Tres desnudos en el balcón de Villa Pilar

Las esculturas de Ramón Conde sorprenden a los paseantes


pontevedra / la voz

Es raro caminar por la calle Riestra y que no haya más de un viandante viendo hacia arriba a la altura de Villa Pilar. Solo hace falta hacer ese recorrido para comprobar que más de uno levanta la mirada, sonríe, saca su móvil y dispara. Esa secuencia de acciones es contagiosa. Lo hace el primero y el siguiente no se lo quiere perder. Desde hace unos días, tres esculturas de hombres desnudos tienen la misión de provocar al que pase. Y no cabe duda de que lo están consiguiendo.

Detrás de estas esculturas está Ramón Conde, que ayer se asomó al balcón de la sala Nemonón para explicar el por qué de sacar estas obras a la calle y llenar el interior de la habitación de su arte. «Con esas esculturas ahí se pretende crear extrañeza, provocar. Son figuras más realistas y buscando el impacto en la gente que pasa por la calle. Forman parte de una obra más grande, de una especie de ejército. Tienen significado por si mismas, pero también si las pones en conjunto, son como los fonemas», comenta Ramón Conde desde la ventana de Villa Pilar. La idea de provocar está más que conseguida. Los tres hombres desnudos atraen miradas, especialmente por la noche, que el juego de iluminación que los rodea en este emblemático rincón pontevedrés.

Hasta el 10 de enero se podrá disfrutar de «Una mirada entre a y b». Hacía 25 años que Ramón Conde no traía aquí a su hombres atléticos y gordos, creados por el mismo lenguaje emocional que el de los sueños y con los que establece diferentes niveles de profundidad. «La falta de un espacio fue retrasando el exponer aquí, a pesar de que es una ciudad que me encanta», explica el artista, que recoge en la sala Nemonón toda su trayectoria, desde la más clásica hasta las obras que reflejasen los hitos de lo que hubiese hecho hasta ahora.

Sus esculturas transmiten realismo. Él mismo reconoce que hasta que ve que sus obras no tienen la sensación de transmitir vida, no las da por acabadas. «A veces en ese proceso, la propia obra te lleva por derroteros que no esperabas. No son obras cerradas, te das cuenta de que no, que dialogan y crean una nueva», explica Conde, que con las figuras atléticas representa el nivel más superficial, mientras que los gordos, una de sus señas de identidad, responden a imágenes más profundas, de condensación, a medio camino entre el mundo onírico y el real.

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