Vida y muerte en las viejas escuelas rurales

En algunas unitarias, los mayores ocupan ahora los pupitres que otrora eran de los niños y dan clases de memoria o gimnasia. Otros edificios, sin embargo, simplemente agonizan


pontevedra / la voz

Nadie muere de todo mientras haya alguien que lo recuerde. Algo así pasa con las viejas escuelas rurales. En la comarca de Pontevedra no alcanzan los dedos de las manos para contabilizar las unitarias que fueron cerrando bien por falta de niños bien porque abrieron otros colegios más modernos. Algunos de esos edificios están, literalmente, cayéndose a cachos y son pasto continuo de los vándalos. Otros se han reconvertido en centros para mayores o incluso en dispensarios médicos. En algunos más ensayan corales, grupos de música juveniles o pandereteiras. Pero ninguna escuela está muerta del todo. Y no lo está porque, aunque en algunos casos los viejos inmuebles estén en ruinas, aún queda quien recuerde aquellas clases llenas de críos, en la que los profesores enseñaban con grandes mapas en la pared y los castigos eran ponerse de rodillas con los brazos en cruz. Recorrer alguna de estas viejas escuelas es tanto como encontrarse con la vida y la muerte: la vida que hubo y la agonía que vino tras el cierre.

Empezamos el recorrido en O Tombelo, Sanxenxo, en una mañana en la que el sol se intercala con los chubascos. Allí reciben los dos viejos edificios de las unitarias, tan soberbios como destrozados. No hay nada en su sitio. Las ventanas están rotas, las puertas abiertas de par en par y dentro no queda títere con cabeza. El paso del tiempo, los vándalos y repetidos incendios han dado al traste con los pupitres. Miles de papeles se acumulan en el suelo. Ni siquiera las paredes resisten ya y presentan grietas y desconchados por todas partes.

«¿Pero que podo facer eu?»

Eusebio, un vecino de O Tombelo que ya peina canas, lleva más de una década presenciando la lenta agonía del edificio. Ha perdido toda esperanza. Y por eso no malgasta el tiempo hablando de lo que se podría hacer con esas aulas y esas viviendas -en la parte de arriba habitaban los maestros-. Prefiere viajar con la mente a otros tiempos, a cuando la escuela se inauguró: «

Construise no 1966. Eu xa non cheguei a ir a ela porque cando empezaba marchei para a mili e xa nada. Pero lembro ver moitos rapaces nela, ao mellor ata setenta nenos. E había catro mestres vivindo aí, nesas casas que agora xa non valen para nada»

, cuenta. Eusebio responde a la gallega, preguntando, cuando se le dice si no le da pena lo que ve cada día cuando abre la ventana de su casa. «

¿E logo que me vai dar? ¿Pero que podo facer eu?

», dice.

Esa misma resignación la expresa otra vecina, cuyos hijos y nieto también fueron a esa escuela. «Estaban as clases cheas, pero cando se abriu o colexio da Lanzada todo pechou... e o resto xa o ves, aí está caendo a cachos», indica mientras señala hacia los edificios. Dentro de ellos, entre los pupitres destrozados, todavía hay algún juego infantil roto, un mural de colorines que se resiste a desteñir y una especie de pizarra infantil con una frase más que simbólica. «La resistencia de la memoria», indica.

Sacudirse la tristeza que invade las paredes rotas de O Tombelo no es fácil. Pero ayuda ver en lo que se ha convertido otras escuelas rurales. Toca visitar una de ellas, ubicada en la aldea de O Sartal (Poio). Allí, a las 11.30 horas, el edificio donde hasta el 2016 todavía se escuchaban voces infantiles recibe con las persianas blancas bajadas y la puerta cerrada a cal y canto. Pero, ojo, esa imagen es engañosa. Al minuto aparecen los vecinos para explicar que, en realidad, la escuela está teniendo una segunda vida. Nadie mejor para contarlo que un matrimonio formado por Antonio Casal y Nilda Burgués. Él fue alumno de esa vieja unitaria y ella lo es ahora, en la senectud, porque acude ahí a clases de memoria. Juntos, componen el puzle del pasado y presente de la escuela de O Sartal.

Las clases de don Enrique

Cuenta Antonio que hace sesenta años, cuando él era aún un crío de mandilón de cuadros, en la escuela de O Sartal «había muchísimos niños, algunos de A Excusa, otros de Arís... venían de muchos sitios». Él se acuerda de las clases de don Enrique y de los castigos. «Madre mía, yo me pasaba la mayor parte del tiempo castigado al lado del profesor, que tenía una vara de mimbre con la que te daba en las manos. Era muy traste yo», explica con sonrisa. Dejó de estudiar a los 14. La emigración le esperaba después.

Nilda, su mujer, no vivió aquellos años dorados de la escuela. La conoció cuando ya eran muy pocos los niños que acudían a ella. Y la vio cerrar. Ahora, se ha convertido en asidua al edificio: «Hemos reconvertido la escuela en un lugar de encuentro de los mayores, ahí hacemos nuestras clases de memoria y a otras horas también hay gimnasia», señala. O Sartal es, sin duda, una metáfora de lo que pasa en el rural: mayores supliendo a los niños.

En O Tombelo, las viejas escuelas están cayéndose a cachos ante al resignación vecinal

En O Sartal, que cerró como

escuela en el 2016, hay todos los

días actividades

Los vecinos se acuerdan de ver en algunas de las unitarias rurales hasta a 70 niños

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