«Gracias a mí, empezaron a usar wasap señoras de 80 años para comprar pescado»

Norma Pintos, de 41 años, recorre el rural vendiendo pescado. «La tecnología me ha ayudado mucho a ganar clientela», reconoce


pontevedra / la voz

Norma Pintos tiene 41 años y cada mañana se levanta a las tres y media de la madrugada para ir a la lonja de Vigo. Después enciende su móvil y a través de una lista de difusión con casi un centenar de contactos envía a sus clientas las ofertas que tiene del día. Muchas de ellas son mayores y tuvieron que darse un baño de nuevas tecnologías para poder seguir comprando pescado. «La tecnología me ha ayudado mucho a ganar clientela, tengo cerca de 90 en una lista de difusión y así me compran más», comenta Pintos, que no hay parroquia del rural pontevedrés por la que no pase con su furgoneta cargada, en muchas ocasiones, con más de 200 kilos de hasta 17 variedades.

El wasap ha permitido a sus clientas hacer su pedido a primera hora y no quedarse solo con lo que llega a su puerta. «Gracias a mí, las abuelas aprendieron a manejar el wasap para hacerme los pedidos, los nietos tuvieron que enseñarles», reconoce Pintos, que esa modernización tecnológica le permite ir un paso por delante y hacer rentable un negocio que heredó de sus padres.

Lleva una veintena de años haciendo cientos de kilómetros a la semana por pasión. «A mí esto me gusta, tuvimos un puesto en el mercado en Vigo, pero no es lo mismo», explica esta joven pontevedresa, que dice que a veces es más «psicóloga» que «pescadera». Abrir la puerta de las casas a las nueve de la mañana le hace recibir lo mejor y lo peor de cada cliente. En muchas ocasiones, le dan los buenos días de muy mal humor, pero ella ha asumido que eso forma parte del trabajo y se toma ese recibimiento con humor. «Ahora tengo una familia muy amplia, mucho más grande que nunca, tengo mala salud y cuando estoy ingresada, les mando vídeos para que vean que estoy bien», recuerda Norma Pintos, que «hasta le dejó pescado a mi ex novio y mis ex suegros».

Lleva dos décadas rodando por el rural pontevedrés. Hoy no lo cambiaría por nada. Eso sí, los madrugones los comparte con su prima y socia, para hacer más fácil el día a día. «Lo que más me gusta es el diálogo con la gente, le doy consejos de cómo preparar el pescado y ellos me los dan a mí. Aprendí a cocinar gracias a mi trabajo», asegura. De martes a viernes lleva la furgoneta cargada, el resto de la semana no hay pescado y por tanto, no hay trabajo. Si acaso tuviese que poner un pero a esta trayectoria es la muerte de sus clientas. La mayoría es gente mayor, que a veces se lleva la sorpresa de que falleció cuando llega a la puerta. Aún le cuesta despedirse de ellas, muchas se han convertido en amigas.

Su juventud es un valor de futuro, prácticamente no queda ninguna de su edad haciendo esta labor. «Al principio lo pasé un poco mal porque la gente al ver que eres joven te falta al respeto un poco», recuerda Norma Pintos, que se ha convertido en la más esperada del rural pontevedrés.

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«Gracias a mí, empezaron a usar wasap señoras de 80 años para comprar pescado»