En Pontevedra aún se extravían cartas de amor de puño y letra

La misiva estaba tirada en la calle Rosalía de Castro, dobladita con ese mimo con el que solo se doblan las cosas importantes


Pontevedra

No era San Valentín. Ni tampoco había sido un gran día. Era una jornada cualquiera de este febrero de chubascos intermitentes. Sobre las cinco de la tarde, alguien reparó en un papel tirado en la calle Rosalía de Castro de Pontevedra. Podría haber sido una lista del súper, una factura del banco o un folleto publicitario. Pero el papel estaba perfectamente doblado, plegado con ese mimo con el que solo se pliegan las cosas importantes. Así que ese alguien decidió cogerlo y leerlo. Y aquel día cualquiera de febrero del 2020 se volvió de pronto un poquito más amable y romántico. Porque, en realidad, aquel papel tirado en el suelo era una bonita carta de amor de puño y letra en estos inciertos tiempos del romanticismo a golpe de WhatsApp y stories de Instagram

La persona que cogió la carta podría haberla subido directamente al Facebook. Y anunciar a bombo y platillo que tenía en su poder aquella misiva al igual que se promociona que se encontraron unas llaves o unas gafas progresivas. Pero pensó una carta escrita a bolígrafo, con renglones rectos, interlineado cuidado, letra bonita y sin faltas de ortografía, merecía, al menos, un texto que hablase de ella con algo de mimo. 

La carta la escribe un joven que parece estar bien enamorado. Quiere compartir con una chica lo afortunado que es por tenerla a su lado y, de paso, celebrar que están de aniversario, ya que se cumplen años desde la primera vez que quedaron. Le confiesa que la quiere, se lo dice de todas las maneras posibles, y le cuenta también que haber hablado por primera vez con ella fue la decisión mejor que tomó nunca. Reconoce él que es un poco «pequeño» para creer que no va a querer a nadie con tanta fuerza en la vida, pero está convencido de que así será. 

La carta no es solo bonita porque elogie a la chica y le diga que gracias a ella nunca se aburre ni nunca está triste. Lo es también porque habla de libertad. Así, del texto se intuye que se trata de dos jóvenes, posiblemente adolescentes, que prevén separarse pronto para que ella se marche a otro lugar, quién sabe si a estudiar. Él le anima a dar ese paso. Le dice que es importante para ella y le transmite que está convencido de que la relación no se resentirá con la distancia.  

Sueña él con un viaje a París compartido. Y se despide con un te quiero. No llega a firmar, aunque sí pone el nombre de la destinataria con un diminutivo cariñoso. Así, tras carilla y media de sentidas frases, el enamorado deja en el aire qué habrá pasado con sus palabras. ¿Habrán llegado a su destino? ¿Se caería la carta de alguna carpeta de estudiante? ¿Nunca las llegó a tener la joven de la que habla? ¿Se trata de una carta a un amor imaginario?

Quizás no llegue a haber respuestas para esas preguntas. O quizás sí. Habrá que esperar. Es lo mínimo que se puede hacer cuando el romanticismo de puño y letra se cuela en la fría acera de una ciudad cualquiera. 

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