Entre su presente y su futuro, tres jóvenes europeos aclaran sus ideas en Pontevedra

Voluntarios de Letonia, Cerdeña y Hungría colaboran con varias entidades de la ciudad a través de «Youth in Action»


pontevedra / la voz

Lorena quería salir de su pueblo a toda costa. Rihards intenta averiguar hacia dónde quiere dirigir su vida, y decidió que lo mejor para ello era tomarse un año sabático entre el instituto y la universidad para aclarar las ideas. Y Nora, ya graduada, vino en busca de nuevas experiencias. Pero, por encima de todas las razones, una trajo a estos tres jóvenes de Letonia, Cerdeña y Hungría hasta Pontevedra: la solidaridad. Youth in action lleva años dejando su huella en la ciudad del Lérez, y también llevando su nombre por toda Europa.

Lorena Mula es la veterana. No por edad -tiene 22 años-, sino por ser la primera en llegar. Estudió Arquitectura y cuando regrese a su isla natal, Cerdeña, quiere empezar un máster en Turismo. Lleva en Pontevedra desde febrero, así que sirvió de cicerone y de apoyo a sus otros dos compañeros, que apenas llegaron a España hace unas semanas. Su primer consejo fue claro: «Les dije que tuvieran cuidado con la lluvia. También que la gente es muy amable, así que les aconsejé que se dejen llevar».

Diferentes idiomas

Sin entender lo que acaba de decir Lorena, Nora Knoff, una húngara de 26 años que, por el momento, apenas habla español, confirma: «Lo primero que nos advirtió es que compráramos un paraguas. Bueno, en realidad, primero me prestó el suyo». Está graduada en Comunicación y Medios de Masas, pero confiesa que lo que realmente quiere es empezar una carrera profesional como diseñadora textil. Lo hace en inglés, igual que Rihards Anins, un letón de 19 años. A él no le echa para atrás la lluvia. Admite que echa de menos el sol, porque llegó al final de verano, pero como supo ya en mayo cuál sería su destino, tuvo tiempo suficiente para «investigar» a fondo lo que se iba a encontrar una vez llegara a Galicia. Durante ese proceso se sorprendió de dos curiosidades que averiguó acerca de su país de destino: que los pinchos son gratis y que hay cuatro idiomas diferentes.

Lo de los pinchos no le amedrentó, y lo de la lengua era, de hecho, una de las razones que lo impulsó a elegir España: «Quería aprender el idioma, porque es uno de los cuatro más grandes del mundo, y si en el futuro quiero viajar o buscar salidas profesionales en el extranjero, será muy útil». Lo inesperado llegó, al igual que en el caso de sus compañeros, cuando descubrieron que en Pontevedra el inglés se estudia mucho, pero se practica algo menos. Aún así, los tres están fascinados con la voluntad de los pontevedreses: «Intentan usarlo con nosotros, siempre, no les da vergüenza o, si les da, por lo menos se esfuerzan», explica Nora.

Pesadillas y emociones

Es solo una de las virtudes que encuentran en los jóvenes pontevedreses de su edad. «Aquí los jóvenes son más abiertos, más amables. Yo quería salir de mi pueblo. Allí la mentalidad es muy diferente, y aquí es todo normal: ves gente muy rara caminando por la calle y es muy normal, y si alguien quiere salir de su casa en pijama nadie se sorprende». Lorena lo tiene muy claro: está siendo una etapa muy feliz de su vida, y apenas echa de menos su ciudad, de unos mil habitantes. Ni siquiera el mar, porque también lo tiene aquí. «En Andalucía, por ejemplo, los jóvenes son más tradicionales, no sé si será por el clima mediterráneo. Pero prefiero un clima como este, me siento muy bien aquí», reconoce en un castellano fluido.

Aún le queda la mitad del viaje por delante. Los tres regresarán a sus casas en febrero, pero hasta entonces tienen un programa que no les dejará demasiado tiempo para aburrirse: van a colaborar en la programación y organización de Noites Abertas, además de colaborar con otras entidades. Por ejemplo, con la asociación Vaipolorío, realizando tareas de limpieza y mantenimiento del río Gafos. Y con el comedor de San Francisco, donde realizan labores voluntarias a través de Redeaxuda. También con la asociación vecinal O Mirador de Monte Porreiro, impartiendo un taller de inglés dirigido a niños de 4 a 11 años.

Esto último enfrenta a unos y otros: a ellas, a un reto ilusionante -«estoy muy emocionada, tenemos que juntarnos todos para hacer un gran proyecto, y creo que puedo aprender mucho de los niños», celebra Nora-, y a Rihards a una «pesadilla». «No soy bueno con los niños», confiesa.

Por eso centra su ilusión en el podría ser en el futuro su medio de vida: la organización de eventos. Y por eso también tiene todas sus expectativas focalizadas en lo que le va a aprender de la gestión de Noites Abertas. Y también en lo que, por supuesto, puede aportar él.

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