree que pudo contagiarse a mediados de marzo cuando un mecánico empezó a ponerse mal. Pilar subraya que en esos momentos el servicio de lavandería no contaba con material de protección suficiente. «El fin de semana del 28 y 29 de marzo me sentí mal, con fiebre. Como el lunes ya no tenía fiebre, fui al trabajo y se lo comenté a mis compañeros y al jefe».

No tenía tos ni dificultad respiratoria y no pensó en el coronavirus. Pero por precaución llamó a Medicina Preventiva y a ella y a una compañera les hicieron la prueba. Mientras, le dijeron que se fuera a su casa y que se aislara. Ni la prueba ni el resultado tardaron. Y se confirmó el positivo. «Aquella tarde se me cayó el mundo encima. Vivo con mi madre, que tiene 78 años, y un hijo discapacitado de 25, además de mi marido y mi hijo pequeño, de 17. Mi madre y mi hijo son gente de riesgo y decidí aislarme en otro piso que tenemos». Pilar cuenta que se fue ella, su marido y su hijo pequeño, y que se quedaron en casa su madre y su otro vástago.

«Mi miedo era si los habría contagiado porque no les quisieron hacer la prueba porque no tenían síntomas». Su marido va todos los días a verlos y ella se agarra a las llamadas para saber de ellos. «Con el niño y con la abuela hay mucho teléfono. Pero es triste y desesperante porque van tres semanas». Su rabia es que se contagiaron en la lavandería por falta de protección. Lo dice una y otra vez. Asegura que las mascarillas no llegaron hasta el 28 de marzo y que el hospital se justificaba en que no eran personal de riesgo y que con guantes era suficiente. «Me llegaron a decir que no había mascarillas y que me buscara la vida».

Su médico y el servicio de Medicina Preventiva le hacen a Pilar el seguimiento. Esta trabajadora confía en que esta semana le realicen la segunda prueba y dé negativo. Está mejor, aunque tiene carraspeo de garganta, moco y cansancio. Ahora que se valora más si cabe a los sanitarios, lamenta que ni el personal de lavandería ni su servicio estén reconocidos. «No salvamos vidas, pero hacemos un trabajo muy importante en un hospital. Uniformidades, ropa de quirófano... todo pasa por nuestras manos. A pesar de los contagios, en nuestro caso no se cambió el protocolo que no nos considera de riesgo, cuando levantamos bolsas de ropa sucia a la altura de la cara».

Pilar solo quiere volver a abrazar a su hijo y relata que la separación es dura para una persona como él, a la que le afectan mucho los cambios de rutinas. «Lo peor de todo esto que es tuve que abandonar a mi familia». Otro aspecto triste, que ella prefiere ni recordar, es que algún vecino del piso al que se trasladó se quejó a la policía porque «había venido una contagiada». En este caso sí tuvo todo el apoyo de la presidenta de la comunidad.

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