«A los seis años, ya había cruzado tres veces el Atlántico en un crucero»

«Para mi familia el océano no fue una frontera sino un camino», asegura el navegante


cee / la voz

«A los seis años ya había cruzado tres veces el Atlántico en un crucero de la emigración. Recuerdo los temporales, entrar en Río de Janeiro de noche o divisar las montañas de Madeira entre la niebla», cuenta José Manuel Iglesias Vilas, que con esa edad dejó Montevideo, donde había nacido en la emigración en 1959, y se estableció en Galicia, donde hoy dirige, entre otras, la empresa Galopín, de parques infantiles, y Gefico, especializada en sistemas auxiliares de barcos, como depuradoras o potabilizadoras de agua.

«El mar siempre me ha atraído. Para mi familia el océano no fue una frontera sino un camino. Mi pasión por la navegación se debe a mi admiración por las aventuras de los navegantes de la antigüedad. Por eso quise poner mi grano de arena para recuperar su memoria. También me apasionan las biografías de contemporáneos como Moitessier, Julio Villar, Knox Johnston o Eric Tabarly. Creo que entre los preciados tesoros que la mar oculta se encuentran las esforzadas gestas de los marinos que la surcaron», relata Iglesias, que, dentro de esa tarea de recuperación de la memoria, en 1996 emuló con tres amigos al ruta del marino noiés Sebastián de Ocampo, al circunnavegar la isla de Cuba. «Fue técnicamente difícil, no tanto por las travesías oceánicas, sino por el bojeo (circunnavegación de la isla) pues una parte se hace remontando los alisios ciñendo en contra del viento y las corrientes. Resulta admirable la capacidad de los exploradores del siglo XVI para superar todas las dificultades. Cuando hicimos la ruta de los portugueses homenajeando a Joao da Nova también tuvimos que remontar los alisios desde África. El problema añadido era que no había cartas náuticas actualizadas, pero pudimos visitar cada cala, Bahía o surgidero de la perla del Caribe. La mayoría del Caribe está saturado, pero nosotros accedimos a sitios que estaban impolutos desde el principio de los tiempos porque eran zonas de protección militar o ambiental y contábamos con un permiso especial», recuerda el empresario, que también preside el Clúster da Madeira e do Deseño de Galicia.

Sin embargo, no fue esta su singladura más arriesgada. «Quizás las anécdotas más peligrosas ocurrieron después de pasar un temporal en el canal viejo de las Bahamas entrando en Varadero en donde nos atravesamos en una barra de arena ante un mar imponente. Dos grandes olas barrieron la cubierta y mi compañero Pancho y yo no teníamos puesto el arnés de seguridad, pero nos agarramos como lapas y el mar no nos llevó. Meses después nos pillaron los vientos de Cuaresma en los Jardinillos de la Reina (la segunda barrera coralina más grande del mundo después de la Gran Barrera australiana ). Habíamos fondeado en una isla desierta y amarramos con cabos a los manglares, pero hacía tanto viento que el barco garreó y aunque pudimos subir la vela mayor, el motor se paró porque arrancamos el arbotante con uno de las amarras. Acabamos encima de un arrecife sin comunicaciones aguantando los golpes de mar toda la noche. Pensábamos que el barco no resistiría porque los golpes de mar eran brutales. Al día siguiente el mar y el viento nos fue sacando al otro lado y pudimos navegar hasta Santa Cruz de Sur por dentro de los cayos. Aquella noche Pancho y yo nos despedimos y nos citamos en la otra vida. Acabamos contando chistes para aliviar la tensión», rememora Iglesias.

Su primer trabajo, nada más acabar la carrera de Empresariales, fue en una naviera e hizo varias rutas en mercantes, aunque la mayoría de sus travesías las realizó a vela, en una más que dilatada trayectoria que lo ha llevado por varios países de Europa, el Mediterráneo, África y América. Su mujer lo acompaña, porque también disfruta mucho, y su hijo es maquinista naval, por lo que comparten la afición por el mar y, en parte, eso fue lo que le llevó a comprar Gefico en el 2011, con lo que la pasión marinera, personal y profesional, sigue instalada en su familia.

«En el mar se pasa de todo: bueno, malo y regular. Pero no se piensa en el naufragio, se vive el día a día y aunque preparamos la travesía anticipándonos a las condiciones climáticas o las averías, se disfruta del advenir, de la sorpresa que nos depara cada nuevo día. En el barco me olvido de las cosas de tierra. El mar o la montaña te exigen humildad ante un elemento natural inmensamente poderoso que te pone en tu sitio y te ayuda a entrenar la voluntad. También disfruto preparando las travesías o haciendo mantenimiento a bordo», concluye el navegante, que en las próximas semanas quiere remontar el Guadiana y planea ir a Grecia, seguramente la primavera que viene.

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