El artista que deja que la marea se lleve sus obras

Está en movimiento perpetuo, compartiendo sus esculturas de arena o nieve con quien se para a mirarlas

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vilagarcía /la voz

Han pasado casi veinte años desde aquel día en el que Roberto Javid decidió echarse al camino y ponerse en movimiento perpetuo. Arrancó su ruta en Tenerife, donde tenía una existencia sedentaria como la de la mayoría, con un trabajo convencional y una buena familia. «Pero un día choqué conmigo mismo». Se dio cuenta de que la vida que llevaba no iba con él. Y por eso se puso en marcha. «Soy un buscador», relata. Un nómada que ha viajado por toda la península, ha dado la vuelta al Mediterráneo, ha cruzado el charco para poner pie en Brasil, y se ha rendido ante la belleza extraña de los paisajes de África. El suyo es un viaje sin fin, que interrumpe periódicamente para hacer arte efímero. Esculturas de arena y nieve que tienen fecha de caducidad, la que marca la marea o el calor. Su última parada artística ha sido en Carril (Vilagarcía de Arousa). El pasado fin de semana, la playa de A Covacha ha sido el lienzo sobre el que ha esculpido un Cristo que ha llamado la atención de quienes circulan por el paseo marítimo de Vilagarcía.

Cuando era pequeño, alguien le dijo a Roberto Javid que no valía «ni para el arte ni para los idiomas». Y cuando él decidió echarse a la carretera, reencontrarse a sí mismo en los caminos, quizás recordó aquella frase. «Tengo la cabeza muy dura. Así que ahora hago escultura -soy autodidacta, todo lo que sé lo he ido aprendiendo poco a poco- y hablo varios idiomas. Algunos perfectamente; con otros me defiendo bastante bien», relata. Esos conocimientos son su patrimonio, el contenido de sus maletas. Con ellos a la espalda recorrerá este verano la costa noroeste de la península. Desde Aveiro hasta las Rías Altas gallegas. Subido en un autobús -le encanta el tren, pero los billetes son demasiado caros para quien vive de la arena- irá buscando sitios en los que instalar sus bártulos y hacer sus creaciones, dando un servicio de arte en la playa que «por aquí no es muy habitual» y que a él le permite «vivir libre». «El arte es muy importante y la gente, la mayoría, no se da cuenta. Para mí es vital, es una manera de relacionarme con el mundo. Mis esculturas tienen mucho que ver conmigo, y los dos juntos nos comunicamos con los demás», cuenta.

Javid, que ha trabajado en grandes playas de grandes ciudades, aspira ahora a rincones más pequeños y tranquilos. «Es otra forma de vida», explica. Le gustan los pueblos marineros, los lugares que tienen alma. «La gente, cuando me ve llegar por primera vez se sorprende, se extraña, incluso se asusta un poco. Pero luego te acepta y te hace sentir como en casa».

En Carril se ha sentido así de bien. Así que este año ha estado en A Covacha en varias ocasiones. «Es una playa que me da paz. Por esta zona también he estado en Silgar. Es una playa estupenda, pero que no transmite lo mismo», relata. Habrá que ver qué sensaciones recoge en los arenales de Baiona y Cangas, en los que también tiene previsto hacer paradas veraniegas. Llegará, instalará sus bártulos, sus herramientas y el sombrero en el que recoge los donativos del público, y escogerá la escultura que creará en cada ocasión. «La arena no es siempre igual... Pero eso está bien, yo me amoldo sin problemas, y en vez de hacerla más vertical, la hago más recostada».

Sus obras, en cuya ejecución no usa bocetos, sino su intuición artística, son efímeras. Él las alumbra con sus manos, les da forma con amorosos gestos y en ocasiones, si el entorno lo exige, duerme junto a ellas para evitar que los vándalos las agredan y las destrocen. Verlas destrozadas por la barbarie humana -o por orden municipal- es algo que a Javid le causa cierto dolor. No ocurre lo mismo cuando es la marea la que deshace su trabajo. Es lo natural. Es lo que tiene que ser. Y además, «si no desapareciesen, no habría sitio para hacer más», decía ayer con una sonrisa.

¿Y no siente Javid la tentación de parar? ¿De establecerse, de terminar su viaje? Lo empezó hace veinte años porque siempre quiso moverse y ver mundo. Y ahora, dice, «no puedo parar». «La comodidad no me ayuda a desarrollarme, por eso tengo que moverme. Pero, todos los días tengo que renovar el voto con esta forma de vivir», reflexiona.

Sabe que allá donde vaya, habrá quien lo mire con suspicacia. «No todo el mundo lo entiende. Pero no me parece mal. Supongo que en otro tiempo yo fui como ellos», razona. Y, pese a todo lo que lleva vivido, a todo el mundo recorrido, se niega a dar lecciones y a emitir juicios. Solo mantiene, firme, un principio: «Todos tenemos mucho que aprender de los demás».

«Empecé porque me gustaba viajar, y ahora no puedo parar», relata este artista nómada

«Me decían que no valía ni para los idiomas ni para el arte, pero tengo la cabeza muy dura»

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El artista que deja que la marea se lleve sus obras