Cansancio


Se sorprenden, y hasta se escandalizan algunos de nuestros representantes públicos, de que los ciudadanos de a pie reneguemos de la política y nos confesemos hasta el moño de los que la ejercen en las encuestas. Les extraña que digamos estar cansados, desanimados y hasta asqueados de un ejercicio que, sin embargo, a todos nos afecta e influye en el día a día. Pero es que no nos dan tregua. Cansa, y mucho, ver cómo para un mismo hecho reprochable se usan distintas varas de medir cuando quien lo protagoniza es el contrario -en cuyo caso se explota la cuestión exagerándola hasta límites que rozan el paroxismo o, lo que es peor, el ridículo-, o cuando ocurre en casa propia -momento en el cual el discurso se transforma en un no decir nada usando cansinas vueltas y revirivueltas o, lo que es peor, en una exaltación de las buenas cualidades del que mete la pata-. Ejemplo reciente: la marcha del alcalde de Xinzo, condenado por prevaricación e inhabilitado judicialmente, del que aún hubo quien loó su brillante gestión. Si se le condena por incumplir la ley, es decir, por delinquir ¿no correspondería afearle la conducta? ¿Qué diferencia hay en que el que incumple la ley se apellide Puigdemont y haya cometido ilegalidad siendo presidente de un parlamento autonómico, se llame Pérez y lo haya hecho desde una alcaldía, o sea el descerebrado del vecino del quinto que tiene tendencia a conducir borracho como una cuba y a todo lo que da el cuentakilómetros? Y el problema es que ese ojo de pez deformante de la realidad no es patrimonio solo de unas siglas. Eso es lo que de verdad cansa, agota y desilusiona de la política.

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