«Bendigo esta empresa, a mí hasta me llegaron a empujar en el trabajo»

Jeison es venezolano, Hasell de Nicaragua y John de Colombia. Una constructora les dio la oportunidad de sus vidas


pontevedra / la voz

Se llama Armando y se apellida Sabarís. Pero, en realidad, su santo y seña podría ser Armando felicidad. Porque este empresario de Lérez, en Pontevedra, responsable de ASC, una empresa de construcciones y reformas, parece que fabrica trabajadores felices. Lo cuentan los propios obreros subidos a la azotea de un edificio que están reformando. Tres de ellos, inmigrantes llegados de distintos países de Latinoamérica, lo dicen con lágrimas en los ojos.

Señalan que Armando, su jefe, les ha dado la oportunidad de sus vidas al contratarles y tratarles con la dignidad que otros le habían negado. Armando se pone colorado al escucharles. Le resta importancia a que en sus andamios haya casi tantos extranjeros como gallegos. «No miro la edad ni la procedencia de mis trabajadores, solamente su actitud», confiesa. Luego, les cede la palabra a Hassel, ingeniera y técnica de obra que llegó hace un año de Nicaragua, Jeison, oficial de segunda que tuvo que salir con lo puesto de Venezuela y John, que llegó huyendo de la violencia colombiana.

Jeison, de 32 años y padre de dos críos, es el más hablador. Cuenta que tenía una empresa de publicidad en Venezuela con la que se ganaba bien el pan -recuerda los años dorados de comprar coche, viajar a España de turista y vivir de forma acomodada- hasta que el Gobierno le empezó a encargar trabajos que no le pagó. Se arruinó y vio peligrar su vida. Así que recaló en España, donde le dieron asilo político. Aún se le humedecen los ojos cuando recuerda los difíciles inicios laborales en Pontevedra: «Emigrante es mucho más que una palabra, es dejarlo todo atrás. Bendigo esta empresa, a mí hasta me llegaron a empujar en el trabajo. Lo pienso ahora, pienso en cómo me trataron determinados jefes mientras arreglaba los papeles y digo... la vida es cíclica, quizás esas personas se vean un día en mi lugar», cuenta. Él, que otrora era publicista de oficina y café a media mañana, tiene callos hasta en el último dedo de las manos. Pero también una sonrisa de oreja a oreja: «Soy feliz aquí. Armando es un jefe que te dice que la familia y la salud es lo primero, que lucha para que te formes... no puedo pedir más. Hasta me animé a tener otro hijo, que nació hace unos meses», explica.

John, contable, vivió una historia difícil en Pereira, la región de Colombia de la que es natural. «En plena calle, cuando paseaba a mi perro, me apuntaron con armas de fuego. Pasé mucho miedo», explica. Terminó emigrando también y logrando asilo político en España. En su camino apareció Pontevedra y se encontró igualmente con la empresa ASC. Él está en la administración. Y también está feliz.

«Cuanto de jalan de la solapa...»

Hassel, la única mujer de la obra, les escucha y agacha la cabeza. Basta con mirarla a los ojos para darse cuenta de que en ellos aún habita el miedo. Llegó hace un año desde Nicaragua, empujada por la situación de su país. Allí trabajaba de ingeniera. Aquí empezó por la limpieza y vivió algunos horrores: «Es duro cuando te jalan de la solapa y te dicen que limpies de rodillas o cuando te tiran un trapo a la cara...», cuenta. Tiene 34 años y hace siete meses que vuelve a trabajar de ingeniera. Recuperó la risa. Y la dignidad que le quisieron robar.

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