«Es cáncer, no una penosa enfermedad»

Carmen Laucirica y Marisa Granjel relatan su batalla contra un tumor de ovario y de mama


pontevedra / la voz

Carmen Laucirica, de Marín, y Marisa Granjel, de Pontevedra, son dos de las pacientes que participan en la campaña Llámalo Cáncer, que se presentó ayer en la plaza de A Peregrina. No se lo pensaron demasiado y decidieron sumarse por si su testimonio le puede ayudar a alguien. Carmen y Marisa afrontaron, de entrada, un mal diagnóstico de cáncer de distinta manera.

Carmen, de 53 años, había perdido a una tía por la enfermedad y hacía voluntariado hospitalario. Siempre le llamó por su nombre. «Es cáncer, no una larga y penosa enfermedad. Llamarle bicho se me hacía raro». El 7 de diciembre del 2017 le diagnosticaron un cáncer de ovario en estadio 3. «Me chocó que me lo dijeran así, sin filtro. Tenía una masa tumoral de 20 centímetros».

Todo empezó con fiebre. «Fui al PAC de Marín y me hicieron una prueba de orina para descartar la infección». De ahí la derivaron a Pontevedra. «Me dijeron que era algo ginecológico y se confirmó». El de ovario suele ser un cáncer asintomático y tras constatarse todo fue muy rápido. «Me abrieron en canal en una operación de ocho horas, después tuve dos oclusiones intestinales y el tratamiento con quimio», explica.

Carmen pasó el pasado noviembre por una revisión y está a la espera de un TAC. De momento marcha todo bien. Ahora está haciendo un curso de técnico sociosanitario. Esta mujer reconoce que la labor de voluntariado y su contacto con otros enfermos le ayudó a enfrentarse a su tumor. Durante su cáncer enfermó también su padre, al que acaba de perder. Pese al dolor saca una lectura positiva y es que estuvieron muy unidos. «A él mi experiencia le sirvió de apoyo, me acompañó durante mi proceso». Como una compañera de voluntariado, «que también lo vivió y me dio mucha fuerza».

Con el paso del tiempo, recuerda el impacto de la caída del pelo y de las cejas como muy duro. Ahora se queda con lo positivo. «Ves que te quieren. Tengo muchos momentos guardados. Recuerdo a un primo que me pelaba nueces; a mi sobrina de 8 años que me dijo, cuando me vio con la faja abdominal, ‘te has puesto la faja, a ver si te vas a enfriar’; o a un sobrino con síndrome de Down que quiso dormir conmigo cuando se enteró. Los niños son así de naturales y de espontáneos». Carmen no ha dejado de lado sus viajes a Francia y quiere seguir disfrutando de esas estancias en el futuro.

Rabia y miedo

A Marisa Granjel el diagnóstico de cáncer de mama le llegó hace diez años, cuando tenía 52. Ella sabía bien cómo era esa enfermedad de la que murieron varios familiares directos, entre ellos, su madre. Una madrugada se despertó sobresaltada por una sensación rara en el camisón. En uno de sus pechos había dos bultos. «No quería escuchar la palabra cáncer. Mi madre lo tuvo en las dos mamas y pasó cinco años horribles, con un dolor brutal», rememora. Marisa no se había hecho ninguna de las mamografías que le correspondían por edad. Sabe que no es lo correcto, pero fue su reacción. «No me las hice por una mezcla de rabia y miedo, sobre todo rabia», admite.

Ahí empezó su periplo obligado por la sanidad. Le dijeron que había que quitar esas dos masas, de 4 y 3 centímetros, inmediatamente. «Me decían que si no abrían me iba a ir a los huesos y no iba a aguantar. El médico me preguntó que era lo más importante para mí. Le dije que mi hija, mi yerno, mis nietos, que están en Nueva Zelanda, y mi pareja. Y me dijo que lo hiciera por ellos». Y así fue. Dos días después se sometió a una operación de seis horas. Le cortaron el pecho y confirmaron que había metástasis en un brazo, que después desapareció con la quimio.

Recuerda aquella fase como muy dura. «La quimio es muy agresiva. Estaba tumbada en la cama y se me complicó con un trombo en una pierna». Llegó un momento en que Marisa necesitaba salir y respirar. Ayer bromeaba contando que se compró un bolso de bandolera y que salió con las dos botellas de los drenajes y los cables. Es recurrente en muchas mujeres. Verse al espejo la cicatriz y sin pelo no fue fácil. Recibió apoyo psicológico, lo asumió y enseguida se hizo una artista con los pañuelos.

A raíz del cáncer se hizo socia y voluntaria de la AECC. «Fue fantástico para mí. Nos ayudamos mutuamente, hice amigas y es como una gran familia». Marisa afronta el futuro como si no hubiera tenido el tumor y su cicatriz es ya parte de ella. ¿Está curada? Rotunda dice que no. «Eso se lo pregunté yo a mi oncólogo y me dijo que nunca está uno curado». Entre las secuelas que arrastra está un cansancio general y dolor en el brazo. «Puedo hacer de todo, menos coger peso y hacer esfuerzos». Es feliz, solo echa de menos no poder volar hasta Nueva Zelanda. «Son más de veinte horas de avión y ya no puedo». Ha recuperado la playa, aunque con mucha protección, y se siente afortunada. «La cirujana me dijo tiempo después que no contaban conmigo. La actitud no cura, pero es muy importante».

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