«De pequeña tomé sosa cáustica. Mi mamá me trajo aquí y me curé, así que vengo desde Argentina a dar gracias»

Lola Caamaño, romera en Os Milagres de Amil, explica por qué tiene tanta fe


pontevedra / la voz

En el santuario de Amil era difícil quedarse ayer mucho tiempo. Poco espacio, mucha gente... Pero había quien lo hacía. En la parte superior oraba una mujer de Cambados llamada Pepita. Su mirada, sus ojos profundos, hablaban por ella. «Me gusta quedarme aquí rezando por mi familia», susurraba. Se notaba reservaba. Evitaba decir si pedía por alguien en particular. Todo lo contrario le ocurría a Lola Caamaño. Ella, a la que le párroco le había buscado asiento porque tiene movilidad reducida, sí quería contar su historia. Y lógico que así fuese. Porque merece la pena.

«De pequeña tomé sosa cáustica. Mi mamá me trajo aquí y me curé, así que vengo desde Argentina a dar gracias», empezaba diciendo. Luego, explicaba que cuando era pequeña vivía en Vilagarcía, en Faxilde, y que «como era muy glotona» y un día llegó a tragarse unas cuentas de sosa que había en una bolsa pensando que eran caramelos. Las consecuencias para su salud fueron graves y su madre la ofreció entonces a Os Milagres de Amil. «Personas a las que le habían pasado lo mismo habían muerto y yo en cambio me salvé, y siempre me quedó eso dentro. Porque incluso cuando me marché a Argentina mi madre me decía que nunca me olvidase del milagro».

Así, Lola vino en algunas ocasiones desde Buenos Aires, el lugar al que emigró, a Os Milagres de Amil. Y ayer, con 91 años cumplidos, volvió a hacerlo. «No quería faltar, llegué hace cuatro días y aquí estoy, dando las gracias de nuevo». A su lado permanecía una de sus hijas, que la miraba con emoción, y sentenciaba: «Mientras tenga salud y pueda venir aquí estaremos. La verdad es que es una devoción que nos ha transmitido siempre».

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«De pequeña tomé sosa cáustica. Mi mamá me trajo aquí y me curé, así que vengo desde Argentina a dar gracias»