Rajoy quiere cerrar la era Lores

El actual regidor pontevedrés considera una «perversión democrática»la reforma electoral que plantea el Partido Popular para recuperar la alcaldía perdida hace 16 años

Rajoy y Lores apenas se han prodigado juntos en actos públicos en los últimos años.
Rajoy y Lores apenas se han prodigado juntos en actos públicos en los últimos años.

Pontevedra / La Voz

Si yo fuera Miguel Fernández Lores, empezaría a preocuparme por la posibilidad de que el Partido Popular se empeñe en aprobar la reforma electoral que preconiza Mariano Rajoy para que resulte elegido alcalde quien sea cabeza de la lista más votada. Si va en serio y lo consuma, sería la mayor amenaza a la era Lores.

Solo de este modo se adivina que la derecha podría impedir las cinco legislaturas consecutivas; los 20 años de gobierno ininterrumpido que persigue el regidor nacionalista. Cuatro lustros que posibilitarían que Fernández Lores llegase a la edad de jubilación siendo alcalde de Pontevedra y sin tener que volver a ponerse la bata blanca para recetar en el ambulatorio Virgen Peregrina.

Resultaría por tanto que el peor rival electoral para Lores no habrían sido ni Teresa Pedrosa, ni Telmo Martín, ni siquiera Jacobo Moreira, como parece será en el 2015. No. Ninguno de ellos. El peor contrincante para Lores sería el mismísimo Mariano Rajoy por disponer una normativa que abortaría la reedición de un nuevo gobierno de coalición BNG-PSOE como ha venido ocurriendo desde 1999.

Por el contrario, si se repitiese el mismo marcador de otras elecciones, con el PP como lista más votada (salvo en el 2003), Lores acabaría su vida política en el Concello como la había empezado: como concejal de la oposición (1987).

Cabe preguntarse razonablemente si ocurrirá semejante cambio legislativo. Como el Gobierno Rajoy le ha cogido gusto a la tramitación exprés, según acabamos de ver con la chapuza legal para aforar al Rey emérito; como disponen de la aritmética parlamentaria que les permitiría al menos acometer el debate -la aprobación ya requeriría mayoría cualificada-, no se puede descartar la hipótesis en cuestión.

Otra cosa es que tengan el cuajo de hacerlo a la vuelta del verano, con un margen de apenas seis meses antes de acudir nuevamente a las urnas. Resultará indicativo ver qué decide el otro partido principal del Estado y potencial interesado, siempre que el PSOE haya salido del jardín de resolver el nuevo liderazgo.

Porque más allá del PP y del PSOE, el resto de partidos, especialmente los más emergentes como AGE y Podemos, jamás podrían estar interesados en apoyar una reforma electoral que huele a ruptura de las reglas de juego actuales pues establecería un muro de Berlín contra posibles coaliciones postelectorales.

La fijación

Quedan muy atrás en la memoria colectiva los tiempos en los que el centro derecha local obtenía mayorías absolutísimas, como aquellos 17 ediles de Alianza Popular en 1983 con José Rivas Fontán como alcalde y, por cierto, un pipiolo llamado Mariano Rajoy estrenándose en política como concejal de base.

Hace casi 16 años que no hay un alcalde de centroderecha en esta capital. Y el último, lo fue gracias a los dos concejales prestados de Pontevedra Unida (Eladio Portela y Miguel Gálvez), que pactaron un gobierno de coalición. ¡Vaya, vaya!

A Rajoy le escuece lo que pasa en su patria chica. Ni que el presidente del Gobierno tuviera una fijación porque en la ciudad de la que procede y en la que fue concejal y presidente de Diputación, su partido sigue confinado en los bancos de la oposición pues no toca poder en el consistorio desde la etapa de su amigo Juan Luis Pedrosa, ahora director general de Salvamento Marítimo en Madrid!

No seré yo quien mantenga que todo un presidente del Gobierno decide impulsar una reforma electoral para cargarse al alcalde nacionalista de su ciudad. Pero tampoco descuidaré considerar que en política, las enemistades que se llevan al ámbito personal, son las peores. Tanto entre propios como entre extraños. Y desde hace muchos años, Mariano y Miguel no tienen química alguna. Aunque las obligaciones institucionales motiven que ambos maquillen su recíproca animadversión.

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