Rodrigo Fernández Lovelle: «Trato con vidas humanas»

El representate de futbolistas prioriza el factor personal «donde otros solo miran las transacciones», aunque sufra con ello


Derrocha energía oral, con una voz rota que invita a imaginarlo cantando un contrato como el que canta un gol. Pero Rodrigo (Verín, 1968), así, a secas, es uno de los rostros más afables de un mar de tiburones.

-¿Agente, representante o intermediario?

-Amigo de mis futbolistas. Manejo y trato con vidas, es difícil de llevar. Les ayudo a crecer, les busco trabajo. Acaban siendo mi familia. Es imposible separar. Hasta que todos tienen acomodo lo paso mal. Lo sufro mucho.

-¿Se ha llevado algún disgusto?

-Desengaños, varios. Pero yo tengo la conciencia tranquila. A uno le busqué equipo y tenía firmado con otro agente, a otro le pagué la libertad de mi bolsillo y me traicionó, y uno gallego me dejó sin pagarme los honorarios. Y hasta me bloqueó en su teléfono... Me seguirá pasando. Soy de los pocos que no firman contratos con sus futbolistas. Es una aberración que se firme algo tan importante como la vida con alguien que no conoces.

-¿Es usted su nexo con el mundo?

-Es importante sacar al futbolista de su burbuja, de su mundo paralelo, que sepa cómo vive la sociedad y el dinero real que cuesta el día a día, porque cuando se acaba el fútbol, muchos se dan de bruces. Dicho esto, ganan mucho porque lo generan y es justo. Intento que valoren más factores que solo el dinero. Les hago ver películas de vaqueros, como Solo ante el peligro, para que quiten la ansiedad y tengan paciencia y templanza. Me preocupa el factor humano. Otros solo miran las transacciones.

-¿Se acuerda de los inicios?

-Como representante, en el año 2.000 pero en el fútbol fueron en 1992, en el Rayo de Ruiz Mateos. Me llevó a ver un partido ante el Sestao... quince días antes de comprar el club. Empecé sirviendo cafés, hasta ser director deportivo.

-Usted estudió Empresariales.

-Los dos últimos años en Londres, en el barrio de Chelsea. Iba todos los sábados a Stamford Bridge. Entonces era un equipo pequeño...

-¿Fue buen futbolista?

-Muy malo. Pero siempre tuve mucho vínculo con el fútbol. Mi regalo por aprobar 8.º de EGB fue ir a ver con mis amigos a Vigo el Camerún-Italia del Mundial 82. Nunca habíamos visto personas de piel negra. Nos pasamos media hora mirando a la grada. Todos íbamos con Camerún. Italia hizo de Italia y acabó campeona. Mis ídolos eran los jugadores del Verín (Patolo...). Lo mío era el tiro al pichón. Fui campeón gallego y gané torneos internacionales. Tiraba para un club de Madrid y tenía mi propio patrocinador. Con todo, cuando íbamos a cazar, a las 17.00 horas terminaba mi jornada porque empezaba Tablero Deportivo.

-¿No sigue tirando?

-Empecé con 7 años y lo dejé con 20 cuando falleció mi padre, con quien siempre iba. No tuve fuerzas. Demasiadas vivencias. Lo dejé radicalmente.

-Su madre, Carmen Lovelle, fue alcaldesa de Verín en la transición y vicepresidenta del Rayo con Teresa Rivero. ¿Nunca le dio por la política?

-No. Y mi padre médico insigne (empezó con el doctor Marañón y tuvo un hospital con once especialidades) y tampoco me dio por la medicina. Sería incapaz. Me gustaría salvar vidas, pero la sangre me da mucho respeto. De él aprendí a cerrar tratos con un apretón de manos y a poder llevar la cabeza erguida como el pointer. Ella practicó una política para servir al pueblo, no para servirse de él.

-Usted se ha implicado con Verín.

-A mi manera, incluso con proyectos culturales. Para sentirme realizado con mi lugar de origen.

-¿Se ha cansado de viajar?

-En absoluto. Iré a Tailandia a ver a Túñez (soy padrino de su hija) y enseñarle a mi hijo Camboya y Filipinas. Y eso que en el Rayo captaba internacionalmente. Pero ibas casi a ciegas, no como ahora que todo está en el big data. A Klimowicz lo encontré de casualidad, por una huelga del equipo al que iba a ver, y yendo al campo de Chacarita casi de incógnito para que no me robasen. Y para sacar a Borja Gómez del Karpaty... el presidente me amenazó con que no saldría del país. Delante de cuatro gorilas encerrado en su despacho. Le contesté que en Ucrania se vive genial. Y al final, lo conseguimos.

-¿Los padres se han vuelto locos?

-El padre de ahora quiere vivir rápidamente de sus hijos y no se da cuenta de que con esa presión no van a llegar a nada. Vemos solo lo que ganan los futbolistas, pero no su sacrificio personal de niños, y el de sus familias.

-Usted y el presidente del Verín, Zubi, acogieron a Iago Beceiro y a Sergito.

-Todos cometemos errores, somos imperfectos y necesitamos que nos arropen. Ahora es una persona preparada para vivir, por encima del fútbol.

-¿Cuándo se retira un representante?

-Lo retiran porque le ha ido mal. O se retira porque ha perdido el hambre. Me levanto feliz todos los días. Volviendo a los westerns, me gustaría morir con las botas puestas.

En corto

A Rodrigo Fernández Lovelle se le presuponen múltiples habilidades, dada la confianza que transmiten sus palabras. Él mismo se encarga de relativizarlo.

-¿Cocina?

-Cuando vivía en el piso de Londres hacía una tortilla de patata buenísima.

-¿Es manitas?

-Soy un desastre. Si coloco un cuadro, o está torcido, o se cae. En el colegio, dibujar se me daba fatal. Era bueno en otras cosas.

-¿En cuáles?

-Matemáticas. Y, con el paso de los años, la empatía y el manejo de grupos. A los pocos días de estar interno en el Escorial, ya me llevaba bien con los 400 compañeros.

-¿Series?

-La casa de papel. Para mi 50.º cumpleaños, me vestí como uno de los secuestradores, entré con el Bella Ciao y hubo caretas para los 120 invitados. También como homenaje a Verín, que seguía usando antifaz en carnaval cuando en el franquismo se prohibió llevar careta.

-¿Música?

-La de los años 80. En el coche, siempre. Hago cien mil kilómetros al año, así que tengo tiempo de sobra.

-¿Qué es viajar para usted?

-La mejor universidad que hay, siempre que uno intente integrarse. Se lo inculcamos a nuestro hijo de doce años, dándole libertad para que aprenda a desenvolverse solo. Recuerdo ese sentimiento en Lagos (Nigeria), a la hora de comer con nuestros nuevos amigos, intentando seguir sus costumbres comiendo la sopa con la mano. Vivir eso es maravilloso.

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