El hombre al que ninguna orquesta decía que no

En bici y en plena posguerra recorría kilómetros buscando formaciones para que actuasen en Cerponzóns


pontevedra / la voz

Albino Chan anda un poco cabreado. La culpa la tiene un pequeño aparatejo que se quita y pone una y otra vez en el oído para tratar de «escoitar algo». El audífono pita a cada paso y eso a Albino lo pone de bastante mala uva. «¿E que che vou contar, se non oio? Estouche perdido», empieza diciendo desde su casa de A Meán, en la parroquia de Cerponzóns. Así que uno no se atreve a preguntar mucho. Le deja hablar a él. Cuando al fin acomoda el aparato, queda claro que oído es lo único que le falta. Porque de memoria y anécdotas va sobrado. Acaba de soplar las velas de los 89 años y está francamente bien. Aunque, eso sí, rosma cuando se le dice que quizás acabe siendo tan longevo como su madre, que llegó a cumplir los 101. «Non me parece a min que vaia chegar alá, mira que non oio», insiste. Luego, se deja querer. Y de qué manera. Habla y, con su charla, rescata la memoria de los festejos de la parroquia. Resulta que él empezó organizando las celebraciones de Cerponzóns a mediados de los 50. Llevó a su tierra, durante décadas a las mejores formaciones, desde la mítica Poceiro a la Sintonía de Vigo, París de Noia o Manolito el Pescador. Antes de contratarlas, iba a echarles un ojo allí donde tocasen. Y, atención, se plantaba en las verbenas en bicicleta. «Moitos quilómetros fixen», recuerda con sonrisa, dejando atrás el enfado a cuenta de la sordera que tanto le incomoda.

Albino no la recuerda con amargura; no parece él dado al lamento. Pero la suya no debió de ser una infancia fácil. Nació en 1928 y el único recuerdo que tiene de su padre es de ir a verlo al Hospital Provincial -dice que «aquel sitio era moi pobre, con camas todas xuntas, moi triste»- antes de que se muriese. Tenía él seis años cuando lo enterraron y a su madre le quedaban todavía dos hijos más pequeños, de cuatro y dos años, por criar. Así que la cosa no pintaba fácil. Dice Albino que, siendo un niño, con ocho o diez años, trepaba por los árboles con soltura de ardilla para recoger piñas y bajar a Pontevedra a venderlas. Luego, cuando todavía era un mozalbete sin barba, empezó a trabajar de albañil. Construyó casas para guardamarinas en Mollavao y ayudó a levantar el edificio de la plaza de abastos de Pontevedra. También se empleó en la construcción de la N-550. Se marchó a la mili y, cuando volvió, estaban levantando la nave de la Cross. Trabajó primero en ella como albañil y se quedó luego como operario en la fábrica de abonos. No se marchó hasta la jubilación, ya que siguió allí cuando la compró Ceferino Nogueira.

El caso es que, en plena juventud, y quizás después de que ya hubiese encontrado al amor de su vida en un baile en Campañó, a Albino lo convencieron para que empezase a organizar los festejos de Cerponzóns. No hizo falta insistirle mucho, ni a él ni a algunos de los que le ayudaron porque, como él reconoce, «encantábame ir ver as orquestras para saber se eran boas e as podiamos traer ou non».

Empezó ahí su periplo por las fiestas. Llegaba a ellas con la bicicleta y dispuesto a hacer de ojeador de orquestas, para seleccionar las mejores. ¿Y el dinero, cómo lo juntaban? «Ás veces era complicado... temos contratado sen ter nin un só peso. Pero ao final saiamos adiante. Iamos pedir a Pontevedra e a onde fixese falta, a min poucas veces me dicían que non», cuenta. Señala que muchas veces juntaban más fuera que dentro de la parroquia. Organizaron Santa Lucía, San Vicente, San Benito... no había festejo que se les resistiese.

Exigente a más no poder

Dice Albino, y lo dice con tal convicción que uno le cree totalmente, que el único requisito

«é que as festas sempre foran as mellores».

Por Cerponzóns pasaron las formaciones puntera de cada momento. Incluso una orquesta madrileña que estuvo de moda un tiempo y que para Albino fue un fiasco. Tan mal le pareció que sonaba aquello que le pidió a la otra banda que actuaba ese día que les prestase los altavoces. Así de exigente era Albino. Y debe seguir siéndolo, porque no le perdona un pitido al aparato de audición. «

Tenme tolo

», insiste el hombre.

Albino ha cumplido unos cuantos años desde que organizaba las fiestas. Pero es enseñarle un viejo cartel de unas celebraciones de 1968 en honor del Santísimo Sacramento, con Los Chicos del Jazz en el cartel, y que la emoción de aquel chaval que buscaba orquestas en bici brote de nuevo en su cara: «Éranche bos estes Chicos do Jazz, que ben soaban», recuerda. Antes de decirle adiós, uno le emplaza a repetir la entrevista cuando cumpla los cien. Albino frunce el entrecejo. Y dice: «Non creo que chegue». Uno, entonces, le dice que mejor en el noventa cumpleaños. Y Albino, remacha: «Iso está mellor, así xa nos entendemos».

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