«Tienen que recoger la comida a la una de la tarde y algunos están aquí desde las nueve, delante de la puerta... ¿Pero qué haces con esta pobre gente?»

El comedor social de Pontevedra y el Concello organizaron  el reparto de comida para evitar contagios por el coronavirus. Pero es difícil lidiar con algunas situaciones del día a día


Pontevedra

Al padre Gonzalo, al alma máter del comedor social de Pontevedra, le dio un ahogo enorme cuando, a cuenta del coronavirus y de acuerdo con el Concello, tuvo que suspender las comidas para las más de cien personas que habitualmente usan este servicio, ubicado en el convento de San Francisco. Se acordó que habría igualmente reparto de alimentos de víveres tres días a la semana y que se garantizaría que nadie pasase hambre, tal y como se está haciendo. También se acordó abrir un albergue provisional para los sin techo donde se les garantizaría cama y comida, como también se está haciendo. Pero nadie se podría volver a sentar a la mesa en el comedor de San Francisco hasta que pase la alerta sanitaria para evitar contagios. 

 El padre Gonzalo se resignó ante la entrega de comida en táper. Pero sabía de sobra que cortar las comidas iba a ser muy doloroso: «No queda más remedio que hacerlo así, hay que cumplir las normas, eso es lógico, pero es terrible porque aquí no solo venían a comer. Esto es como una gran familia. Hay personas que llevan muchísimos años comiendo aquí y es el único hogar que tienen...», afirma. Algo parecido dice Esther, la trabajadora social del comedor: «A muchos no les gusta esta situación, la llevan mal porque quieren ese momento de comer todos... es difícil».

El caso es que el día a día es difícil de llevar. Los voluntarios del comedor social, casi todos entrados en año, se han replegado y es Protección Civil de Pontevedra la que se encarga del reparto de alimentos. Pero se dan situaciones sorprendentes: «Tienen que recoger la comida a la una de la tarde y algunos están aquí desde las nueve, delante de la puerta... ¿Pero qué haces con esta pobre gente? A ellos les van a dar igual las multas. Están acostumbrados a hacer la vida en la calle y muchos no tienen un sitio al que ir», indica el padre Gonzalo. «Algunos viven en pensiones o pisos y ni siquiera tienen muy buen ambiente para quedarse allí. Son personas en situaciones complicadas. Nosotros le decimos que tienen que quedarse en casa o ir al albergue, pero es difícil... y algunos que tienen adicciones quieren salir para ir a por su dosis. Te dicen que sí o sí tienen que ir hasta O Vao a pillar, ellos son muy sinceros», apostilla la trabajadora social.

Se intenta por pasiva y activa que se respeten los turnos a la hora de coger la comida. Pero no es una situación fácil. En la cocina social, notan que bajó la demanda. Posiblemente, sea porque algunos de los usuarios habituales están ya comiendo en el albergue provisional. Y, en otros casos, tras enfadarse porque en vez de sentarse a comer tenían que llevar un táper, han dejado de pasarse por allí. 

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«Tienen que recoger la comida a la una de la tarde y algunos están aquí desde las nueve, delante de la puerta... ¿Pero qué haces con esta pobre gente?»