El joven que halló en Irlanda las puertas del mundo

Diego Casal es un trotamundos. Ttrabajó en una granja de vacas de Noruega, pintó paredes en Malasia y recogió kiwis en Nueva Zelanda... En octubre pondrá rumbo a Canadá: toca descubrir América


vilagarcía /la voz

Tiene 26 años, pero su mochila vital ya rebosa experiencias. Es una carga que no pesa, todo lo contrario. Por eso, el vilagarciano Diego Casal está dispuesto a seguir llenando de vida el petate con el que, desde hace ocho años, recorre el mundo. En octubre, dice con ese tono tranquilo de quienes no acostumbran a mirar la hora, pondrá rumbo a Canadá. Junto con su pareja, Nozomi, iniciará la exploración del continente americano en las mismísimas montañas Rocosas.

Mientras llega la hora de salir otra vez al camino, Diego recupera el pulso de Arousa, la tierra en la que se crio. Aquí creció como un niño más. Estudió un ciclo formativo y aprovechó la oportunidad de ir a hacer las prácticas a Irlanda. «Aí foi onde comezou todo», relata. Conoció a gente de distintos lugares y tomó conciencia de lo grande que es el mundo. Y de las ganas que tenía de descubrirlo. Así que volvió a casa con un buen dominio del inglés, y con la inquietud del movimiento perpetuo metida en el cuerpo.

No tardó en encontrar su oportunidad de ponerse en marcha: su familia necesitaba que alguien acompañase a uno de sus primos menores a Noruega. Y allá se fue Diego. No fue un viaje de ida y vuelta: pasó dos años en el frío círculo polar. «Ao principio vivía nunha illa enorme, na que só había catrocentas persoas e un supermercado». El primer invierno «foi xenial. Era de noite as vinte e catro horas, pero vías a aurora boreal, a neve, os alces... Era coma unha sorpresa continua». Él, que trabajaba en una granja de vacas, exprimió aquel tiempo hasta que un día se dio cuenta de que «botaba de menos á xente». Así que se fue a una ciudad un poco más grande, donde se dedicó a hacer chapuzas, primero, y a trabajar en el departamento de distribución de un periódico, después.

«Ganas de Asia»

Pero no está hecho Diego para la rutina. Por eso, en cuanto reunió ahorros suficientes, levantó anclas y volvió a España. Eso sí, por el camino más largo, deteniéndose en todos los rincones en los que había algo que mereciese la pena. Un amigo, un paisaje, una cita cultural. Tocó Galicia unos instantes, y de nuevo en ruta, esta vez hasta Cabo San Vicente, al sur de Portugal. Regresó al norte zigzagueando por la península. Se movía -se sigue moviendo- caminando o en autostop. En alojarse, si puede, no gasta un duro. Y busca siempre la casa de un amigo, o a alguien que lo reciba como huésped durante una temporada. O la protección de las estrellas. Y después «marchei para a India», cuenta Diego. Había elegido ese destino porque «tiña ganas de Asia». Ese apetito fue el que lo empujó a Nueva Deli, donde se alojó en casa de una familia y donde se dio cuenta de que «a India é algo que non se pode contar. É un lugar no que pasan moitas cousas ao mesmo tempo». Un lugar de contrastes en el que un joven blanco y rubio como él despierta un inusitado interés. «Pode chegar a resultar un pouco abafante», comenta Diego. Pero, aún así, se lanzó a los caminos y recorrió un país en el que entró en contacto con la meditación y el yoga, dos prácticas que ha incorporado a su vida errante.

A partir de la India, donde recuerda la sorprendente imagen del Ganges, «con mulleres lavando a roupa nun lado, pastores lavando o gando noutro, e xente facendo meditación na mesma auga», inició un periplo sin fin por Indonesia, Malasia, Tailandia, Laos, Camboya, Vietnam, Corea, Nepal... En el camino hizo buenos amigos, como Eita y Makiko, un matrimonio japonés que le abrió las puertas de su país. Diego ya ha estado en Japón tres veces, en Chigasaki, donde se ha convertido en un habitual de un festival religioso que incluye una procesión de 24 horas en la que los romeros, que llevan a cuestas un templo en miniatura, se dan un baño en el mar.

Japón es un lugar especial para él. Entre otras cosas, porque de allí es su pareja, Nozimi. Se la encontró en Laos y se citaron en la isla nipona. Luego, se fueron juntos a Nueva Zelanda, otro lugar sorprendente. Vivieron en un coche durante el año que permanecieron allí, trabajando primero en una granja de kiwis, después en unos viñedos, y finalmente en una fábrica. El dinero lo ahorraban para seguir viajando. Y ahí siguen, en el camino. Tras un par de paseos más por el sudeste asiático, con una larga parada en casa de un amigo alemán en los Himalayas, han vuelto a la península ibérica. «Nozimi quería facer o Camiño de Santiago» y lo hicieron, dando réplica a la ruta asiática Kumano-Kodo. El verano ibérico les ha permitido seguir los pasos de los peregrinos durmiendo a la intemperie, ahorrando hasta el último euro.

Ahora, su destino está en Canadá. Luego, la carretera dirá.

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