Juegos infantiles «salvajes» con un gran pazo como testigo

Los críos de Barro usan A Crega como recinto de una ludoteca que intima con la naturaleza


barro / la voz

Si algo tenía claro el gobierno de Barro tras comenzar a mandar en el 2015 era que el pazo da Crega, por mucho pazo que fuese y muy municipal que resultase, era solo un continente. Y necesitaba contenido. Se pudo apostar por dedicarlo exclusivamente a actos solemnes, a la celebración de bodas civiles -que también se hacen-, la Festa do Viño y citas, en general, con mucha pompa. Pero eso no iba ni de lejos con la forma de hacer y deshacer del bipartito de BNG y PSOE. Querían que el pazo lo usase todo el mundo y que, sobre todo, lo utilizasen quienes tienen en sus manos el futuro del municipio, es decir, los niños. Así fue cómo se les ocurrió que A Crega era un sitio idóneo para montar una aldea navideña a la que acudiese Papá Noel y los Reyes o cómo decidieron que el pazo sería el epicentro de la ludoteca de verano. Dicho y hecho. El programa infantil veraniego funciona en el majestuoso edificio y las centenarias paredes son testigo de los juegos de los críos. Están, sobre todo, en el salón de la parte superior, donde hace unos días preparaban unos gorros con papel de periódico para marcharse luego a una cabaña de troncos y hojas que hicieron cerca del pazo.

Los críos andaban ese día hechos unos «salvajes». Y que nadie se ofenda, que no es que se estuviesen portando mal ni muchísimo menos. Es que el juego que les proponían ese día, que incluía búsquedas de tesoros y aventuras al por mayor, tenía que ver con convertirse en salvajes pintándose la cara con barro y poniéndose hojas aquí y allá por toda decoración. Desde luego, aburrimiento no había. «Aquí nos lo pasamos genial. Mejor que en casa mil veces», gritaba un rapaz desde la cabaña de troncos mientras los monitores insistían en que tocaba esconderse detrás de los árboles para que el resto de los compis les buscasen.

A la ludoteca de Barro no acude una cantidad pequeña de niños. De hecho, el Concello tuvo que estirar como un chicle las plazas para no dejar fuera a ningún niño. Se le dio cabida incluso, aunque cobrándole a los padres un poco más, a pequeños que no están censados en el municipio. En julio se preveía habilitar 50 plazas y al final acudieron 90 pequeños. En agosto el Concello creía que con 40 huecos sería suficiente y finalmente dio cabida a 60 niños.

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