El cura al que Dios llegó en forma de escalofrío

Era profesor; pero escuchando a Juan Pablo II, casi por casualidad, su vida cambió para siempre


pontevedra / la voz

«Yo no quería ser cura. Pero Dios sí quería que yo fuese cura. Dios me cambió la vida y soy muy feliz. Dios quiere que todos seamos felices». Así, con esta frase, arranca la conversación con Javier Porro, uno de los párrocos de la iglesia pontevedresa Santa María la Mayor. Con semejantes palabras, con ese discurso que parece casi ensayado, podría pensarse que la entrevista fue planificada. Pero nada más lejos de la realidad. Se le espera delante de un despacho ciertamente desordenado, donde en las estanterías lo mismo hay una caja blanca que pone «batería del anda de la Virgen» que libros o muñecos de peluche por doquier. Y aparece él, alto, fuerte y con rictus serio. Impone en la primera mirada. Pero todo cambia al instante. Ni siquiera hace falta dirigirse a él. «¿Preguntas por mí?», dice con sonrisa. «¿Una entrevista? Pasa, pasa... Sin problema», añade. Nos sentamos. Pide ser tuteado. Y, a los pocos segundos, abre en canal su vida, sus sentimientos y su historia. Lo hace con palabras tan cálidas y tan emotivas que el hombre grande que es acaba pareciendo pequeño; casi, casi un niño ilusionado e elocuente.

Viajamos primero a su pasado. Es de Ferrol. Coincidimos ambos en señalar que la tierra que le vio nacer «es un sitio diferente». Viaja luego con la mente hasta Santiago, a su vida de estudiante de Geografía e Historia. Fue ahí cuando se enamoró del arte, sobre todo del contemporáneo. «Era fiel a Arco, en Madrid. También me interesaba el románico, por supuesto... Fíjate que las primeras veces que hice el Camino de Santiago fue por intereses artísticos». Tras la carrera, se convirtió en profesor del colegio Peleteiro. «A finales de los ochenta tenía una novia, un coche pagado y una nómina.... Parecía que lo tenía todo». Parecía, dice él. Y dice bien. Porque en realidad algo le debía faltar. Lo descubrió un día en el Monte do Gozo. Dice que fue casi una casualidad que él acabase allí, rodeado de amigos, presenciando el Encuentro Mundial con la Juventud al que asistió el Papa Juan Pablo II. «De repente, estaba escuchando al Papa, que dijo algo así como que si alguien sentía que Dios le llamaba que lo siguiera... Y yo sentí un escalofrío, un escalofrío tremendo. Y no sé como explicarlo pero me vi a mí mismo de cura, de cura de aldea», señala.

Vinieron luego dos años de replantearse la vida; de decidirse; de que sus amigos hiciesen apuestas de cuanto duraría esa aventura suya de ser cura; de las explicaciones a su pareja... Y, al final, el seminario. Dice que le espantó. «No entendía que algo tan vivo como el Evangelio se explicase con formas tan antiguas, tan anquilosadas», dice. Pero, pese a ello, también descubrió algo que le fascinó: «Ver a gente tan entregada, rodearte de personas con una riqueza espiritual tan grande es algo increíble».

Y llegó su primer destino. Le pidió al Arzobispo que le mandase acompañado, dice que temía volverse loco viviendo solo. Acabó marchándose con un compañero a la Costa da Morte. «Fue fascinante», señala. Recuerda algo con especial emoción: «Nos dimos cuenta de que las mujeres salín muy poco de casa, de que no había cosas para ellas. Empezamos a hacer actividades. Montamos unas clases de cocina, siempre ligadas al tema espiritual también, y se nos apuntaron ochenta señoras».

Luego tuvo un cargo relacionado con la juventud en Santiago. Allí, en una entrevista en este periódico que le hicieron bastantes años antes de que el Papa Francisco dijese cosas impensables en la Iglesia, él ya daba muestras de irreverencia: «La mala imagen que tienen los jóvenes de la Iglesia suele ser culpa de la propia institución», decía entonces.

Quizás lo siga pensando. O no. Lo que tiene claro es que quedan cosas por hacer, como acercar el arte contemporáneo a la Iglesia. O crear puentes de diálogo con las familias -organiza, por ejemplo, «quedadas de padres» para hablar de las relaciones humanas-. También, que los curas hablen y se interesen por las cosas públicas. A él, que se define como «anticapitalista radical» y le da sarpullido que llegado diciembre haya miles de trabajadores sin domingos libres por la fiebre consumista o que los bancos campen a sus anchas, le parece que el capitalismo exagerado es «peor que el marxismo». También cree que la Iglesia, como todos, necesita escuchar. Quizás por eso plantó en la basílica una mesa camilla donde escucha a quien lo pida. Se denomina Isla de la Misericordia. Misericordia, que es como llama el diccionario a la virtud de compadecerse de los sufrimientos ajenos. Escuchando a este escuchador, da la sensación de que esa palabra, en realidad, también lo define a él.

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