Muerto, enfriado y vuelto a la vida

Tras 45 minutos de reanimación cardíaca y seis descargas con desfibrilador, Manuel Doval fue dado por fallecido. Luego llegó el coma y una recuperación milagrosa

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Muerto, enfriado y vuelto a la vida Tras 45 minutos de reanimación cardíaca y seis descargas con desfibrilador, Manuel Doval fue dado por fallecido. Luego llegó el coma y una recuperación milagrosa.

pontevedra / la voz

Ninguna mujer, ninguna, está tan feliz como Maricarmen Domínguez de oír los ronquidos de su marido. «Si es que continuamos casados, porque esto es hasta que la muerte nos separe», dice Manuel Doval, su esposo, que murió el pasado 21 de octubre, a los 52 años. Ahora, resucitado, bromeando sobre su estado civil, lo cuenta como si tal cosa.

Efectivamente, Manuel murió, de madrugada, en Pontevedra, hace poco más de cinco meses y medio. Un infarto fulminante con un trombo traicionero le sorprendió al levantarse, sobre las seis de la mañana. Diez minutos de reanimación a manos de su mujer y su hija instruidas al otro lado del teléfono, treinta y cinco minutos más a manos de los sanitarios, tres descargas de desfibrilación reglamentarias durante la maniobra y otras más, extras, hasta un total de seis. Después, murió. Y resucitó con un ronquido.

«Solo queda esperar al último suspiro y llamar a la funeraria». «¿Quieres autopsia?», le preguntaron poco antes los sanitarios a Maricarmen, todavía en casa, con Manuel sobre la cama. «Ya está, esto es todo», recuerda ella que pensó. También, quizá, en cómo se conocieron en México, donde se casaron hace 24 años, en cuando iba a verle a los partidos de fútbol mientras el fue jugador allí, en el día que nació su hija, o en las veces que trataron de volver para quedarse y regresaron a México de nuevo.

Un bache en la memoria

Dicen que toda la vida de una persona cercana se te pasa por delante cuando muere. También cuentan que cuando uno se va ve una luz blanca, el túnel final. Pero eso no le pasó a Manuel. En su lugar, llegó ese leve ronquido, la conexión apresurada con los aparatos para comprobar el milagro, la recuperación de un débil hilo de vida, y el camino aún más increíble hasta su completa resurrección, un mes y 18 días después.

«Lo primero que vi es que estaba amarrado», recuerda Manuel Doval como primera imagen tras 18 días en coma, con once vías conectadas a su cuerpo, por momentos con la cabeza enfriada con hielo para evitar un daño que ya muchos médicos daban por irreversible. Amarrado, porque cada vez que le habían tratado de despertar del coma inducido, convulsionaba.

«No, no vi la luz, pero sí a todo el mundo con la cara de porcelana. Todos menos mi mujer y mi hija, que la tenían normal». Y un cocodrilo que se echaba a él. Con esas visiones y atado, llegó a pensar que lo habían secuestrado. Tardó cuatro días en volver a aprender a caminar.

Ahora anda dos horas al día. Una por la mañana y otra por la tarde. Se fatiga, claro. Le ha quedado un 35 % del corazón útil y toma para animarlo trece medicamentos al día. Pero ha podido volver a hacer el camino del día anterior al infarto, del que no recuerda nada. Mantiene intacto el resto de su memoria. Todos los datos con los que sustenta la tesis del Colón gallego, que ha llevado a un libro, siguen ahí. «Podría haber dicho que se me apareció Colón. Y que era gallego», ríe ahora. Pero no: ni Colón con acento de Poio ni túnel con luz blanca.

Iba la víspera de su muerte precisamente a supervisar el reparto de una de sus obras por las librerías de Pontevedra. «Es increíble, no recuerdo nada de ese día, pero sí puedo dar una conferencia sobre Colón con todos los datos, las fechas...». A cambio, llevar una sola bolsa con solo dos latas de refresco le fatiga.

El pasado 6 de marzo cumplió 53 años. El próximo 21 de octubre asume que cumplirá el número uno de su nueva vida. En esta ya no le importan las grandes cosas. Disfruta de las pequeñas. Y Maricarmen, por las noches, afina su oído para disipar temores al comprobar cómo respira. Antes roncaba, ahora ya no.

«No vi la luz, pero sí a todo el mundo con la cara de porcelana. Todos menos mi mujer y mi hija»

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