HEMEROTECA El Vaticano impone a Francisco Franco su máxima condecoración

Carlos Fernández A CORUÑA

PONTEVEDRA

SUCEDIÓ EN 1954

24 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Resultaba lógico, dentro de la mecánica de su régimen, que Franco se considerase el hijo predilecto de la Iglesia católica. A poco de empezar la Guerra Civil, la Iglesia, por boca de sus más ilustres prelados, consideró la contienda una «cruzada por Dios y por España». Después, obispos, arzobispos y cardenales, como Pla y Deniel, Olaechea, Guerra Campos, Herrera Oria, lo consideraron el enviado de Dios hecho caudillo. Entraba en los templos bajo palio, tenía el privilegio de presentación de obispos... Sólo le faltaba que se le distinguiese con la máxima condecoración del Vaticano: el gran collar de la Orden Suprema de Cristo, que le concedió el Papa a finales de diciembre de 1953 y que le impuso en el Palacio de El Pardo el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Ildebrando Antoniutti. Poco después, el turiferario director de La Vanguardia, Luis de Galinsoga, escribió el libro Franco, centinela de Occidente, en el que repetía, al menos una docena de veces, que «la vida del Caudillo ha sido guiada directamente por el dedo de Dios». Elementos «antiespañoles» corrigieron enseguida la frase diciendo que su vida había sido conducida por «el dedo de dos: Hitler y Mussolini». Con la entrega de esta alta condecoración se deshacía la creencia en algunos círculos políticos de que Pío XII nunca vio con buenos ojos el régimen franquista. Si así fuese, lo disimulaba bastante. Ni que decir tiene que el Caudillo aprovechaba cualquier ocasión para lucir el citado gran collar.