Celestino y Ramón Pintos, empapados de la cultura albariñense desde la cuna

En la bodega, en el bar y en la fiesta. La saga Pintos sigue al pie del cañón, aunque Casa Germán tiene los días contados


cambados / la voz

«Bardem me pidió que no cambiase nunca el bar. Que lugares como este ya no quedan y que cuando volviera a Cambados quería encontrarlo igual». Habla Pepita, la mujer que durante años estuvo tras la barra de Casa Germán (Cambados), inaugurada por su suegro el 18 de julio de 1928. La solera del local está a la vista, y no solo porque hay un rótulo que ilustra sobre la fecha de su fundación. En 88 años alguna reforma se hizo, pero el mostrador todavía conserva el mármol original, ya sin brillo, pulido con esa pátina añeja que dejan tantas tazas, tantas copas, tantas botellas...

Casa Germán es mucho más que una taberna. Es testigo y protagonista de la historia de Cambados y de la evolución que ha experimentado el albariño. «Fuimos los primeros en vender albariño en copa», afirman. Cuando hace tres décadas unos visionarios decidieron poner en marcha la denominación de origen Rías Baixas, Ramón Pintos, Moncho, ya llevaba muchos años cosechando el oro de O Salnés en las cepas que fueron de su padre, en Ouso da Torre. «Nació entre barriles», dice su mujer, y a sus 85 años sigue sulfatando las parras, aunque ahora las riendas del negocio las lleva su hijo Celestino, que prefirió la cultura del vino a los latinajos de la Filología.

El tinto de Germán se bebió en aquella cena de agosto de 1953 en la huerta de Botana (Cambados), preludio de la que iba a acabar siendo la afamada Festa do Albariño. Alrededor de la mesa estaban, entre otros, Joaquín Gil Armada, Ramón Cabanillas y Plácido Castro. Sus caldos también fueron paladeados por el general Charles de Gaulle, que en los años setenta visitó Cambados y fue investido cabaleiro del Capítulo Serenísimo do Albariño. No son los únicos nombres ilustres ligados a los vinos de Pintos. Algún famoso, como el actor Javier Bardem, también los ha probado, pero en la casa son discretos y prefieren callar las interioridades del negocio.

Los tiempos han cambiado, y la forma de producir el albariño y de venderlo, también. Hace medio siglo apenas se embotellaba y pedir una Coca Cola en una taberna de pueblo era casi una excentricidad. «Antes la gente venía a tomarse los chiquitos, ahora ya no es así». Ya no hay que quedarse hasta la madrugada sirviendo copas y empanadillas de Pepita, pero el vetusto local de la rúa Hospital conserva un público fiel en el aperitivo y a la hora de la partida, con el café.

No será por mucho tiempo. Tino Pintos confiesa que Casa Germán tiene los días contados, no dice cuántos, pero poco tiempo, asiente con la cabeza. Es el legado de sus padres pero no es lo que más le atrae a estas alturas. Lo suyo es producir y catar, que para algo es miembro del comité de cata del Consello Regulador Rías Baixas. Hasta que ese día llegue, el bar seguirá agrandando su leyenda y su albariño seguirá presente en la fiesta que arranca el miércoles.

Moncho y Tino Pintos ya no recuerdan la primera vez que acudieron a esta cita pero lo que sí constatan es que son de los pioneros. Son parte de la historia de la Festa do Albariño, y no solo por estar, sino también por los éxitos alcanzados. Su Rías Baixas ganó en 1980 el oro del concurso de Cambados, que pasa por ser el premio más prestigioso en esta variedad, y en su haber tienen también dos platas, a las que ya no son capaces de ponerles fecha de memoria. En los últimos tiempos no participan en el concurso por ser Celestino miembro del comité de cata del consello regulador. A los premios suman varias distinciones del Capítulo, que estrechan aún más los lazos de la saga Pintos con el universo albariñense. Ramón tiene en su haber la capa y la medalla que recibió de manos de Fraga y que lo acreditan como cabaleiro do Albariño y su hijo fue nombrado Xoven Albariñense y tiene una Folla de Prata en su currículo.

 

La Festa do Albariño de Cambados ya tenía fama y recorrido antes de que el vino se transformarse en Rías Baixas y se convirtiera en una de las principales industrias de O Salnés. Pero ha sido parejo a este fenómeno cuando la fiesta alcanzó sus mayores cotas de popularidad e impacto económico. Cada agosto, Cambados recibe a miles de personas que la visitan al reclamo del vino, sí, pero también de los conciertos, de las atracciones, de los reencuentros familiares que se producen en esta época vacacional y del botellón. La cuenta atrás ha empezado. El miércoles se inaugura la 64 edición con la apertura de los puestos de degustación en A Calzada. A partir de ese momento no habrá tregua hasta el domingo.

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