Un bedel empeñado en hacer felices a los demás

Trabaja en la Diputación. Y su extraordinaria amabilidad, que le sale de dentro, no pasa desapercibida

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pontevedra / la voz

Damián Pereira Vilas, aunque quizás se enfade al leerlo, anda un poco equivocado en cuanto a sí mismo. Porque uno acude a hablar con él y lo primero que dice es que es «un chico vulgar». Por si uno no le entiende, él insiste: «Es un honor que me quieras hacer una entrevista siendo yo tan del montón». Se necesitan pocos minutos para desmontar esa teoría suya. Está él en el edificio administrativo de color ladrillo de la Diputación, en un puesto de ordenanza al que accedió mediante una bolsa de empleo y del que cuenta maravillas. Y solo se necesita observar para darse cuenta de que es verdad al 100 % la fama que se ganó entre el personal de ser un conserje extraordinariamente amable; la felicidad laboral hecha persona. Entra por la puerta un operario. Damián le saluda desde el mostrador: «Bos días Paulino, ti xa sabes que es dos mellores que hai aquí», le dice. Entra otra mujer hacia una oficina: «Hola Isabel, guapa ¿cómo va todo?». Y así con todos los que entran o salen. A todos les llama por el nombre; a todos les dice algo especial en medio del trajín del trabajo. Parece que celebra ver a cada uno de ellos día tras día. ¿Cómo logra estar tan feliz? Dice que es solo «agradecimiento a la vida».

Para entender ese agradecimiento del que habla nada mejor que rebuscar en su historia. Es de Vigo, forofo del Celta, como no podía ser de otra manera. Cuando era pequeño las cosas no debieron ser demasiado fáciles para él. Prefiere no ahondar demasiado. Pero la palabra bulling se acaba colando entre lo que dice. Sin embargo, en su afán por poner blanco sobre negro, señala: «Digamos que siempre fue diferente. Tengo una discapacidad del 40 %. Tengo también síndrome de Asperger y tengo algunas ausencias. Vamos, que nunca me sentí un niño normal, siempre fue especial. Y eso a veces te hace ser débil también. Pero bueno... No pasa nada, todo se supera. A veces te acuerdas, como cuando el otro día fui a ver la película de Un monstruo viene a verme, ya que me sentí reflejado en algunas cosas». Dice que tardó en encontrar su sitio, su lugar en el mundo. Pero, afortunadamente, apareció.

Estaba, cuenta él con la cara de ilusión jamás vista, «en la fundación Integra», en Vigo. Conocer esta entidad le cambió la vida. Dice que es su segunda familia y casi, casi... su segunda piel. Ahí hizo amigos, se formó, estudió y estudia -ayer mismo le tocaba clase de «laboral», como él explicaba- y, sobre todo, se llenó de ilusiones. Ahora tiene 25 años. Y cuenta con distintas experiencias laborales. Estuvo en un bufete de abogados, contratado en la Universidade de Vigo y, ahora mismo, en la Diputación. Dice que, hoy por hoy, subiéndose al bus todos los días en Vigo, bajándose en Pontevedra y haciendo sus quehaceres en el organismo provincial «no puede ser más feliz». Así que quiere contagiar su estado a los demás. «Cuando tú tratas bien a todos ellos también te tratan genial. Aquí todo el mundo me aprecia y me valora, yo lo único que hago es responder de la misma manera. Dicen que estoy siempre de buen humor... ¿Cómo no voy a estar? Siempre hay motivos para estar bien.... Es fácil estar contento», enfatiza Damián. Eso sí, advierte: «Lo único que me agobia es cuando no tengo suficiente trabajo. A mí me gusta tener muchas cosas que hacer», dice.

Sobre su mesa de trabajo hay un libro. Concretamente, está El cuaderno de Maya, de Isabel Allende. Y no es casualidad. Lo ha leído todo de la autora chilena. En realidad, lo ha leído todo de muchos escritores. Porque es un devorador de libros. «Desde agosto pasado hasta ahora, en poco más de un año, llevo unos 43 libros. Me encanta la lectura», dice. También le apasionan los idiomas. Tiene una memoria prodigiosa que, además de permitirle conocer el nombre de las decenas de personas que hay en los despachos de la Diputación, le viene genial para memorizar vocabulario en inglés, francés o alemán. «Hasta chapurreo algo de italiano. Estuve allí y vi que algo sabía decir», señala.

Los sueños por cumplir

Habla de Italia como de un sueño confeccionado con lugares bonitos. Y, de repente, empieza a hablar de otros sueños, de los que todavía le quedan por cumplir a sus 25 años. Ahí, sus palabras, hasta ahora expeditivas, veloces y contundentes se vuelven lentas, sentidas, llenas de emoción. Cuenta él que tiene pareja, Estela, y que ella es «la mejor persona del mundo. Hasta sus defectos reafirman sus virtudes». La chica debe sentir algo parecido. Porque a nada que uno bucee en el perfil de Facebook de Damián encuentra dedicatorias de Estela que hablan de él como del «mejor novio del mundo». El sueño de él es irse a vivir con ella, independizarse juntos. Uno lo escucha hablar con emoción y piensa que la frase hecha no miente. Sí, ese dicho que señala que, si uno llora, las lágrimas no le dejan ver las estrellas. Si uno ríe, como Adrián, acaba encontrando esa estrella. Sí, estrella, que como él llama a su Estela.

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