Julio, irreconocible y con «ganas de vivir» tras sentirse muerto en la calle

Una estancia en el hospital le apartó del portal donde dormía. Se ha duchado y ha dormido en cama tras años sin hacerlo

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pontevedra / la voz

Su nombre, Julio Montes Sirvent, quizás le pase desapercibido a muchos. Pero Julio no es ningún anónimo en Pontevedra. Él es uno de esos personajes a pie de calle que hacen que una ciudad jamás sea igual a otra. Julio es ese hombre de rastas y barba larga y amarillenta que había hecho de los bancos o portales de la zona del hospital Provincial su campamento. Ahí estaba él día tras día, año tras año, con su desaliño, su pitillo y sus buenas historias esperando a que saliese el sol para sacudirse el frío de cada noche a la intemperie. Su vida en la calle pontevedresa, que comenzó hace unos siete años tras dar muchas vueltas por el mapa español, francés o portugués a pie y sin rumbo fijo, tuvo un paréntesis hace unos días. Dice Julio que se vio «sin aire, sin vida, muerto en la calle». Y que, llegado a ese punto, él, peleado eternamente con el sistema, decidió subirse a una ambulancia y dejarse hacer en el hospital. Han pasado solo unos días, pero Julio parece haberse quitado años de encima. Uno repara en lo que bien que lo ve, y él tira de la retranca que es marca de su casa: «¿Me ves bien? Es que siempre parecí más joven de lo que soy».

En su habitación hospitalaria, dos macutos dan la bienvenida. En la cama está Julio, irreconocible totalmente. Su barba, sus rastas, sus uñas largas... todo ha pasado a mejor vida. Sin la cara tapada a Julio se le adivina mejor el rostro. Parece cansado. Pero enseguida se repone y cuenta: «Me faltaba la vida en la calle, pero cuando llegué aquí ya todo fue mucho mejor, ya me voy recuperando». Uno le pregunta por la llegada al complejo hospitalario, por la ducha tras años sin probarla.... Y Julio se ríe, y demuestra que los tijeretazos a sus greñas no han matado al bohemio que lleva dentro: «Fue una experiencia bien bonita. La verdad es que sí que llevaba años sin ducharme, ya sabes que yo no soy de albergues ni de esos rollos. Y asearme y eso sí que me hacía mucha falta... me gustó la experiencia», dice. También hacía años, unos siete, que no se metía en una cama. Pero ahí sí que no cree que haya ganado mucho: «No te creas que se está tan bien, acostumbrado a dormir en la piedra casi la prefiero. Ya no sabía lo que era esto y tampoco me gusta mucho la tele, que me la han puesto pero yo apenas la veo», explica.

Lleva ya unos días ingresado y cree que le quedan unos cuantos más. Pero, al más puro estilo Julio, no le agobia el futuro. «Ya se verá qué ocurre conmigo, aunque yo creo que lo de la calle hay que dejarlo. Son sesenta tacos ya y después de este achuchón pues no sé yo», dice él para luego llevar la conversación al pasado.

«Mira que recorría yo sitios»

Presume de memoria y la tiene. Va narrando a retales su vida. Julio es gallego, pero siendo adolescente se marchó a Alemania. Allí trabajó en una imprenta, tuvo mujeres, hijos, divorcios, distintos destinos... y un día acabó en la calle. No se para en detalles. «La vida ya sabes... que da vueltas. Y uno mismo, que muchas veces es el peor enemigo», dice. Se vino a España. Y recorrió muchos lugares. Iba a pie. Quizás porque le viene a la mente que ahora mismo la Ascensión debe estar en marcha en Santiago, habla de su rule por A Coruña: «Entonces yo no paraba, mira que andaba por ahí por los barrios de A Coruña y hacia Miño. No sé cómo estará ahora eso todo, igual está peor que antes», cuenta. Un día decidió quedarse en Pontevedra. E hizo de los bancos y portales próximos al Provincial su barrio, su hogar y su gente. No falta quien le quiera allí. Cuenta que le fueron a ver al hospital varias personas: «Siempre hay quien venga. Y además me trajeron fruta y yogures», explica él.

Dice que se va a recuperar, que tiene «ganas de vivir». Pero ese mismo hombre que nunca le tuvo frío a las noches gélidas a la intemperie parece ahora un niño asustado. «El achuchón fue gordo», repite para el cuello de su camisa. Pero no se concede muchos segundos de lamento. Agarra el oxígeno, sonríe de medio lado y termina con una de las suyas: «Pero seguiremos adelante, aún quedan muchas cosas por hacer. Y quién sabe, igual hasta un día me dan una paga y todo. Tampoco creo yo que fuera a quedarse pobre Pontevedra por darme algo a mí. ¿O qué te parece, se quedará pobre», espeta con su hablar tranquilo y sereno.

No le preocupa demasiado el futuro. Pero cree que «con 60 tacos» debe dejar la calle

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Julio, irreconocible y con «ganas de vivir» tras sentirse muerto en la calle