Un café portugués, sin aceleraciones


Corría el año 1934 cuando Lewis Mumford, ya entonces, anotaba cómo el ritmo diario se aceleraba debido a la comunicación instantánea. La radio, el teléfono, las películas, o el noticiario se afanaban en llamar la atención y multiplicaban los estímulos a los que se iba acostumbrando la gente, lo que hacía más difícil absorber sus mensajes. Sostenía que «hemos multiplicado las exigencias mecánicas sin multiplicar en grado alguno nuestras capacidades humanas para registrarlas y reaccionar de manera inteligente a ellas».

Desde entonces crecieron esas incapacidades. Así fue como personas inseguras de sus propias voces, incapaces de cantar una canción, llevarían consigo un gramófono o un transistor incluso a una merienda campestre; temerosos de encontrarse solos con sus propios pensamientos, encienden la radio; comen y duermen con el acompañamiento de un continuo estímulo del mundo externo: ahora una banda de música, ahora un poquito de publicidad, después un poco de chismorreo llamado noticias.

Cuando se ha estado asistiendo a un millar de muertes horribles en la pantalla, ya está uno dispuesto para una violación, un linchamiento, un asesinato o una guerra en la vida real. Y es así que consideramos normal encontrar, por ejemplo en las revistas, informes sobre muertes masivas en el Tercer Mundo entre anuncios de vinos espumosos, o reportajes de catástrofes ecológicas junto a un reciente salón automovilístico. Es así que se entrena nuestra indiferencia.

Mucho más ahora cuando las tecnologías de la información y la comunicación nos permiten caminar, correr o pedalear escuchando cualquier sonido, menos el del entorno. O mantener comunicación y recibir información (películas, mensajes, imágenes) desde emisores lejanos, estemos donde estemos; aunque con mucha frecuencia nos encontremos aislados del entorno social más próximo.

Entro en un café de mi ciudad a primera hora de la mañana. No hay clientes pero ya centelleaban varios monitores de televisión, cada uno de ellos orientado de forma que es difícil levantar la vista y no estrellarse contra una canción enlatada, un noticiario o una retransmisión deportiva. Estímulos para llamar, y capturar, nuestra atención.

Por eso me resulta reconfortante revisitar en mis vacaciones un café en Viana do Castelo (enigmáticamente el más céntrico y de mayor tamaño) donde en sus amplias paredes no hay ni rastro de monitores de televisión, de aparatos que emitan sonidos, ni de la inevitable música ambiental. Silencio y conversaciones.

Personas que se saludan, leen o conversan. Un misterio, cercano a aquella Ciudad Blanca que imaginó Tanner, por el que felicito al que sea su responsable.

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Un café portugués, sin aceleraciones