Un remanso de paz rodeado de verde y agua

Rodrigo Rey, propietario de Torre do Río, cuenta los secretos del hotel rural y sus proyectos de futuro


caldas de reis / la voz

Recibe una lareira bajo un cubierto. El sonido del agua y de los pájaros es lo único que se escucha en Torre do Río. Un hotel rural ubicado en el lugar de A Baxe, en el municipio de Caldas de Reis, que abrió sus puertas hace casi nueve veranos. El propietario de este remanso de paz, Rodrigo Rey Froján (Caldas de Reis, 1959), comenta que muchas cosas han cambiado desde que el negocio echó a andar «a correr» en el verano del 2007 para aprovechar aquella campaña estival.

«Se han acometido muchas mejoras en los jardines y también en el interior, además de la construcción de la piscina con agua dulce sin tratar porque no podemos tratarla», apunta este empresario que junto a su mujer, Begoña Quivén Búa, idearon y diseñaron un proyecto cargado de historia pero también de vida. Torre do Río se levantó al lado de las ruinas de La Minerva o La Concepción, una fábrica de papel continuo que en 1899 dio paso a otra de hilados y tejidos de algodón. «Cuando compramos esto solo había ruinas y maleza, y un camelio que murió», recuerda en una conversación que transcurre en una de las mesas exteriores. Aunque se le pregunta, el dueño no desvela el precio de aquella operación que se cerró varios años antes de la crisis. «No me gusta hacer públicas esas cosas, me parece de mal gusto. Cuando lo compramos llevaba mucho tiempo a la venta, eso sí», admite entre risas.

Rodrigo Rey, que trabajó como empleado de banca, adelanta que tiene previsto ampliar el alojamiento hotelero sobre esas ruinas de las antiguas fábricas. Confía en que en un año y medio puedan arrancar las obras. Torre do Río incrementará su oferta con un restaurante y más habitaciones.

Aunque está escondido en una lengua de tierra rodeada por el río Umia casi por completo, el complejo llama la atención del visitante. Tanto que ahora ya no tiene las puertas abiertas. «Tuvimos que cerrarlas porque esto era una romería», dice Rodrigo. Y convertirse en una romería es justo lo que no quieren sus propietarios. Tranquilidad, contacto con la naturaleza, comodidad y cuidado en las pequeñas cosas es lo que vende y quiere vender Torre do Río.

¿Y cómo recuerda el proceso de rehabilitación y acondicionamiento del entorno? «Con mucha ilusión, ganas y satisfacciones, que nos dio y nos sigue dando». Claro que hubo problemas y dificultades, pero Rodrigo y su mujer son de esas personas que prefieren quedarse con lo bueno y olvidar lo malo. «Hoy todos esos problemas y dificultades son anécdotas», remacha.

Estaciones

Torre do Río tiene 10.000 metros cuadrados de finca rodeados de agua. En verano el mantenimiento de los jardines se hace dos días a la semana. El hotel abre los 365 días del año. Cuenta con diez habitaciones y ofrece desayunos y cenas. También se alquila un apartamento completo. Ahora el río que rodea la finca baja limpio y bastante tranquilo. «Cada estación tiene su encanto aquí. A mí me gusta mucho la primavera y el otoño, y en invierno es un espectáculo», cuenta Rodrigo, que recuerda los años en que el cauce estaba verde debido a la proliferación del alga Microcystis. El tratamiento con corteza de eucalipto y la eliminación de vertidos aguas arriba mejoraron la situación.

En cuanto a los clientes, un porcentaje alto son extranjeros, sobre todo, ingleses y alemanes. También turistas nacionales. «Gallegos pocos, solo en invierno», matiza Rodrigo. También son muchos los peregrinos que se alojan en Torre do Río buscando un descanso cómodo entre etapa y etapa del Camino. ¿Se quejan de algo? «La verdad es que tenemos unos clientes muy generosos. Lo que más les gusta es el entorno, el estar rodeados de verde, el río y el cuidado de los jardines, además de la propia orografía de la finca con zonas altas y bajas, con miradores y rincones íntimos y tranquilos». Y es que el tiempo y las prisas parece que no existen en este paraje digno de conocer.

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