Un condenado por violencia machista a su mujer: «Si me tengo que ir de casa, la quemó y te rajo el cuello»


Pontevedra / La voz

Fueron más de cuatro décadas de humillaciones, menosprecios, insultos e, incluso, agresiones físicas las que ha sufrido una pontevedresa hasta la reciente condena de su marido por maltrato. Por un lado, se le han impuesto sesenta jornadas de trabajo en beneficio de la comunidad por un delito de maltrato de obra y, por otro, dos años por un segundo cargo de maltrato habitual, ambos delitos en el ámbito de la violencia sobre la mujer.

La sentencia describe claramente el calvario por que el pasó esta mujer, quien «durante el matrimonio -está casada desde 1975- y, en mayor medida, durante los dos últimos años», ha sido humillada y menospreciado de forma constante por su esposo. Este último, de hecho, provocaba discusiones casi diarias en el curso de las cuales le dirigía insultos o expresiones del cariz de «no vales para nada. Tienes demencia».

Incluso, cuando algo no era de su agrado, el pontevedrés la tomaba con los objetos que tenía más cerca, así como llegó a empujar a la víctima en varias ocasiones. La sentencia, de hecho, alude a una agresión física muy concreta ocurrida el 1 de julio del 2018 cuando el matrimonio iba en un coche acompañado por su nieto menor de edad. Comenzó una discusión por cuestiones familiares que el acusado zanjó propinándole, primero, un manotazo en la cara a su mujer para, acto seguido y después de que esta le recriminara que le iba a romper las gafas, darle una bofetada «sin llegar a causarle lesiones».

La sentencia, si bien no es firme, relata, asimismo, que cuando la víctima le proponía al encausado la posibilidad de separarse, era habitual que este reaccionase diciéndole que, «si me tengo que ir de esta casa, la quemo y te rajo el cuello».

Situación de miedo y sumisión

Los tribunales pontevedreses tienen claro que este clima de violento, del que muchas veces era testigo el nieto del matrimonio, generó en la mujer «una situación de miedo, angustia, inseguridad y sumisión». De este modo, siempre se encontraba en alerta, tratando de no hacer o decir algo que pudiese enfadar a su marido, «por lo que muchas veces le daba la razón, se iba, mandaba a su hija a la habitación o, incluso, cambiaba el canal de televisión que estaba viendo, pues al pontevedrés hasta le molestaba lo que esta veía en televisión».

Las magistradas de la sección cuarta de la Audiencia de Pontevedra refieren, asimismo, que el hecho de que la denunciante tuviera amigas o saliera a cenas de empresa no impide que fuera objeto de los delitos por los que ha sido condenado su marido. A este respecto, la propia víctima relató que a este último no le gustaba que hiciera estas cosas: «No admitía que tuviese amigas, ni que se relacionase con ningún hombre».

Las propias hijas del matrimonio confirmaron «la sumisión que mostraba la madre, la agresividad mostrada por el padre», quien le echaba «la culpa de todo a aquella», así como no aceptaba sus opiniones y alzaba la voz con insultos. Relataron que su madre tenía la cara colorada, aunque «ella tratara de disimular y ocultar lo que había pasado».

Durante la vista oral, la pontevedresa reconoció que si había esperado tantos años para denunciar lo que estaba viviendo fue por un cúmulo de circunstancias: su juventud, el hecho de tener cuatro hijos y no saber a donde ir, pero también por vergüenza. De hecho, los expertos en violencia machista reconocen que una de las principales causas que pueden provocar que una víctima no denuncie o, incluso, retire la denuncia contra su agresor o se niegue a declarar en el juicio contra él es, precisamente, la vergüenza.

En este caso, concreto lo que la espoleó a dar a conocer su caso ante la Justicia fue la agresión de julio del 2018 y los constantes episodios de menosprecio y «la violencia del acusado sobre la hija menor».

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