Condenados a dormir en la cocina por el ruido de un bar

Un matrimonio ha presentado 27 denuncias sin que surtan efecto


Pontevedra / La Voz

«No podemos irnos de aquí porque no tenemos dinero». Desde hace aproximadamente dos años, un matrimonio de jubilados de la calle Arzobispo Malvar asegura que están viviendo un infierno por culpa del bar instalado en los bajos, cuyo ruido, según asegura Ángel López, les obligar a dormir «con mantas arropados en la cocina porque no podemos ir a ningún lado».

En todos estos meses, el pontevedrés ha interpuesto veintisiete denuncias antes distintas administraciones -Concello, Xunta y Defensor del Pueblo-, sin que, por el momento, ninguna de ellas fructifique. De hecho, ante lo que considera que es una falta de respuesta de estos entes, judicializará su caso.

En este sentido, precisó que la contestación que siempre le dan las autoridades municipales es que la «ley les ampara, que cumplen todos los requisitos y que no pueden hacer nada». No obstante, critica que en ningún momento técnicos municipales se hayan desplazado hasta su vivienda para medir los niveles de ruido que afirman sufrir: «Legalmente nos matan».

Insultos, amenazas y descalificaciones

Ángel López asegura que a esta circunstancia se suman insultos, amenazas y descalificaciones por parte de clientes del bar. Este viernes pasado no fue la excepción, sobre las dos y media de la mañana, supuestamente comenzaron los gritos. «Os vamos a matar, os vamos a crucificar, de aquí os tenéis que ir...» fueron algunas de las expresiones que Ángel y su mujer tuvieron que escuchar de boca de unas «veinte personas».

«Es un autentica locura», lamenta Ángel López, cuya voz se quiebra y las lágrimas le asoman a los ojos cuando habla de su nieto, un pequeño de 7 años aquejado de parálisis cerebral. «Me lo están matando. Nos están matando. Es inaudito que a una criatura que no se puede defender, que está en una silla de ruedas, que solo puede llorar, que nos la estén matando...».

Como abuelos ya han tomado una drástica decisión, que su nieto ya no duerma con ellos.

La Voz intentó recabar ayer por la tarde la versión de los propietarios del negocio, si bien este permanecía cerrado. En lugares visibles de la cristalera se pueden leer sendos carteles anunciando que viernes, sábado y domingo abre sus puertas a las seis de la mañana «para los más madrugadores o para los que se acuestan tarde».

Y mientras, Ángel y su mujer seguirán durmiendo en la cocina cubiertos con mantas y acompañados por sus dos perros «como si estuviéramos en los tiempos de las pallozas en los que se dormía con el ganado».

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