Tres joyas de la arquitectura pontevedresa

Varios arquitectos eligen algunas de las construcciones más significativas del entorno de la ciudad


pontevedra / la voz

Cada mes de octubre, el Día Mundial de la Arquitectura nos descubre alguna joya urbanística. Alguna construcción que el Colegio de Arquitectos de Pontevedra nos ayuda a interpretar o a redescubrir para valorar la importancia del diseño en el entorno.

Hace unos días, esa máxima se materializó en la Casa Domínguez de A Caeira, una de las perlas del maestro pontevedrés Alejandro de la Sota. Pero el entorno de Pontevedra esconde otros muchos tesoros que subrayan esa definición que dice que la arquitectura es el arte de construir. Porque si la ciudad se ha ganado paso a paso su condición de referente en un modelo urbano basado en la primacía de las personas, existen múltiples muestras que extienden la filosofía de que la buena arquitectura responde a las necesidades humanas y, al mismo tiempo, pone en valor su entorno.

Varios arquitectos de la ciudad han respondido al requerimiento de este periódico al elegir tres joyas urbanísticas. En este caso, viviendas unifamiliares en la zona periurbana. La primera está diseñada por el arquitecto César Portela, se ubica en A Caeira y se estrenó en 1994. La segunda, al otro lado del río, en la urbanización de Monte Porreiro, proyecto de Jaime Rodríguez Abilleira y Santiago Pintos, del 2010. Y la tercera, de nuevo en A Caeira, obra del más joven de esta terna, Pablo Menéndez, es del mismo año.

Independencia

De la primera de ellas, los arquitectos consultados alaban el buen trabajo en la combinación de los materiales y elementos de la arquitectura tradicional gallega con «otros innovadores y racionalistas». Para César Portela, la buena arquitectura, «la que todos deberíamos hacer, es la que es funcional y bella, la que está bien construida y es económica, la que da respuesta a un problema de necesidades y sus moradores encuentran en ese espacio libertad, seguridad y confort. Yo creo que eso, esta casa lo tiene».

Su inquilino, Luciano Varela, cuenta que Portela le trajo dibujada en una servilleta y tras un largo viaje de avión cómo sería su casa. «Me era imposible meter mi cabeza en lo que él estaba viendo allí -sonríe-. Pero supongo que es lo que le pasa a él cuando lee un escrito mío». Para él, la vivienda sintetiza «desde las formas a los detalles» la arquitectura del pontevedrés. El protagonismo de la piedra a hueso y al corte bruto en el exterior se suaviza con dos grandes galerías que permiten, entre otras cosas, disfrutar del jardín en pleno invierno.

La luz y las simetrías son otras de las señas de identidad. El magistrado dice que esta «es una casa que se pilota, porque tiene 53 huecos de ventana y en verano cuando hay calor tienes que ir controlando la luz, abriendo y cerrando persianas como si estuvieras pilotando un barco». En el interior, la luz se distribuye desde la claraboya del techo hacia la planta baja y en el caso de la simetría llega a tal punto que cada ventana tiene su réplica al otro lado de la casa, de forma que desde cualquier punto hay una ventana enfrente al exterior. «Es algo absolutamente singular, que yo no había visto en ningún sitio», advierte Varela. El arquitecto responde afirmando que «las casas tienen que tener eso, que en cada posición que te pongas y mires, veas un cuadro, del que puedes disfrutar aún estando dentro».

Varela dejó libertad absoluta a Portela, que se encargó de elegir materiales y hasta el más mínimo detalle, y solo le sugirió «una pretensión», un balcón desde su ventana, que se asoma a la enorme cristalera. Y eligió pintarlo en rojo, que contrasta con el azul de la galería, como homenaje a la etapa anterior del arquitecto. Como dice Portela, el color «es la sal de la arquitectura». Él reconoce que no diseña muchas casas, un trabajo para el que «tienes que dejar de ser arquitecto para transformarte en inquilino». «Es como un escritor cuando escribe una novela que tiene que ponerse en el trance de su personaje para seguir escribiendo -afirma-. Es un esfuerzo que no es fácil y tuve que ponerme en el puesto de Luciano para ver qué relaciones quería establecer». Veinte años después, Varela subraya que es una casa «absolutamente habitable, totalmente confortable; no sabes nunca si estás dentro o fuera».

Fundamentalmente, resume Portela, es una casa «pensada para una familia, pensada en la función más que en la moda o el lucimiento», donde están muy bien separadas en tres plantas las zonas de estar, de comer, de trabajar y descansar y fuera, un jardín que ofrece múltiples posibilidades para disfrutarlo. Y el magistrado Luciano Varela reconoce que «lo que es impresionante de esta casa es lo bien que se vive, la independencia que da; es una filosofía de lo que es vivir que no da una sola concesión a la exuberancia, prima la funcionalidad, casi minimalista».

En Monte Porreiro

La segunda de las viviendas es definida por los arquitectos como «una pastilla de granito que se integra con maestría constructiva en una parcela de difícil ejecución». La planta baja se libera para jardín y piscina (interior), la semisótano para garaje y la superior a una vivienda modulada en la que prima la eficiencia energética.

«Para nosotros cualquier proyecto es un como puzle -dice Jaime Rodríguez Abilleira, que firma el proyecto con Santiago Pintos- en el que no solo montas piezas sino que primero las eliges. Y solo las eliges cuando tienes un diálogo prolongado con el cliente y él está de acuerdo en utilizarlas... Es importante que los clientes tengan tiempo para asumir lo que quieren hacer». En este caso, Nuria y su pareja tenían claras entre otras cosas que tenía que ser una vivienda «lo más sostenible posible». Un reto cuando además hay una piscina climatizada interior, que se solucionó con tres fuentes de energía renovable, la solar, la biomasa y geotérmica.

Así, la energía solar excedente del verano se acumula mediante sondas geotérmicas bajo el terreno para el invierno -y sirve para climatizar la piscina, «que podemos utilizar todo el año»-. La chimenea del salón está conectada a un sistema que permite aprovechar un calor que generalmente se desperdicia. Y la vivienda acumula el agua de lluvia en dos grandes depósitos que permiten su uso en verano para riego, ahorrando el consumo.

Hormigón, madera, zinc y granito fueron los materiales escogidos para dar forma a esta vivienda, para la que los arquitectos quisieron actuar lo más levemente sobre el terreno, «acomodando» así la construcción, cuya planta principal parece flotar en el aire. «Para mí hay dos vertientes en esta casa, es un poco tierra y un poco aire, nace casi de la tierra, casi la puedes vivir como una cueva, y también se convierte en algo aéreo, es casi como un gran mirador -añade Rodríguez-. La puedes configurar casi como quieras, puede ser completamente cerrada, privada, y quedarte en su interior, y al mismo tiempo, la puedes vivir como un mirador en el que estás un poco colgado sobre el paisaje».

Y de nuevo hay que cruzar el Lérez para referirse a la tercera vivienda, diseñada por Pablo Menéndez. Para los arquitectos consultados, se trata de «un precioso cubo negro, con un lenguaje y limpieza en sus formas claramente minimalista, que se extiende incluso en su urbanización exterior, otorgándole un carácter casi escultórico». Menéndez cita que la gran complejidad a la hora de abordar este proyecto fueron los condicionantes de desnivel del terreno (con una pendiente del 45 %) «y la densidad, la forma de ocupar el territorio». «Es una casa que ocupa todo el terreno y los espacios exteriores incluso quedan dentro de los muros para darle privacidad», explica el arquitecto. Y estos espacios interiores e exteriores se deslizan «aterrazados» hacia el skyline de Pontevedra.

Jaime Rodríguez: «Un proyecto es un puzle donde no solo montas piezas, las eliges»

Varela: «Es una casa totalmente confortable y no sabes si estás dentro o fuera»

Portela: «Es una casa pensada más en la función que en la moda o en el lucimiento»

«Es importante que los clientes tengan tiempo para asumir lo que quieren hacer»

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