«Tengo una riqueza que no me puede sacar Hacienda»

A sus 75 años reconoce que correr más de 15 kilómetros diarios le aleja de los médicos y le da salud


Julio César llega corriendo. No podría hacerlo de otra manera. Son las doce de la mañana y es hora de empezar su entrenamiento. Es miércoles y toca carrera. También toca los martes, los viernes y los domingos. Este es su horario desde que tenía 52 años y a punto de cumplir 76 no tiene pensado cambiarlo. Es habitual verlo en cualquier punto de Barro enfundado en unos tenis, pantalón corto y una camiseta, que en muchos casos es el recuerdo de alguna prueba. Hoy es la del maratón de Barcelona. Julio César Constenla tiene poco de emperador, pero mucho de imperio. «Tengo una riqueza que no me la puede sacar hacienda», explica entre risas. Pero es tal cuál. Lleva toda la vida haciendo deporte y en los últimos veinte años ha participado en más de cuarenta maratones.

Las carreras son la medicina para sus achaques. «Llevo peor entrenar para un maratón que la propia carrera en si, cualquiera debería conocer el ambiente que se vive, es una maravilla», explica Constenla. Su próximo reto es poder participar en el Campeonato de España de media maratón, que se celebrará en Ortigueira y Cariño. Físicamente está para competir, pero necesita que alguien lo patrocine. Hasta ahora tenía una empresa que respaldaba su actividad, pero ya no y las fichas para poder hacerlo son demasiado para su bolsillo. Donde estará seguro es en la Vig-Bay que se correrá el próximo 7 de abril.

Julio César recuerda el primer maratón en el que compitió, tenía 58 años y salía de Vilagarcía, recorría A Illa y Cambados y volvía a la capital arousana. Llevaba seis años antes entrenando y en ese tiempo tuvo que oír muchos insultos por todas las leiras por las que pasaba. «Muchos me decían qué hacía un hombre a mi edad corriendo, pero yo nunca me callé», explica este vecino de Barro. Nunca se calló ni tampoco dejó de practicarlo. «Cuando me prejubilé dije a aquellos que me daban caña y que me superaban que ahora iba en serio, que había llegado mi momento», indica. Siguió aprendiendo, estudiando y cuidándose para evitar las lesiones. «Soy autodidacta, aprendo cada día y fui mejorando con el tiempo», comenta frente a un café solo, el segundo del día.

Cada día recorre entre 15 y 20 kilómetros por los caminos de la parcelaria en Barro, lleva tanto tiempo haciéndolo que puede ver como ha cambiado la forma de entrenar y el entorno en el que lo hace. «Antes corría por los caminos, sin luz y muchas veces iba por las cunetas para que no me atropellasen», recuerda este veterano atleta, que perteneció a la Gimnástica gracias a su anterior presidente Ramón Touza, con quien coincidió en la Marina.

El atletismo ocupó su vida desde bien pequeño, aunque Constenla tonteó con otras disciplinas. Y es que no entiende su vida sin deporte. «Nací en 1943, imagínate, había poca cosa, la primera vez que acudí a una carrera tenía 16 o 17 años y corrí con vaqueros y zapatos», comenta Julio César, que después de esa carrera también probó otras disciplinas como el ciclismo y el boxeo. «Como soy pequeño, un chispa, lo hacía bien, un boxeador que estuvo en Barro cuando era niño me enseñó porque yo era muy ligero», recuerda.

Lo que tiene claro es que el deporte siempre formó parte de su vida. «Entrenaba cuando podía, al salir de trabajar o cuando tuviese un hueco hasta que me jubilé. Ahora cuido los animales y hago alguna cosa en la finca», comenta el veterano corredor padre de cuatro hijos y abuelo de siete nietos que no heredaron su pasión por el deporte. «Mi madre, que aún vive y está a punto de cumplir cien años cuando ve una carrera en la tele, me dice que no me vio», comenta con humor.

Una vida de sacrifico

La de Julio César, como la de muchos hombres de su edad, es una vida de sacrificio. Con 13 años empezó a trabajar llevando el alambrado de las viñas sobre los hombros. «No ves que me quedé chato», bromea. Más tarde trabajó en una carpintería de la que solo recuerda que estuvo ocho meses lijando las filigranas de un mueble. De ahí pasó a una tornería de madera y en la década de los sesenta, todavía sin cumplir la mayoría de edad, pidió permiso a su padre para emigrar a Alemania. «Me descontaban el 50 % del salario por ser menor, pero me compré trajes y zapatos aunque estuve menos de un año», recuerda. A partir de entonces se convirtió en carnicero hasta que pudo prejubilarse y vivir para el deporte. La última maratón en la que participó fue la de Madrid hace tres años, además de pruebas menores en las que, como él dice, «siempre nos vemos los mismos». Ahora compite en el tramo de edad entre 75 y 80 años, aunque le gusta estar con los jóvenes porque «me dan caña, así me motivo más».

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