El «hada madrina» que pone magia en los libros

Carmen Fernández-Valdés es desde hace 33 la bibliotecaria de la UNED a la que adoran sus usuarios

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pontevedra / la voz

«Esto me gusta, los libros. No sé como decirte... los libros son bonitos, especiales, cada uno es distinto». Llama la atención que un reportaje sobre bibliotecas acabe en Carmen Fernández-Valdés. Sus ojos azul claro y su sonrisa perenne se han convertido en los últimos 33 años en el faro de muchos de los cerca de cinco mil usuarios que cada año pasan por la biblioteca de la UNED. Ella dice que no se ajusta al tópico de la mujer poco sociable y encerrada entre volúmenes, y un paseo por las luminosas instalaciones del centro asociado de la universidad a distancia lo acreditan. Casi todos los estudiantes habituales la mencionan entre las grandes ventajas que les llevan a elegir esa sala de lectura entre todas las públicas que hay en la ciudad. ¿Qué la hace prácticamente imprescindible entre las estanterías del edificio de Monte Porreiro?

Carmen asegura que es porque ayuda a la gente a encontrar lo que busca. Lleva más de tres décadas colocando ella misma esos libros en sus respectivos lugares, y es capaz de localizarlos en cuestión de segundos aunque no sepa exactamente cuáles son. No lo necesita. Le sobran recursos. «Eso es lo bonito, que llevo 33 años pero es que me sigue gustando venir a trabajar. Si te gusta algo es que te gusta». Su parte de la jornada laboral favorita da muchas pistas sobre su carácter, alegre a pesar de su timidez: «Toda -confiesa-, porque cuando te cansas de una pasas a otra. Por ejemplo, lo más divertido es catalogar, coger el libro cuando llega e intentar dar con la materia que tiene, y saber ponerlo lo más afín y lo más acertadamente posible en el sitio, que en el catálogo lo localicen bien. Todas esas cosas son muy entretenidas. A mí me gusta el mundo de la biblioteca; ahora, a lo mejor hay gente que le parece aburridísimo».

Su risa es sincera, juvenil, y ella también, aunque ya cumplió los 65. Todavía no ha pensado mucho qué es lo que va a hacer cuando, dentro de ya casi unos meses pueda empezar a disfrutar de su merecida jubilación. Le va a dar pena dejar la biblioteca de la UNED, pero sabe que hay demasiadas cosas ahí fuera como para perdérselas. «Quiero pasear, ir al cine... todas las cosas que no se pueden hacer cuando sales, como yo, a las nueve de la noche de trabajar», reconoce.

Y eso que ella iba para Químicas, «aquí donde me ves». Se fue a Madrid, admite abiertamente, porque allí estaban todos sus hermanos. «Éramos ocho, y mi padre decidió que le salía más barato que tenerlos en una residencia tenerlos en un piso. Entonces a todo el que quería estudiar lo iba mandando a Madrid, y la única manera de poder ir a Madrid para mí era decir que me quería matricular en Políticas», recuerda. Le podría haber pasado a cualquiera. Lo que sí es menos frecuente es esa capacidad de ilusionarse con todo lo que hace y ponerme alma que tiene esta «joven» sexagenaria.

«Me matriculé en Políticas y me gustó porque era una carrera muy bonita, ya que estudiabas Historia, Geografía, Derecho, Sociología, Filosofía... de todo un poco. Era muy interesante porque abarcaba todo lo que quisieras. A mí me encantó de aquella. Me gustó tanto que me quedé haciendo Políticas», recuerda. Le puso tanta ilusión -la cantidad exacta que se necesita para estudiar una profesión a la que quieres dedicar, aproximadamente, un tercio de la vida desde ese momento en adelante-, que se olvidó de lo que se debe olvidar todo estudiante a la hora de elegir carrera: «No piensas que cuando terminas tienes que trabajar», así que cuando se graduó se dio cuenta de que, con las pocas salidas laborales que tenía la rama de Estudios Internacionales de Ciencias Políticas, no tenía muy claro qué iba a hacer.

Fue una prima la que le habló de los estudios que organizaba la Escuela de Documentación de la Biblioteca Nacional. En aquel momento no existía como carrera, y los cursos duraban unos dos años. Del primero salían con conocimientos para trabajar en librerías, por ejemplo, y en el segundo las prácticas les habilitaban para las labores propias de un bibliotecario. Se enamoró en el acto: «Fue una cosa que a mí me alucinó, como que vi otro mundo. A mí aquello me encantó», dice, con la voz cargada de una mezcla de melancolía e ilusión.

Fernández-Valdés tiene tan claro que lo suyo son los libros como de qué habría sido de Carmen sin ellos: «Sería una funcionaria amargada», ríe, «porque yo lo que pensaba era hacer unas oposiciones». Ella está convencida de que no valdría para ello -«lo de hablar en público a mí se me daba muy mal, y eso de tener que dar lecciones tan alto en público. Iba a la academia y cuando me tocaba a mí exponer el tema me decían ‘a ver, estudie’, y yo decía ‘si es que yo me lo sé, pero no soy capaz de exponer el tema’. Todo era así»-, pero a uno le entran dudas. Alguien capaz de encontrar magia entre las páginas de miles de historias, ecuaciones y conocimientos; en el arte de la documentación; y en las políticas, debe ser que lleva algo consigo siempre.

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