La niebla entre los ojos

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

VERÍN

Santi M. Amil

15 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Visto desde lo alto, algunos días de invierno, Verín se oculta bajo un tapiz semejante al algodón. Es la niebla. Convivir con ella resulta turbador, en ocasiones pavoroso. Pese a todo, sobre la niebla se levanta la belleza: el robusto castillo de Monterrei emerge de la espesura. Algunos días de invierno, solamente. Los vecinos subimos a la montaña plena de sol, o al altozano, y contemplamos con júbilo el espectáculo. Quizá porque a lo largo de la historia nunca nos hemos dejado vencer. Ni por el infortunio, ni por el miedo, ni por las llamas. Hablo de los verinenses. Puedo decir lo mismo de Galicia y de los gallegos. En O Courel, Barbanza, O Invernadoiro, Valdeorras, O Irixo y tantos otros lugares saben de lo que escribo. Quemados, pero vivos. Ardiendo un año más, frente con frente contra el infierno.

El mismo día que en Verín un incendio se prendía en diez focos distintos, de modo intencionado y a pocos metros de las casas, el ministro del Interior declaraba que la mayoría de los incendios son debidos a causas naturales. Semanas antes, el presidente del Gobierno aseguraba que la culpa recaía en el cambio climático. A uno le quedan más ganas de llorar que de reír. O al revés. Es preciso que algo cambie en la política española. No sé usted, pero yo me siento estafado. Siento también que me toman por idiota. Sin embargo, no es ese el asunto que me perturba. Son ellos, los que prenden fuego al lado de las casas. Se ha puesto de moda la expresión «terrorismo medioambiental o ecológico». Patrañas. Son criminales de la peor calaña, esa categoría que incluye a asesinos y homicidas. Su intención es hacer daño. El máximo posible. La maldad es su bandera. Y si arden las casas, con gente o sin ella, mejor para sus intereses. ¿Cuáles son sus intereses? Lo ignoro. Si les pagan, será muy poco en relación con el terror que causan. He imaginado muchas veces cómo será su aspecto, su manera de moverse o hablar. Me gustaría sentarme a su lado. Mirarlos y que me miren. Qué puede habitar en su mirada. El invierno, el frío, tal vez la bruma espesa y dolorosa. Esa que algunos días de invierno inunda Verín y empuja a sus vecinos a buscar el sol en la montaña. El castillo, dije al comienzo, se yergue augusto y mayestático sobre ella. Es imponente. Estas semanas he pensado una y otra vez esa imagen. Porque siempre hay tiempo para la belleza. Algunos no la descubrirán nunca. No saben verla. En su interior solo habitan peces podridos con escamas sanguinolentas y dientes, dientes y más dientes, podridos también. Nadan por sus entrañas, arriba y abajo. Y el olor de los peces podridos todo lo abriga. Un día los reconoceremos por su hedor. Los descubriremos. La peste. Y antes de meterlos durante muchos años entre rejas, tendremos tiempo para contemplarlos, serenamente. Solo veremos la niebla. La niebla entre los ojos.