El síndrome del túnel carpiano no respeta ni a Francesco, rey de la pizza

Un total de 45 años amasando le han pasado factura a su mano derecha. Pero el hostelero seguirá al pie del cañón


pontevedra / la voz

Habría que comprobarlo matemáticamente pero, a simple vista, de cada diez personas que pasan por la calle Virxe do Camiño estos días, nueve se paran a preguntarle a Francesco Iannelli, dueño del restaurante Il Piccolo, qué es lo que le ha sucedido. El hombre, con su inconfundible acento italiano y su brazo en cabrestrillo, suele hacer gala de su adquirida retranca galaica: «Me pegaron», le dice a uno. «Vinieron a por mí», le espeta a otro. Luego, entre risotadas, explica que se ha tenido que operar, que tiene «una enfermedad profesional por movimiento repetitivo». A saber: el síndrome del túnel carpiano no le ha respetado ni a él, rey de la pizza. De hecho, los 45 años que lleva amasando son los que le provocaron la dolencia en la mano derecha. Le han obligado a cogerse una baja. Pero él, genio y figura, sigue yendo a su local. «Estoy por fuera de la barra, pero estoy. Un hostelero nunca puede perder el contacto visual con sus clientes, ni un solo día», dice con voz resuelta. Luego, repasa su trayectoria, que es larga e interesante.

Su idilio con la pizza y la hostelería arranca en plena juventud. Él se había ido, a los 16 años, de voluntario a la Marina. A los 22, cuando era militar de carrera, dejó atónitos a sus superiores: «Me mandaron llamar para preguntarme si estaba loco, porque dije que lo dejaba todo, un sueldo fijo y todo lo que tenía, para ir a aprender a hacer pizzas a Sicilia sin cobrar nada de nada. No se lo podían creer».

Así lo hizo. Comenzó a trabajar gratis en un restaurante, al lado de un gran maestro pizzero. Pero las cosas no fueron como él esperaba: «Solo me dejaba fregar y jamás me enseñaba nada, cuando amasaba me pedía que me fuese. Un día le dije que lo dejaba, que si no se daba cuenta de que yo estaba allí para aprender. Y él me dijo que si yo no me daba cuenta de que él lo que quería era comprobar hasta qué punto me interesaba aprender», explica. Finalmente, este hombre le enseñó sus secretos. Y Francesco se acabó marchando por el mundo con el arte de cocinar pizzas bajo el brazo.

Estuvo en distintos países como Francia, Alemania, Portugal u Holanda. Conoció y se casó con Isabel Álvarez, vecina de Moaña. Y no fue hasta que vino a su tierra, hasta que cruzó el puente de Rande, cuando sintió que había visto la imagen más bonita de su vida: «Nunca había visto nada así y dije que aquí me quería quedar para siempre». El 17 de abril se cumplirán 22 años desde que Il Piccolo es toda una referencia de comida italiana en Pontevedra.

Ha pasado el tiempo, ha logrado distintivos con su restaurante o que la Guía Michelín lo cite, y Francesco ahí sigue, acudiendo al trabajo día tras aunque sea con el brazo en cabestrillo. Aunque reconoce que tiene un personal en el que confía plenamente, en el 2019 se cogió solo cuatro días libres. Y este año aún no tuvo ninguno. Ha cumplido los 64 años. Pero la palabra jubilación no entra en su diccionario: «Yo, como los viejos roqueros, moriré con las botas puestas», remacha.

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