Adornos navideños que hasta envenenaban

Visitar la exposición «Unha viaxe ao Nadal» es descubrir un mundo detrás de la Navidad a través de piezas de cristal


pontevedra / la voz

Fátima Cobo, licenciada en Geografía e Historia, comisaria de arte, trabajadora durante años del Museo de Pontevedra y ahora de la Diputación, está más que acostumbrada a negociar con los artistas, a ayudarlos para elegir de entre todas sus piezas, sean cuadros sean esculturas u otras obras de arte, para que seleccionen los que quieren exponer. Como es veterana en estas lides, le parece fácil hacer esa criba. Hasta que ella es la tiene que elegir. Porque Fátima Cobo y su marido, Carlos Vieira, coleccionan adornos navideños. Y no, no son las típicas bolas que uno compra en el dos por uno. Son auténticas obras de arte de vidrio soplado, hechas por artesanos de países europeos como Polonia, Austria, la República Checa o Alemania. Tienen unas mil piezas. Y cada año, cuando le toca elegir qué motivos expone, Fátima Cobo lo pasa fatal. Pero logra su objetivo. Y de esa selección salió este año Unha viaxe ao Nadal, una exposición visible en el Pazo Provincial que nadie con espíritu navideño debería perderse.

No se puede hablar de la exposición sin contar su historia, que es también la historia de Fátima y sus viajes. Resulta que en el año 2009 ella y su marido viajaron en septiembre a Polonia. Allí estaban, en la emblemática y señorial ciudad de Cracovia cuando en una tienda repararon en unos diminutos adornos navideños. Eran obras de arte hechas con vidrio soplado y pintadas de manera artesanal. Se quedaron prendados y compraron uno de aquellos objetos. Ese fue el principio de su vida de coleccionistas. Porque, a partir de ahí, quisieron saberlo todo sobre su origen.

Empezaron a investigar y fueron descubriendo cosas realmente sorprendentes. Supieron que, alrededor de 1830, en Alemania se empezaron a soplar las primeras bolas de vidrio para colgar en el árbol navideño. Diez años después ese trabajo se hacía ya ayudándose de moldes de madera, lo que ayudaba a los vidrieros a darles infinitas formas. Pero, ojo. Para que brillasen ante la luz se llenaban con una fina cama de plomo o zinc y el proceso resultaba tan peligroso, ya que el metal se aspiraba directamente con la boca, que provocaba el envenenamiento de los vidrieros y sus esposas, que les ayudaban.

En distintos países

La fabricación, sin dejar nunca de ser artesana, fue mejorándose, los moldes empezaron a hacerse en metal, y empezó a haber vidrieros en Bohemia, en Polonia, en Alemania... A todos esos sitios, así como a Alsalcia y Lorena, donde también hay esta tradición, van viajando cada año Fátima y su marido. Empezaron visitando mercadillos pero fueron agudizando el ojo y de ahí pasaron a acudir directamente a los artesanos, a tratar con ellos, a ser más selectivos...

 

Algunas figuras les entran por los ojos, como una bola navideña muy elaborada, con diminutos cristales de Swarovski incrustados, otras les llaman la atención por su valor histórico, como algunas piezas que se colgaban en la URSS para exaltar el régimen. De otras le sorprende su belleza, como un colorido Papá Noel representado en forma de sirena. Dada su relación con los artesanos, consiguieron incluso que les hiciesen alguna pieza única. Lo cuenta bien Fátima Cobo: «Vimos un Papá Noel cunha camiseta dunha selección de fútbol, fíxonos graza e pedímoslle se nola facían coa camiseta vermella de España... e aí está».

Cada pieza, más allá de la belleza, parece que cobra vida en boca de Fátima. Porque de todas es capaz de contar su historia, cómo, cuándo y dónde la encontraron. Habla de figuras como la de un San Nicolás vestido de obispo, de un adorno que es un cohete que viajó a la Luna, del Sputnik, el primer satélite lanzado por los rusos o una figura de vidrio soplado de Yuri Gagarín, el primer cosmonauta que viajó al espacio exterior. Fátima Cobo hace de guía excepcional. Dice que el placer de enseñar sus piezas es la gran recompensa por lo invertido y por las horas de búsqueda. Por si hay dudas, confirma que no cuelga en el árbol navideño de casa ninguno de estos objetos. Los guarda, como oro en paño, en una casa en la que no vive. «Primeiro tiñámolas nunha habitación, fomos ampliando... a ver a onde chegamos», bromea.

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