Estos son los verdaderos señores del bosque

Los comuneros sudan tinta china sin retribuciones económicas para explotar y cuidar los montes

La comunidad a la que pertenecen Julián y Luis gestiona 600 hectáreas; en el Xiabre solo Saiar tiene más terreno a su cargo.
La comunidad a la que pertenecen Julián y Luis gestiona 600 hectáreas; en el Xiabre solo Saiar tiene más terreno a su cargo.

vilagarcía / la voz

No siempre resulta fácil comprender, desde una cómoda posición de urbanita dominguero, que la gestión de los montes entraña un esfuerzo que a menudo se rodea de tintes épicos. Cuando uno calza sus botas y se lanza, un sábado cualquiera, de buena mañana, a recorrer pistas y caminos no suele reflexionar sobre lo que cuesta mantener el bosque ordenado, cuidado y razonablemente explotado. Sin embargo, hay gente que dedica a esto su tiempo libre. Y lo hace, además, sin cobrar un euro por ello. Julián Abuín y Luis Piñeiro son el presidente y el tesorero, respectivamente, de la comunidad de montes de San Pedro de Cea, en Vilagarcía. Bajo su responsabilidad se encuentra una superficie de 600 hectáreas. En el entorno del Xiabre solo los comuneros de Saiar, en Caldas de Reis, tienen más terreno a su cargo, unas 700 hectáreas. Pronto, en agosto, se cumplirán diez años desde que el fuego se lo llevó todo por delante. «Quedou o monte completamente destruído -rememora Julián, cuya cabeza es un auténtico mapa forestal- só agora empezamos a recuperarnos».

La entidad, constituida como tal en 1991, tiene medio millar de socios. El mero hecho de ser vecino de la parroquia confiere el derecho a ser comunero, pero es necesario algo más: «Quen queira ser comuneiro ten que solicitalo e a asemblea xeral ten que aprobalo, porque non todo o mundo vale», subraya Luis.

«O eucalipto chegou despois»

Ha transcurrido el tiempo necesario, desde aquella nefasta semana de agosto del 2006, como para que comiencen a despertar, aquí sí, los brotes verdes. La principal riqueza de la comunidad, la fuente central de sus ingresos, es la madera de pino. «Aquí houbo dúas replantacións, en 1945 e 1955, con piñeiros, o eucalipto chegou despois», recuerda Julián. Al igual que las acacias. A alguien se le ocurrió plantarlas en los regueros, pensando que tendrían un cierto desarrollo comercial. No fue así. «Non hai quen acabe con elas, son unha praga», lamenta Luis. Más resistentes aun que los eucaliptos, de vertiginoso crecimiento, amigos del fuego.

Aquellos eran los tiempos del organismo Patrimonio Forestal, primero, y del instituto Icona, a continuación, pues el régimen franquista apartó a las comunidades para poner la titularidad de los montes en manos del Estado. «Daquela non había realmente explotación forestal, todo o que se facía era aproveitamento para o agro». El alquiler de algún tipo de terrenos ofrece a los comuneros una segunda fuente de ingresos. Es el caso de las areneras o, en el caso de Cea, de los molinos generadores de energía eléctrica, cuya presencia se traduce en unos 35.000 euros anuales. Hay, también, un margen para el trabajo ecológico. Algunas hectáreas de castaños, de árboles de fruto. La última apuesta, un vivero de cerezos que ocupa alrededor de media hectárea.

Todo del monte y para el monte

Pese a este tipo de ingresos -las expropiaciones para la apertura de carreteras y otro tipo de infraestructuras también dejan su dinero- la actividad nuclear de la comunidad, la que le da su sentido, es la típicamente forestal. Para la entidad que preside Julián Abuín trabajan dos obreros, todo el año, cuyas nóminas pagan las cuentas de San Pedro.

Su equipamiento consta de un tractor, un todoterreno, dos desbrozadoras de arrastre y una lateral, varias desbrozadoras manuales, una motobomba, una cisterna y un remolque con grúa que se guardan en dos naves construidas en Castroagudín, camino del embalse. El dinero que genera el monte es también para el monte. «Tamén pagamos algunhas obras civís na parroquia, anchear algunha ruela ou algún camiño, por exemplo, pero iso sempre é secundario, o principal destínase sempre ao monte», explica Luis Piñeiro, el tesorero.

La Xunta establece dos tipos de subvenciones, para la prevención de incendios y las actividades silvícolas. La comunidad debe adelantar los pagos y esperar por las ayudas, que nunca alcanzan el cien por ciento de la inversión.

El terreno de «pan para o ano»

Aunque el primer enemigo del comunero es la proliferación de vertederos, otros peligros acechan. De un tiempo a esta parte, la presencia de motocicletas y quads se ha multiplicado. Sería conveniente, reconoce Julián, que sus aficionados se tomasen las cosas con calma y, sobre todo, hablasen con los comuneros antes de echarse al monte. «Non nos avisan e teñen o vicio de vir os días de choiva e andar polas rodaduras, así que acaban esnaquizando as pistas». Un fenómeno a estudiar es el de las antiguas fincas de «pan para o ano», franjas de terreno forestal cuya explotación destinaban bajo el franquismo concellos y diputación a personas con escasos recursos, para que por lo menos tuviesen algo con lo que ir tirando. En ocasiones, sus herederos mantienen su uso, no siempre para bien. Algunos se han montado auténticos chiringuitos, casi furanchos, a los que la basura no es ajena.

«Nós estamos sempre pendentes, pero non temos poder para frear os que botan lixo e escombro no monte; mesmo nos ameazan e causan destrozos»

«Se os que andan coas motos e os quads no monte tivesen maís coidado todo iría mellor, porque teñen o vicio de ir polas rodaduras e así estragan as pistas»

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