El diploma paralímpico que César Neira se negó a sacar del sobre

El ciclista, que viajará el lunes a Rio, es la última esperanza del Súper Froiz de demostrar su nivel esta temporada


Pontevedra / La Voz

Le llegó por correo, pero estaba tan decepcionado con su resultado que ni siquiera lo abrió. César Neira había ido a Londres para volver con, al menos una medalla. En Pekín lo había logrado, no solo una, sino dos: oro y bronce, para no dejar lugar a dudas. Pero no estaba acostumbrado a perder: «Me creía invencible, pero era igual que todos, o peor. Era el mismo ciclista o tontillo que podría ir el último del pelotón», asegura. Lo hace desde las instalaciones en las que está concentrada la selección nacional de ciclismo adaptado, en Mallorca. Están allí porque las condiciones climatológicas -sobre todo, la humedad- son similares a las que se van a encontrar en Río de Janeiro. Y lo hace, además, a apenas cinco días de tomar un avión rumbo a la capital brasileña.

Allí se convertirá en la última esperanza del Ciclismo Súper Froiz para demostrar el poderío de un equipo al que Neira soñaba con pertenecer desde hacía muchos años. «Todo el mundo quiere entrar en el Súper Froiz, quien no lo hace es porque... no puede», reconoce, y a continuación comienza una lista de halagos para el club que, no solo le ayudó a auparse hasta donde está ahora, sino del que habla con un orgullo indisimulado.

Es el de alguien que siempre observó el ciclismo como un deporte platónico, al que podía dedicar todo su tiempo de ocio, pero no el de trabajo. Hasta que ejerciendo su profesión, en el 2003, en una cantera de Cadalso de los Vidrios en Madrid, de donde es natural -aunque sus padres son gallegos, de Baralla-, explotó un calderín de aire comprimido que estaba manipulando en ese momento. Lo lanzó al vacío desde una altura de siete metros. Al caer se encontró con un brazo, una pierna y las costillas rotas. Se le dañaron el bazo, los pulmones y el parietal, provocándole una leve parálisis cerebral.

A Grecia por televisión

Fue el ciclismo el que lo salvó. Practicaba con frecuencia el BTT, y en él se refugió para hacer más llevadera la rehabilitación. Al principio corría por su cuenta. Había pertenecido a tres clubes distintos como aficionado, y poco a poco fue cogiendo más velocidad. En año y medio se había convertido en campeón de España. Y, de repente, un día, viendo los Juegos Olímpicos de Grecia, se dio cuenta de que él también podría estar allí.

Desde entonces se ha convertido en campeón de España, de Europa, del mundo, y oro y bronce en Pekín. De ahí esa sensación de intangibilidad. Y ese diploma remitido hace cuatro años desde la capital británica que todavía le duele recordar. «Es una anécdota. Ni siquiera lo he abierto, no sé ni cómo es», confiesa. «Iba a ganar y me llevé un batacazo que no veas. Cuando vas con tantas ansias, el golpe es mayor». Lanza las frases como si fueran lecciones que uno que se da cuenta de que las ha aprendido en el momento de reconocerlas: «Ganar lo sabe hacer todo el mundo, pero conocer la derrota, no. En ese momento fue en el que supe lo que era el deporte», confiesa el madrileño.

Sin José Enrique

Por eso estos Juegos son especiales para Neira. Marchará camino de Rio con las expectativas intactas, pero con capacidad para asimilar la realidad. «Ahora tengo mucha más experiencia con las derrotas grandes que he tenido, que son las que te hacen saber estar y ser persona en el ciclismo y en la vida». Esa es, al menos, la lección que intenta inculcar diariamente a sus dos hijos.

A ellos los va a echar de menos, pero la ausencia de José Enrique Porto se va a hacer, si cabe, casi tan dura. Su compañero de equipo y de selección no estará a su lado en Río porque su compañero de tándem, el medallista olímpico José Antonio Escuredo fue atropellado supuestamente de forma intencionada el pasado mayo por un taxi cuyo conductor fue detenido y puesto en libertad.

«Hemos sido el mejor equipo de España cuatro años seguidos y hemos tenido a los mejores corredores. No nos vamos a quejar ni nos vamos a poner a llorar». Solo queda, dice, esperar que la racha que está atravesando el Súper Froiz sea solo eso: un momento de mala suerte.

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